Arte que incomoda

Arte que incomoda

Toda obra artística, desde una pintura hasta una película, es siempre una expresión del mundo interior de quien la crea. El arte no surge en el vacío: responde a una experiencia, a una pregunta, a una mirada que el autor lanza sobre la realidad. Hay quienes, desde la filosofía, han insistido en que la obra no es solo un objeto, sino una manifestación de sentido. Así, cada creación lleva impresa una visión del mundo, una forma particular de interpretar lo que es, lo que duele o lo que debería ser.

En el caso del cine, esa visión se traduce en lenguaje audiovisual: planos, diálogos, silencios, música, colores. Cada decisión creativa transmite algo. Incluso aquellas películas que parecen solo entretener, a menudo esconden una idea de fondo: sobre el amor, el poder, la injusticia o la esperanza. Aunque el mensaje no sea evidente, la película nos conduce a una interpretación. Por eso, muchas veces salimos del cine con una sensación difícil de nombrar, pero profundamente humana.

Esta capacidad de comunicar sin imponer es lo que vuelve tan potente al arte. A diferencia del discurso racional, que argumenta, el arte sugiere. No obliga a pensar algo, pero invita a mirar desde otro ángulo. Y en ese acto de mirar distinto, a veces nos descubrimos también distintos. Esa es la fuerza de una obra con sentido: que no solo nos cuenta una historia, sino que, en el fondo, también nos cuenta algo de nosotros.

Este año me topé con un libro que no esperaba, pero que terminó interpelándome profundamente: Sepulcros Blanqueados, de Gonzalo Cano. Lo curioso es que su autor tiene un primo hermano, también escritor, que parte de una premisa similar: un hijo descubre que su padre, militante de un grupo católico, había sido abusador. Sin embargo, mientras la obra del primo —bien escrita, sin duda— nos presenta una historia potente, la de Gonzalo va un paso más allá: no solo narra, sino que incomoda. No solo muestra, sino que cuestiona. Es una novela que pone el dedo en la llaga y deja abierta la discusión.

Lo leí en medio de un contexto simbólico: tras la muerte del Papa Francisco —o durante los rumores sobre su estado de salud— vi cómo en redes y noticieros se reactivaba una vieja discusión dentro de la Iglesia: ¿debería el nuevo Papa ser progresista, continuar con la línea de apertura y reforma, o más bien representar fielmente la tradición y la doctrina? Fue entonces que una frase del libro de Gonzalo resonó con más fuerza:

“Me apena, sin embargo, la división generalizada que se ha generado en la Iglesia entre conservadores y progresistas, y los problemas que ello generará en adelante. Esos enfrentamientos internos me hacen pensar que la Iglesia no es más la Iglesia de Cristo. El mensaje del Señor contra los fariseos me parece más vigente que nunca, y va dirigido al interior de su supuesta Iglesia.”

En esa frase, escrita desde la ficción, late una verdad dolorosa: la fractura interna es profunda, y lo es porque ya no se discute solo sobre estilos pastorales, sino sobre el alma misma del cristianismo.

Otra cita del libro que me sacudió fue esta:

“Para mí no existe una vocación, sino una decisión. Esta teoría genera más problemas que ventajas. Genera culpa y pérdida de control sobre la propia vida. Y eso me parece contrario a la esencia de Dios, que es amor y es libertad. Lo que es más grave: termina funcionando como una herramienta de manipulación de quienes detentan poder espiritual sobre otros.”

La leí dos veces. Porque si uno ha sido formado creyendo que “descubrir tu vocación” es obedecer un plan oculto que alguien más —Dios, un líder, una comunidad— debe revelarte, esta frase te desmonta por dentro. Te hace pensar si lo que asumiste como “obediencia” no fue, en realidad, renuncia a tu libertad. Y ese es uno de los méritos del libro: no ofrece respuestas fáciles, pero sí preguntas urgentes.

Así es como, entre páginas, debates y contradicciones, me encontré no solo con una historia bien escrita, sino con una literatura que interroga la fe, la libertad y el poder. Sepulcros Blanqueados no es solo una novela: es un espejo incómodo para quienes crecimos dentro de estructuras religiosas que a veces confunden el amor con el control, la vocación con la obediencia ciega, y la tradición con la imposibilidad de cambiar.

En tiempos donde incluso la muerte de un Papa reabre viejas trincheras ideológicas dentro de la Iglesia, vale la pena preguntarse si estamos más cerca del mensaje de Cristo o de los fariseos a los que tanto criticó. Y si la literatura puede ayudarnos a hacer esas preguntas, entonces vale la pena escribirla, leerla y compartirla.

Con este texto, les recuerdo que Solo por Webeo es un blog que nace del impulso de escribir, de pensar en voz alta y de abrir conversaciones necesarias. No tengo todas las respuestas, pero tengo muchas ganas de hacer buenas preguntas. Ojalá te quedes.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un blog personal donde comparto ideas, reflexiones y ensayos desde una mirada íntima, crítica y creativa. Escribo para pensar, para cuestionar… y porque escribir, honestamente, se ha vuelto mi nueva crisis de los 30’s.