Cristianos que abrazan, no que condenan

En la entrega anterior reflexionábamos sobre la forma en que algunos discursos religiosos, en nombre de la protección y la moral, terminan legitimando el miedo, la exclusión y el prejuicio. Hoy quiero seguir esa línea y plantear una pregunta que me interpela como creyente:

¿Qué pasa cuando nuestros referentes cristianos ya no se distinguen por su capacidad de amar, sino por su talento para condenar?

¿Qué sucede cuando nuestros representantes más visibles ya no son pastores, sino jueces? La Iglesia necesita referentes que hablen menos desde el púlpito y más desde la calle, desde el dolor, desde la empatía.

Un ejemplo reciente ayuda a entender mejor esta preocupación. Tras la emisión del programa La noche habla de Panamericana, la periodista católica Vanya Thais —quien representaba la postura a favor de esta ley—, utilizó su canal de YouTube para atacar con insultos a quienes piensan distinto. Llamó “zorra” a la conductora del programa y “sodomita” al influencer y comunicador Ric La Torre.

Puedo equivocarme, sí. Pero creo con convicción que este tipo de expresiones marcan una profunda distancia con el Evangelio. No nos acercan al prójimo: nos separan. No promueven la conversión: promueven el desprecio. Y no anuncian a Cristo: lo distorsionan.

Ni opinión ni juicio: solo una pregunta

Este artículo no pretende emitir una opinión definitiva sobre los baños, ni entrar en el terreno técnico de los debates de identidad de género. Como alguien que lee para dejar de tener preguntas, sé que muchos temas requieren matices, tiempo y diálogo sereno.

Pero como cristiano, sí puedo decir algo con firmeza: no todo se puede justificar en nombre del bien común si se construye a costa del desprecio hacia el otro.

Cuando decimos que una persona trans es un “peligro potencial” simplemente por ser quien es, estamos cometiendo una grave injusticia. No porque estemos de acuerdo con todo lo que diga la agenda LGBT, sino porque, como cristianos, no podemos justificar la exclusión como si fuera prudencia.

El mundo no necesita más cruzados morales. Necesita discípulos que amen. Necesita cristianos que abracen a quienes son distintos sin intentar primero corregirlos. Que escuchen sin catequizar. Que acompañen sin imponer.

Como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, pero ama de verdad, no con condiciones, no con reservas, no con el temor de que el otro «te contamine».

Si algo debería distinguir a los cristianos hoy, no es su capacidad de opinar, sobre todo, sino su capacidad de amar incluso cuando no entienden todo. Porque el amor no exige comprensión total, exige presencia, exige paciencia. Y eso, tristemente, está faltando en el discurso público cristiano.

Quizá ha llegado el momento de renovar nuestros referentes. No aquellos que gritan más fuerte, sino los que aman más profundo. No los que se indignan con facilidad, sino los que saben llorar con el que sufre.

Porque cuando olvidamos que el cristianismo es, sobre todo, una historia de amor, comenzamos a usar la cruz como lanza y no como puente.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un blog personal donde comparto ideas, reflexiones y ensayos desde una mirada íntima, crítica y creativa. Escribo para pensar, para cuestionar… y porque escribir, honestamente, se ha vuelto mi nueva crisis de los 30’s.