No somos nuestro trabajo (y gracias a Dios por eso)

Durante años viví con una idea casi tatuada en la mente: tu trabajo habla por ti. Lo escuché en una clase universitaria de creatividad, donde un profesor insistía en que nuestro portafolio debía ser lo mejor de nosotros. “Esto es bello, esto es arte, esto es publicidad… y por eso lo muestro”, decía, convencido. Si algo le parecía feo o mediocre, simplemente no lo compartía. Para él, el portafolio era una extensión de su identidad profesional. Y nosotros debíamos aspirar a lo mismo.

Durante mucho tiempo estuve de acuerdo. Trabajaba y estudiaba pensando en si lo que hacía era suficientemente bueno como para compartirlo en un Behance. Quería que cada pieza dijera: esto es lo que soy capaz de hacer. Y en parte, es cierto: el trabajo refleja algo de nosotros. Nuestros gustos, nuestras habilidades, nuestro esfuerzo.

Pero con el tiempo —y con la vida— entendí que somos mucho más que eso.

Lucas Wallsito

Lo comprendí mejor ayer, al ver una entrevista a Ximena Delgado, fundadora de un reconocido emprendimiento en Perú. Narraba cómo, durante años, vivió con el temor de fallar, porque sentía que su empresa la definía. Pero después de un profundo proceso personal, decidió cerrar su negocio tras once años y abrir una nueva etapa. “Ximena Delgado no es su empresa”, decía. “Soy una persona, y valgo más que cualquier proyecto exitoso que haya emprendido”.

Esa afirmación me tocó profundamente. Porque es muy fácil identificarnos con lo que hacemos. En el mundo del trabajo —y especialmente en la publicidad—, el rendimiento se vuelve identidad. Pero el ser humano es mucho más que un rol profesional. Tiene una historia, relaciones, heridas, búsquedas, errores y momentos de gracia.

Como enseña la filosofía cristiana, la dignidad humana no depende de lo que hacemos o producimos, sino de lo que somos: personas creadas a imagen de Dios, con una dignidad que antecede cualquier logro.

Recuerdo también un consejo valioso que recibí años después, en un taller con un director creativo. Nos animaba a incluir en nuestros portafolios cosas hechas por pura pasión, más allá del trabajo. Yo había armado por ocio una lista de mis videos favoritos del YouTube peruano. Cuando se la mostré, me dijo: “Eso es lo que le falta a tu portafolio”. Porque eso también habla de ti: lo que te inspira, lo que te hace reír, lo que te relaja.

No se trata de despreciar el trabajo —es parte de nuestra vocación, de nuestra manera de servir y construir el mundo—, pero no puede absorberlo todo. Porque al final del día, cuando el proyecto se termine o la empresa desaparezca, seguimos siendo personas. Y eso, en sí mismo, ya es un milagro.

Una última reflexión

El valor de una persona no se mide en clics, campañas ni méritos académicos. Se mide en su capacidad de amar, de aprender, de caer y levantarse, de buscar sentido. Somos seres en camino, no productos terminados. Y aunque el trabajo pueda ser una expresión de lo que somos, jamás podrá contenernos del todo.

Como decía el filósofo Gabriel Marcel:

“El ser humano no se define por lo que posee o produce, sino por el misterio de su existencia.”

Ahí —y solo ahí— está nuestra verdad más profunda.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un blog personal donde comparto ideas, reflexiones y ensayos desde una mirada íntima, crítica y creativa. Escribo para pensar, para cuestionar… y porque escribir, honestamente, se ha vuelto mi nueva crisis de los 30’s.