Cómo descubrí la literatura sobre el caso Sodalicio
No sé si fue por simple curiosidad o por la Providencia, pero un día comencé a seguir de cerca el caso Sodalicio. Primero, a través de las videocolumnas de Pedro Salinas. Desde ahí llegué al blog Las líneas torcidas, escrito por Martín Scheuch —otro exsodalite—, y descubrí, casi al mismo tiempo, una literatura escrita desde las entrañas del dolor: La jaula invisible, Mitad monjes, mitad soldados y Sepulcros blanqueados.
Poco después, una compañera del trabajo me comentó que acababa de leer Y líbranos del mal, de Santiago Roncagliolo. Me sorprendió: hasta entonces, no había visto referencias a esa novela dentro del ecosistema de testimonios literarios sobre el Sodalicio.
Una premisa compartida: ¿casualidad o copia?
Buscando más información, supe que Santiago Roncagliolo es primo de Gonzalo Cano, autor de Sepulcros blanqueados, y que ambas novelas partían de una premisa muy similar. Fue inevitable preguntarme si Roncagliolo no había tomado prestada —demasiado prestada— la historia de su primo, rozando el oportunismo o incluso una forma solapada de plagio.
Me animé a leer el libro. En una entrada anterior dije, de manera algo diplomática, que quizás no me gustó porque ya había leído demasiado sobre el caso Sodalicio. Pero la verdad es otra: no me gustó porque, más allá de lo formal o literario, me pareció el más bajo de todos los títulos que abordan esta temática tan sensible.
Dos novelas sobre el mismo abuso, con enfoques muy distintos
Ambas novelas giran en torno al regreso de un hijo al Perú para desentrañar los secretos de su padre, un hombre vinculado a una comunidad religiosa de rasgos sectarios. En Sepulcros blanqueados, el padre se ha suicidado; en Y líbranos del mal, aún vive, pero está ausente emocionalmente. En ambos casos, la investigación del hijo desentierra un pasado marcado por el abuso, el poder y el silencio institucional.
La diferencia está en el enfoque. Cano, exsodalite y psicoterapeuta, construye un relato íntimo y denso, que no teme entrar en zonas incómodas. Su novela es un testimonio disfrazado de thriller, en el que el lector puede palpar la dimensión emocional del trauma. En cambio, Y líbranos del mal opta por una narración más cómoda, que elude el conflicto profundo y trivializa lo que está en juego. Lo que promete ser una historia sobre el abuso termina siendo un drama familiar con tintes de triángulo amoroso.
Jimmy Verástegui y el drama diluido
El protagonista, Jimmy Verástegui, deambula por una Lima aburguesada entre San Isidro y Miraflores, recibiendo pistas vagas, mientras el núcleo de la historia —el abuso sexual institucional— queda siempre al margen. Cuando finalmente se revelan ciertos hechos, lo hacen de forma atropellada y sin impacto. El horror se vuelve casi anecdótico, y las víctimas, personajes planos que rozan la caricatura.
Martín Scheuch ya lo había advertido en su blog. Según él, la novela convierte el abuso sexual en un recurso narrativo superficial, y retrata a los sobrevivientes como una “camarilla de compadres” que se juntan a tomar vino y hacer catarsis light. El dolor se diluye en diálogos banales, y la denuncia pierde fuerza entre medias tintas y gestos narrativos que no incomodan a nadie.
Ética narrativa en temas de abuso: lo que está en juego
Santiago Roncagliolo tiene derecho a ficcionar lo que quiera, pero cuando se trata de temas tan sensibles —el abuso sexual sistemático dentro de la Iglesia—, la ética narrativa importa. En lugar de iluminar una herida histórica, su novela la roza apenas, sin ensuciarse las manos. Y cuando el silencio es parte del problema, decir las cosas a medias puede terminar siendo otra forma de encubrimiento.








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