Lo que aprendí en las primeras páginas de un libro que ya quiero terminar. Cuando escuchamos la palabra disciplina, la mayoría piensa en castigo. En gritos, en castigos sin tele, en amenazas de “¡te quedas sin postre!” o la clásica mirada que congelaba el alma. Pero empecé a leer un libro que desarma todo eso.
Se llama “Disciplina sin lágrimas” y lo escribieron Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson, dos expertos en neurociencia y crianza. Y aunque recién voy por las primeras páginas, ya tengo ganas de compartir.
Disciplinar no es castigar
Lo primero que aclaran los autores es que disciplina viene del latín disciplina, que significa enseñar, instruir. Y más profundo aún, viene de discipulus: alumno, pupilo, educando. Es decir, quien recibe disciplina no es un reo en una cárcel de infancia, sino un aprendiz.
Esto parece una obviedad, pero en la práctica muchos de nosotros —herederos de generaciones donde “la letra con sangre entra”— seguimos confundiendo la disciplina con la corrección inmediata, con el castigo que busca obediencia en lugar de comprensión. Y sí, claro que un castigo puede hacer que un niño deje de portarse mal en el momento, pero no enseña nada a largo plazo.
¿Para qué educamos? ¿Para que obedezcan o para que aprendan?
El libro propone dos objetivos para una disciplina efectiva:
- Lograr que los niños cooperen y hagan lo correcto en el momento.
- Enseñarles habilidades reales para la vida: autorregulación, empatía, manejo emocional y toma de decisiones.
Esto último, para mí, fue un click fuerte. Porque en el fondo, ¿de qué sirve que un niño “se porte bien” si no entiende por qué ni cómo autorregularse?
Cerebro, crianza y compasión
En los últimos 20 años, la ciencia ha avanzado muchísimo en entender el cerebro en desarrollo. Y este libro parte de ese conocimiento para explicar que los límites claros y coherentes, combinados con afecto y conexión emocional, construyen literalmente mejores cerebros: niños más resilientes, empáticos y con mejores relaciones futuras.
Los autores insisten en una idea clave: decir no a la conducta, pero sí al niño. No confundir mal comportamiento con mal niño. Eso exige mucho más que castigar: exige conectar.
Conectar y redirigir
El enfoque que proponen se llama Conectar y Redirigir. No significa ser permisivo, sino partir del vínculo. Cuando un niño se porta mal, lo que más necesita no es alejamiento ni amenaza, sino conexión: que se le mire a los ojos, se le escuche, se le recuerde que sigue siendo amado.
Y a partir de ahí, se ponen los límites. Se le guía. Se le dice con claridad: “No está bien hacer eso, y vamos a hablar de otra manera de manejarlo”.
Padres que educan con amor firme
Una frase del libro que subrayé con resaltador (y con el alma) es esta:
“Los niños con mejores resultados en la vida emocional, relacional y educativa, tienen padres que combinan apoyo emocional con límites claros y expectativas elevadas.”
No es un secreto nuevo. Es sentido común respaldado por ciencia. Y también es un llamado a romper el ciclo. A no repetir sin pensar. A criar de otra forma, donde la disciplina no se llora, sino que se entiende.
Cierro con una pregunta:
¿Y si lo que más necesitan los niños cuando se portan mal no es una sanción, sino una conexión?








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