Salud mental, algoritmos y un silencio que duele.
El día de ayer me topé con una historia publicada por Gonzalo Cano, psicólogo y escritor peruano. Era una captura de El País con una frase demoledora:
«Me aterra pensar que hay millones de personas lidiando con las complejidades de un trauma sin más guía que una inteligencia artificial.»
—Marta Peirano
Me quedé en silencio. La volví a leer.
Y otra vez.
Busqué el artículo completo, pero resultó ser solo para suscriptores. No pude acceder. Pero algo ya se había activado en mí. Entonces seguí navegando y encontré otro texto —también de El País— que hablaba del rol creciente que viene asumiendo la IA en el acompañamiento emocional, los diagnósticos preliminares y la atención en salud mental. Más que un tema técnico, me pareció una herida social.
La salud emocional tercerizada
Quizás no sorprende que tantas personas estén recurriendo a una inteligencia artificial para hablar de sus emociones. Lo preocupante es que lo hagan porque no encuentran a nadie más disponible.
En ciudades como Madrid —y también en muchas zonas de Latinoamérica— una sesión con un psicólogo puede costar más de lo que gana alguien en un día. La sanidad pública colapsa, las citas demoran meses. Y entonces aparece la IA: disponible 24/7, sin prejuicios, sin costos… sin alma.
¿Qué tan solo está alguien para contarle su dolor a un chatbot?
No quiero sonar apocalíptico, pero esta tendencia es una señal de alerta. Más allá del valor técnico que puede tener la IA, estamos frente a un síntoma de desconexión humana estructural. Un mundo donde el algoritmo parece escuchar más que la comunidad.
¿Qué puede y qué no puede hacer una máquina?
Los primeros ensayos clínicos han mostrado que algunos bots pueden ser útiles en la detección temprana de trastornos mentales. No lo niego. Pero hay algo que una máquina jamás podrá ofrecer: presencia.
- Puede simular empatía, pero no sentirla.
- Puede ayudarte a organizar ideas, pero no acompañarte en el dolor.
- Puede parecer neutral, pero no tiene compasión.
El vínculo humano sigue siendo insustituible. Y aquí es donde entra la gran pregunta que planteaba el Papa León XIV:
¿Estamos al servicio de la tecnología, o es la tecnología la que debe estar al servicio del hombre?
Una antropología que no olvide al alma
El Papa León XIV, en su primer discurso al Colegio Cardenalicio, dijo algo que resonó profundamente en mí:
“La revolución tecnológica pone en jaque a la persona humana en su totalidad.”
Y no se refería solo a los empleos o a los datos. Se refería al alma. A eso que no puede ser reemplazado ni replicado por ningún algoritmo, por sofisticado que sea.
Hoy, en este mundo lleno de estímulos, el verdadero acto revolucionario es redescubrir lo humano.
La fe nos recuerda que:
- No somos solo datos, somos imagen de Dios.
- No somos solo cuerpos funcionales, somos personas con un destino eterno.
- No somos productos ni errores de código, somos hijos que necesitan ser escuchados, mirados y amados.
Escuchar es amar
Si estás leyendo esto y te sentiste alguna vez solo, sin saber a quién contarle lo que duele, quiero decirte algo con humildad: no estás roto por necesitar ayuda. Estás vivo. Y mereces ser acompañado por alguien real.
Mi blog no tiene todas las respuestas, pero nace de esa misma necesidad de hablar, de ordenar, de compartir. Hoy más que nunca, escribir y leer se vuelve un acto profundamente humano. Una forma de hacer silencio, de abrir preguntas y, quizás, de volver a escucharnos.
Seguimos escribiendo. Seguimos webiando. Pero sobre todo, seguimos intentando ser más humanos.








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