Después de mil visitas, de saber que mil personas me leyeron, esta publicación marca —o al menos eso espero— el inicio de una nueva etapa para el blog.
Las últimas entradas estuvieron ligadas, de una u otra forma, a mi paso por un grupo eclesiástico. Entiendo que algunos se hayan sentido incómodos con lo que escribí. No busco retractarme, me reafirmo en todo. Pero —y esto me lo recordó mi madre— también es justo hablar de las cosas buenas que me dejó esa etapa. Porque todo en la vida enseña.
Desde hace un tiempo tengo como consigna una frase de un jugador de la “U” que dice: “A veces se gana, se empata o se aprende”. Y aplicando esa lógica a mis propias experiencias, hoy puedo decir que todo forma parte de lo que soy. Incluso aquello que dolió, que confunde, que todavía estoy tratando de entender.
Una de esas cosas buenas fue el amor por la lectura. Gracias a ese grupo conocí autores que jamás habría buscado por mi cuenta. Uno de ellos fue Giovanni Papini. Recuerdo reuniones de “comando” donde, además de planificar actividades, leíamos fragmentos de libros como El alma en el sillón, El sueño es vida y Volverse genio.
Años después, por mi cuenta, encontré El Diablo, uno de sus libros más desafiantes. Y quiero compartir una idea que me sigue haciendo pensar.
Papini no habla del mal como algo abstracto. Lo mira de frente, sin disfraces. En uno de sus pasajes más potentes, se pregunta: “¿Por qué los esclavos del Diablo se cuidan tan poco de conocer a su dueño y carcelero?” Para él, estudiar al adversario no es morbo, es necesidad. Porque no se puede enfrentar lo que no se comprende.
Más allá de la teología, lo que propone es entender al mal no como simple ausencia de bien, sino como una estructura activa. Por eso presenta su famosa Trinidad Diabólica, una versión perversa y antagonista de la Santísima Trinidad:
- El Rebelde, contrario al Padre, representa el caos y la destrucción.
- El Tentador, en oposición al Hijo, esclaviza mediante la seducción.
- El Colaborador, antítesis del Espíritu Santo, oscurece, confunde y atormenta el alma desde dentro.
Se habla mucho de que estamos en combate. Que la vida espiritual es lucha. Pero, ¿cómo podemos enfrentar al enemigo si no lo conocemos? ¿De qué sirve repetir que el Diablo existe si nos quedamos en el morbo de sus manifestaciones más llamativas —posesiones, ouijas, magia negra— y evitamos estudiar su naturaleza real, su lógica, su estrategia?
Papini lo intuye: si el Diablo es el carcelero del alma, ignorar cómo opera es quedarnos siempre presos. Conocerlo no es exaltarlo, es quitarnos la venda. Porque solo el que ha mirado de frente el mal, sabe con quién está luchando. Y solo quien entiende al adversario, puede elegir bien al lado del que quiere estar.
Por eso escribo. Porque sigo buscando.
Y porque a veces, leer sobre el Diablo, también es una forma de volver a mirar a Dios.








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