Ayer, tras la obtención del Torneo Apertura por parte de Universitario de Deportes, me topé con la historia de Instagram de un amigo que decía: “Desde el 2007 con uniforme de cole, con 500 personas en el estadio… creo que ya todo está valiendo la pena”.
Me conmovió, porque logré identificarme con esas palabras. Es curioso cómo una simple story pudo tocarme así, haciéndome recordar toda una vida acompañada por Universitario de Deportes.
Mi historia con esta gran pasión pudo verse truncada por mi madre. En primer lugar, porque ella es de Alianza. Y en segundo, porque ir al estadio siempre le pareció peligroso.
Hay tres recuerdos que me gustaría compartir en esta publicación.
El primero es del año 1999. Estaba en casa con mi papá y mi hermana menor, Alejandra, que apenas tenía un año. Veíamos la final de los play-offs. Yo tenía apenas cuatro años, sin mucha conciencia deportiva, pero ya sabía lo que era una tarjeta roja. Y a la “U” le habían expulsado a un jugador en el primer tiempo. Parecía que la cosa se complicaba: Universitario no debía perder, y si lo hacía, no debía ser por más de dos goles.
De pronto sonó el teléfono fijo. Era mi abuelo, hincha de Alianza. Me dijo que la “U” estaba en problemas y que, si tan hincha era yo, apostáramos. Él estaba convencido de que Alianza sería campeón.
Yo, un poco temeroso, sin saber qué responder, miré a mi papá, que en ese momento intentaba dormir a mi hermana.
—Apuéstale —me dijo—. La “U” no va a perder. Vamos a ganar.
No me dejó ni terminar de decirle que estábamos con uno menos.
—Vamos a ganar —repitió.
Y así fue. Más allá de haber celebrado mi primer título, esa noche recibí las primeras grandes enseñanzas de Universitario: nunca dejar de creer y nunca dar por muerto a la “U”. Porque mientras más inclinada está la cancha para nosotros, más aparece la grandeza de la Garra Crema.
La segunda anécdota fue en el año 2005, cuando aún estaba en primaria. Me acuerdo que me sacaron del salón. Me dijeron que mis padres habían venido a recogerme. Sinceramente, no entendía por qué.
Al salir, mi mamá me explicó que había conversado con algunos profesores. Me dijo: “Has salido bien, pero tienes que mejorar para no aprobar con las justas. Pero ya en la casa hablamos… Dame tu mochila, que te vas con tu papá al estadio”.
No pude contener la emoción. Miré a mi padre con alegría, aunque también con sorpresa, porque no sabía qué partido se jugaba. Y se trataba nada menos que de la despedida del Puma Carranza.
Fuimos a la tribuna Oriente. Era mi primera vez fuera de las cabinas de prensa, y ver a la Barra Oriente desde tan cerca quedó grabado en mi memoria para siempre. Recuerdo el papel picado cayendo desde el cielo, como si todo el estadio se vistiera de fiesta.
Pero el recuerdo que más atesoro fue cómo mi papá me fue explicando quién era cada jugador que acompañaba al Puma: Amado Núñez, Alfonso Yáñez, Juan Reynoso, Álvaro Barco, Juan Carlos Zubczuk…
Hoy, que soy padre de dos hijos, espero con ilusión poder llevarlos algún día a una despedida como esa. Y contarles quiénes fueron los grandes de mi tiempo, qué significaron para mí, y por qué el legado de la “U” no es solo deportivo, sino profundamente emocional.
Esa noche aprendí que somos la historia de un pueblo con un pasado glorioso y un futuro por conquistar, que cada niño con la camiseta crema no solo es un hincha más: es un heredero de la garra.
La tercera y última anécdota —o enseñanza— de Universitario se conecta directamente con aquella story que me conmovió.
En el 2009, me escapaba de mi casa mintiéndoles a mis padres. Les decía que iba al cine o a jugar fútbol, pero en realidad me iba al estadio. El Monumental, aunque vacío, se sentía como un hogar secreto. Un refugio que compartíamos los que creíamos incluso cuando todo parecía perdido.
Recordé aquellas tardes desoladas, los memes crueles de “la U no tiene plata ni para la luz”, los clásicos perdidos, las noches de Sudamericana que terminaban en decepción. Y, sin embargo, ahí estábamos. Porque ser hincha no es comprar triunfos, es construir memoria.
Es haber crecido con los goles de Piero Alva o Raúl Ruidíaz como parte de nuestra banda sonora emocional. Es haber alentado cuando el club no solo luchaba en la cancha, sino también fuera de ella, secuestrado por una administración que más parecía una destructora que una gestora.
Por eso, cuando un campeonato llega, no solo se celebra el presente: se honra el camino. Se abrazan los años oscuros, las derrotas, las frustraciones. Y se celebra, no solo el gol, sino la fidelidad. Porque ser de la “U” es luchar hasta el final.








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