Por qué tantos deciden irse, callar o enfrentarse
Hace poco, la Municipalidad de Lima celebró la llegada de más de 90 vagones y locomotoras “donadas” por una empresa de trenes de Estados Unidos. El alcalde habló de un hito histórico. Hubo conferencias, desfiles, bendiciones. Pero pronto surgieron las dudas: trenes con más de 35 años, incompatibles con el sistema actual, costos millonarios asumidos por la ciudad, diferencias escandalosas entre el valor declarado y el asegurado, y cuestionamientos sobre la transparencia del proceso.
No hace falta ser experto para sentir que algo no cuadra.
Y ese malestar ya no es casual: es estructural.
Confiar en las instituciones se ha vuelto un acto de fe… y no precisamente bien recompensado.
Hoy, cargos y uniformes ya no bastan para inspirar respeto.
Lo que debería garantizar justicia muchas veces garantiza lo contrario: burocracia, abuso, espectáculo, corrupción.
Y esto no solo pasa en la política. También lo vemos en la policía (Tropa de Élite), en el fiscal caído (The Dark Knight) o en la Orden Jedi traicionando a una de los suyos (Star Wars). Se repite en nuestras propias experiencias: instituciones que cuidan más su imagen que a las personas.
Este artículo parte de una certeza incómoda: muchas instituciones ya no funcionan como deberían, y terminan expulsando a sus mejores. Desde ahí, el cine, la filosofía y la fe católica pueden ayudarnos a entender —y resistir— este colapso.
En Tropa de Élite, el Capitán Nascimento no solo lucha contra el crimen, también contra la podredumbre interna. Al final, la institución lo consume.
En Batman: El Caballero de la Noche Asciende, Gordon revela que Batman cargó con la culpa de un crimen que no cometió para proteger la fe en la ley. Sabían que la verdad haría caer el frágil edificio de la justicia.
En Star Wars, Ahsoka Tano se aleja de la Orden Jedi. No porque haya perdido la fe en la Fuerza, sino porque la institución que debía custodiarla la ha traicionado.
Salida, silencio o reforma
Los tres caminos se repiten en todo espacio de poder: el que se va, el que calla, el que decide quedarse para transformar. Pero el precio es alto. Salirse trae soledad. El silencio, culpa. Reformar desde dentro, desgaste constante.
La confianza institucional está quebrada. En la política, la justicia, la policía, la educación e incluso en la religión. El desencanto ya no es una sospecha: es una experiencia generacional.
También la Iglesia
Sería ingenuo pensar que la Iglesia Católica escapa a esta crisis. También ha sufrido fracturas. El silencio frente a abusos, el clericalismo y la politización de lo sagrado han alejado a muchos. No siempre por falta de fe, sino por falta de coherencia.
Y, sin embargo, sigue habiendo dentro de ella personas que luchan por el bien, que reforman en silencio, que no renuncian a su vocación. Porque la institución no es todo. Lo que la sostiene –si vale la pena– es el testimonio de quienes la habitan con verdad y esperanza.
¿Y ahora qué?
No se trata de dinamitar todo. Pero sí de aceptar que muchas veces habrá que dejar atrás formas antiguas para recuperar lo esencial: el sentido, la misión, la justicia.
Las instituciones valen si sirven a la vida, no si se imponen sobre ella.
✍️ Nota del autor
Escribo esto desde dentro de la Iglesia Católica. Justamente por eso creo que no debe quedar al margen de esta crítica. Su credibilidad también se juega en cómo responde a las fracturas del presente.








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