Las historias que nos forman

Hace unas semanas, en una conversación con mi madre, me lanzó una pregunta que me dejó pensando en todo lo que vengo escribiendo.
—¿Acaso quieres convertirte en un escritor o periodista que solo critique a FASTA y otras instituciones eclesiásticas? Ya cambia de tema.

Su tono no era de reproche; había en él cansancio, sí, pero sobre todo la preocupación genuina de una madre. Y también un dolor silencioso: le dolía leer críticas hacia su tan amada Iglesia Católica. Debo admitir que esa pregunta me atemorizó un poco.

En un principio respondí con firmeza: no, claro que no.
Pero después, con más calma, me descubrí repitiéndome algo que suena simple, aunque pesa: uno es lo que es.

No quiero caer en el argumento simplista que descalifica solo por no serlo.
¿A qué me refiero? A ese tipo de frase que dice: “tú no puedes opinar porque no eres papá”.

La verdad es que nuestra vida —nuestro presente, nuestras ideas, incluso nuestras dudas— es el resultado de nuestras experiencias, de nuestras memorias.
Y ¿cómo no hablar de la Iglesia, de FASTA y de todo lo que eso implicó, si fue un camino que transité durante años?

Hay historias que merecen ser escritas —no para ajustar cuentas, sino para entender—.
Quizás al contarlas uno logre pasar la página más rápido.
O quizás escribir sea, precisamente, el camino inevitable para llegar a otro puerto.

Porque, al final, ¿de qué puedo escribir si no es de las premisas de mi propia vida?

Quizás eso sea lo más difícil de aceptar: que uno no elige sus temas, sino que los temas lo eligen a uno.
Bayly, en Los amigos que perdí, lo entendió muy bien. No escribe para reconciliarse con nadie, sino para reconciliarse consigo mismo. Narra sin pedir permiso, sin limpiar sus culpas ni endulzar los recuerdos. Y, de algún modo, esa libertad duele, pero también sana.

Yo no tengo su ironía ni su fama, pero sí esa necesidad de mirar atrás. Porque hay algo profundamente humano en reconocer de dónde venimos, incluso si ese lugar nos incomoda. Tal vez escribir no sea más que eso: aprender a mirar el pasado sin rabia, pero sin anestesia.

Hay días en los que pienso que escribir sobre FASTA es una forma de mantenerlo vivo, y otros en los que creo que es la única manera de dejarlo morir en paz. Quizás ambas cosas sean ciertas. Lo importante es no mentirle al papel.

Aceptar que uno es lo que es no significa resignarse, ni justificar todo lo hecho. Significa mirar la propia historia con ojos sinceros, reconocer cada error, cada elección incompleta, cada silencio guardado, y comprender que todo eso nos constituye. Los amigos que se fueron, los secretos compartidos, las palabras que dolieron y las que sanaron: todo forma parte de la narrativa de nuestra vida, y, por extensión, de lo que escribimos.

Escribir, entonces, se convierte en un acto de reconciliación con uno mismo. No para endulzar la memoria ni pedir perdón, sino para observarla con honestidad y seguir adelante. Uno es lo que es, con sus luces y sus sombras, y tal vez eso sea suficiente. Tal vez esa aceptación sea, en sí misma, el primer paso para llegar a otro puerto, donde el pasado ya no pese tanto y las historias finalmente puedan ser contadas en paz.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un blog personal donde comparto ideas, reflexiones y ensayos desde una mirada íntima, crítica y creativa. Escribo para pensar, para cuestionar… y porque escribir, honestamente, se ha vuelto mi nueva crisis de los 30’s.