Hace poco escuché a alguien intentar explicar por qué amaba a su esposa.
Comenzó con lo habitual: porque me entiende, porque me apoya, porque me acompaña.
Pero mientras hablaba, se dio cuenta de que todas esas razones tenían algo en común: giraban en torno a él mismo. Eran respuestas que partían del “yo”.
Entonces se quedó en silencio unos segundos y dijo:
—“No sé por qué la amo.”
Y me pareció una de las frases más verdaderas que he escuchado.
Porque quizá el amor auténtico comienza justo cuando deja de tener explicación.
El misterio de amar sin medida
Amar a alguien no es solo sentir afecto o admiración. Es reconocer una presencia que nos sobrepasa, incluso en lo cotidiano.
Hay días en los que amar parece fácil, y otros en los que amar requiere fe. Sin embargo, hay algo que permanece: el asombro de descubrir que esa persona es un bien en sí misma, más allá de lo que me dé o me falte.
Aristóteles hablaba de tres tipos de amor: el que busca placer, el que busca utilidad y el que busca el bien del otro.
Solo este último —el que no calcula— tiene algo de eterno.
Porque cuando dejo de amar “por algo”, y empiezo a amar “a alguien”, mi corazón aprende un lenguaje nuevo: el de la gratuidad.
El amor que revela algo más grande
Santo Tomás de Aquino escribió que amar es “querer el bien del otro en cuanto otro.”
Esa definición es una revolución silenciosa: amar no es poseer, ni depender, ni esperar. Es afirmar al otro en su ser, incluso cuando no me beneficia.
En un matrimonio, eso se traduce en gestos pequeños y diarios: acompañar en el cansancio, perdonar cuando no se pide perdón, seguir apostando por el nosotros incluso cuando la rutina amenaza con apagarlo.
Ahí, en lo sencillo y constante, Dios se hace presente.
Porque el amor conyugal no solo es un sentimiento: es una participación concreta en el amor divino. Un amor que crea, sostiene y da vida, incluso cuando no hay razones claras para hacerlo.
La belleza que no se explica
Algo parecido ocurre con la belleza.
Hay canciones, cuadros o paisajes que nos conmueven sin que sepamos por qué. No es solo por la técnica o la armonía: es porque algo en nosotros resuena con lo que contemplamos.
Recuerdo haber participado en diferentes espacios de formación donde se decía, más o menos, que lo bello no se usa ni se analiza: se contempla.
Y creo que lo mismo pasa con el amor.
No se trata de entenderlo, sino de dejarse tocar por él.
Cuando amamos así —sin querer poseer, sin buscar explicación— estamos participando, quizá sin darnos cuenta, de una forma de eternidad.
El amor como señal de lo invisible
Cuando no sabemos explicar por qué amamos, estamos tocando el misterio más hondo de la existencia.
Porque el amor —el real— no nace de nosotros, sino que nos visita. Nos atraviesa. Nos transforma.
Y aunque no podamos explicarlo, sentimos que en ese “no sé por qué” se esconde la verdad más pura: Dios se manifiesta cuando amamos sin medida.
Quizá por eso el rostro de quien amamos —sobre todo cuando aprendemos a verlo con paciencia, ternura y gratitud— termina siendo el espejo donde más claramente se refleja la huella de lo divino.
Si hay algún error filosófico en todo esto, pido perdón.
No soy teólogo, ni filósofo profesional.
Solo escribo, como siempre, por webeo.








Deja un comentario