¿Así piensan los milicianos?

No estoy en guerra. Pero si algo aprendí en la «Ciudad Miliciana» es que siempre hay quienes viven esperando una batalla. Les fascina hablar del “buen combate” o de la “batalla cultural”, y en su formación se repite una consigna: “hay que mellar las armas enemigas”. En esas guerras simbólicas, los primeros en saltar no son los valientes, sino los tontos útiles: aquellos que los jefes —o incluso algunos sacerdotes— mandan a la primera línea, no para vencer, sino para caer y desgastar al enemigo.

En este artículo quiero detenerme en algunas reacciones que recibí tras mis publicaciones en relación a FASTA. Bastó observar unas cuantas para advertir el patrón que revela la lógica que se pone en marcha cuando alguien se atreve a cuestionar los errores estructurales.

Las respuestas coincidían en tres líneas argumentales muy claras:

  1. El reproche doctrinal: algunos acusaban que hablar de “adoctrinamiento” era injusto, pues lo que se vivía era formación católica “auténtica y romana”.
  2. El reproche disciplinario: otros señalaban que confundía la obediencia con el abuso, insistiendo en que la exigencia y la lealtad jerárquica no eran manipulación, sino virtudes espirituales necesarias para alcanzar la madurez.
  3. El reproche espiritual: finalmente, hubo quien interpretó mis críticas como fruto del resentimiento personal o incluso de la acción del demonio, sugiriendo que mi alejamiento de la institución me exponía a la confusión espiritual.

Estas tres respuestas, diferentes en tono, comparten un mismo trasfondo: el intento de descalificar la crítica sin entrar a discutir de fondo los problemas.


II. La Falsa Dualidad: Resentimiento vs. Responsabilidad

La táctica de etiquetar la crítica como «resentimiento» es brillante y eficaz: desacredita la fuente sin debatir el contenido. Pero esta etiqueta ignora la complejidad de una experiencia de vida.

Una persona que solo siente rencor solo ve oscuridad. Sin embargo, en varias de mis publicaciones reconozco explícitamente los dones de la comunidad: las amistades duraderas, el amor por el estudio, la formación que me hizo crecer. Un resentido no hace eso; un resentido solo destruye. Yo busco sanar.

El verdadero acto de responsabilidad es doble:

  • Reconocer el daño infligido: La estructura confundió obediencia con salvación, usó el miedo como pegamento y protegió a sus líderes con la lealtad de sus bases.
  • Reconocer el daño infligido por uno mismo: La madurez me obligó a aceptar que yo, como miembro de mando, repetí esas lógicas. Mi crítica es, en parte, un acto de contrición y reparación.

El resentimiento te deja atado al pasado. La responsabilidad te exige nombrar la herida para poder avanzar, y ese es un acto de liberación que aparentemente la comunidad teme.


III. El Demonio como Censura

Uno de los argumentos más bajos y más comunes en estos círculos es el uso de la fe para censurar. Cuando alguien dice que “el demonio puede estar confundiendo al crítico”, no está haciendo teología: está lanzando una amenaza espiritual.

La estructura enseñó que, si te vas o criticas, la desgracia es castigo divino. Es la Teología del Miedo: el condicionamiento que te hace creer que solo la obediencia estricta equivale a protección. Es una forma de decir: “Si Dios no puede callarte, quizá el demonio sí pueda asustarte.”

Yo me liberé de esa teología. Mi fe ya no reside en el miedo ni en la lealtad a un jefe o capellán de turno, sino en el Amor que no necesita amenazas para ser real. Mi verdad de fe está en la misericordia que es más grande que el miedo y que se revela en la vida concreta, en mi paternidad, no en la rigidez de un supuesto estilo.

La verdad es un atributo de Dios. Si la comunidad es de Él, debería ser capaz de soportarla sin que sus fieles tengan que recurrir a acusaciones de rencor o de posesión demoníaca para defenderla.


El Amor exige Coherencia

La crítica de un ex-miembro no es un capricho: es un indicador de que algo fundamental falló en la promesa de formación. Que alguien me acuse de “ingratitud” o de “tirar barro” solo confirma el problema: la estructura prioriza su propia supervivencia por encima de la salud de sus miembros.

El amor más grande que puedo tener por lo bueno que viví es exigir que esa coherencia se eleve al nivel de sus ideales. Nombrar las heridas es el precio de mi madurez. Y no es por odio, sino porque sé lo mucho que se puede llegar a amar ese ideal.

Lo paradójico es que algunos de mis críticos se preocupan más por defender la ortodoxia que por escribir bien. Pareciera que la batalla cultural debería empezar por reconciliarse con la ortografía. Quizá el demonio de la gramática sea el que más estragos está haciendo.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un blog personal donde comparto ideas, reflexiones y ensayos desde una mirada íntima, crítica y creativa. Escribo para pensar, para cuestionar… y porque escribir, honestamente, se ha vuelto mi nueva crisis de los 30’s.