Hay películas que buscan entretener, otras que buscan enseñar, y luego están las que parecen querer justificar la existencia de un país. Chavín de Huántar pertenece a esa última categoría: una cinta que llega cargada de simbolismo, expectativa y una cierta sensación de deuda histórica. Porque si algo sabemos hacer los peruanos, es esperar que el cine resuelva lo que la educación no pudo.
No me malinterpreten: ver a los comandos en acción, escuchar los aplausos en las salas y notar cómo, por un par de horas, todos dejamos de discutir por Twitter para sentirnos “orgullosamente peruanos”, tiene su encanto. Pero como toda historia bien contada, Chavín de Huántar también tiene una trampa: su virtud narrativa es, curiosamente, su mayor debilidad.
Y ahí empieza lo interesante.
Yo no viví directamente esa época —nací en 1994—, pero en mi casa era imposible no escuchar sobre ella. Entre un abuelo coronel de la Guardia Civil y un tío general del Ejército Peruano, los titulares y temores de aquellos años fueron parte del ambiente familiar, casi como una banda sonora de fondo. Por eso, ver hoy esa historia llevada al cine me resulta tan fascinante como problemática: no solo revive la memoria, también reabre la conversación sobre cómo la contamos.
El héroe con foco único: Valer y el costo narrativo
La película decide centrar su mirada en el Comando Valer, el héroe que encarna la entrega absoluta, el sacrificio y la mística del deber. Una elección que tiene fuerza cinematográfica, sin duda. Pero también deja fuera un universo entero de personajes y tensiones que fueron parte del hecho real: el presidente, la Iglesia, los negociadores, los secuestradores y los rehenes.
Centrar el relato en Valer le da al espectador una brújula emocional clara, pero también reduce el mapa histórico. Es como enfocar tanto una vela que se olvida de la oscuridad que la rodea. Lo que se gana en cohesión, se pierde en complejidad.
Y en una historia tan cargada de aristas políticas, morales y humanas, eso pesa.
A nivel narrativo, entiendo la decisión. Contar una operación como la de 1997 desde múltiples frentes habría exigido una estructura coral difícil de sostener (y un presupuesto que probablemente no existía). Pero como espectador —y como peruano no puedo evitar pensar que al elegir un héroe, la película terminó haciendo invisible al resto de la historia.
¿Cine como maestro? La injusta carga educativa
Hay un fenómeno curioso en el Perú: cuando se estrena una película basada en hechos reales, automáticamente se convierte en examen de historia.
“¡Deberían ponerla en los colegios!”, dicen algunos, como si una función de cine pudiera reemplazar veinte años de desinterés nacional por la lectura.
Es injusto exigirle al cine que eduque lo que el sistema abandonó. Pero más injusto aún es hacerlo con una película que, desde su naturaleza, no pretende ser un documental sino una narración.
El cine cuenta, emociona, inspira… pero no enseña historia; al menos, no con la precisión que algunos le reclaman.
Y sin embargo, Chavín de Huántar tiene ese mérito: despierta preguntas. No da respuestas, pero genera la necesidad de buscarlas. En una época donde el público prefiere los resúmenes de TikTok a los libros de historia, eso ya es un acto heroico.
Quizás la verdadera hazaña no esté en la operación militar, sino en lograr que alguien, después de la película, escriba en Google “¿qué pasó realmente en Chavín de Huántar?”.
El valor de la temática: más allá de los TikTokers sosos
Podemos discutir su enfoque, su guion o su ritmo, pero hay algo que no se le puede negar: Chavín de Huántar se atreve a tocar un tema serio en una industria que, últimamente, parece más interesada en influencers que en actores.
Mientras algunas productoras siguen creyendo que el cine nacional necesita más “rostros conocidos de Instagram” y menos historias con peso, aparece una película que apuesta por la memoria, la patria y el debate.
Eso, en sí mismo, ya es una victoria cultural.
Y no es que todo tenga que ser solemnidad y uniformes, pero resulta refrescante ver una cinta que no se sostiene en el algoritmo. En tiempos donde la popularidad manda sobre el talento, una película así recuerda que el arte también puede ser un acto de resistencia.
No todo tiene que ser comedia romántica con bailes en TikTok; a veces, vale la pena recordar que también existieron hombres que dieron la vida sin esperar likes.
Más que una película
Al final, Chavín de Huántar no debería verse como una obligación patriótica, ni como la versión oficial de un hecho histórico. Debería verse como lo que es: una oportunidad.
Una puerta de entrada para comprender un episodio complejo, doloroso y todavía mal digerido de nuestra historia reciente.
No hay que idealizarla ni destrozarla; hay que verla, pensarla y, ojalá, dejar que nos empuje a leer más. Porque el valor de una película no está en las medallas que reparte, sino en las preguntas que deja abiertas.
Personalmente, salí del cine con una sensación ambigua: orgullo por la historia contada, pero también la inquietud de saber cuántas otras historias siguen esperando ser contadas. Las de los rehenes, las de los soldados, las de los que nunca fueron aplaudidos.
Si algo logra Chavín de Huántar, es recordarnos que el cine peruano necesita más de esto: más riesgo, más debate, más memoria.
Porque solo cuando nos atrevamos a mirar la historia desde todos sus ángulos —no solo desde la mira del héroe— podremos entender realmente lo que significa ser un país.








Deja un comentario