Una historia dentro de FASTA: cuando la obediencia se vuelve miedo

Nunca escuché la palabra psicopatía en esos años, pero la conocí sin saberlo. No en un libro ni en una película, sino en los gestos calculados de quienes decían guiarnos hacia Dios.
En su manera de leer el alma para controlarla, de convertir la obediencia en un acto de miedo.
Con el tiempo entendí que el mal no siempre grita: a veces se disfraza de virtud y se instala donde menos lo esperas, incluso dentro de una comunidad religiosa.


La ficción del liderazgo laico

El control se sostenía sobre una base teórica que diviniza el mando. En la enseñanza de la Jefatura se subraya que “La autoridad viene de Dios” (Hacer Ciudad de Dios), lo cual implica que la función es una Misión, un “honor altísimo”.
Esta premisa eleva el rol de líder laico al de un elegido, lo que facilitaba la manipulación: FASTA hablaba mucho de formar líderes, pero en la práctica parecía más interesado en formar obedientes.

En ese ambiente, la obediencia no se enseñaba, se imponía; y quien se atrevía a pensar distinto era mirado con recelo, como si la duda fuera un síntoma de falta de fe.

La estructura de FASTA se define como un movimiento de liderazgo laico, donde la conducción recae en Jefes de Casa, Jefes Regionales y Presidentes Jurisdiccionales.
Los sacerdotes, o capellanes, cumplen formalmente el rol de asesores.
Sin embargo, esta formalidad a menudo oculta una dinámica de poder sutil y agresiva que socava la autonomía laica.

Si bien la doctrina postula que la Jefatura es un “puesto de servicio” y que “vale quien sirve”, esta definición de potestad para la salvación se usaba como herramienta.
Muchos capellanes ejercen su rol desde la sombra, asesorando con una influencia al estilo Palpatine; otros prefieren tomar el timón abiertamente, desplazando al laico para controlar cada aspecto.
El resultado era la anulación práctica de la potestad laica por una autoridad moral clerical impuesta.


Delegar los afectos y el terror de la traición

La presión por la Misión y la Coherencia era tan intensa que anulaba la esfera de la vida personal.
La enseñanza advierte que “renunciar a una Jefatura no es algo tan sencillo” (pues “el lugar vacío lo ocupa el enemigo”), creando un marco donde la autonomía se considera un acto de cobardía o egoísmo (“solo me amo a mí mismo”).

Recuerdo un episodio que ilustra la profundidad de esta delegación de la autonomía.
Cuando le conté a mi mejor amigo —también militante del movimiento— que una chica me gustaba, más que animarme a salir con ella, me sugirió contárselo al cura “para tener su apoyo”.
“Si no tienes su bendición, se van a ir contra ti”, me advirtió.

Lejos de cuestionarlo, le agradecí por “hacerme entrar en razón”.
Y como un perrito obediente, fui a contárselo al sacerdote. No buscaba consejo espiritual, sino aprobación.
Habíamos aprendido a delegar hasta los afectos, a poner nuestras emociones bajo supervisión clerical.
En ese mundo, el amor era peligroso si no contaba con la venia del líder.

También recuerdo una escena que aún me eriza la piel. No podía asistir a una reunión de comando y mi jefe —mi líder inmediato— me dijo:
“Si no vienes, me estás fallando a mí”.
No me afectó demasiado. Pero cuando agregó: “Le estás fallando al cura”, el cuerpo se me paralizó.
Ahí entendí lo que era el verdadero terror.
El miedo no venía de una amenaza física, sino de la sensación de traicionar a quien representaba, supuestamente, la voluntad de Dios.
Esa es la forma más eficaz de manipulación: cuando el poder se reviste de lo sagrado y el miedo se confunde con fe.


El mártir elegido y la victimización heroica

Años después, aquel sacerdote fue trasladado. Su figura había perdido parte del control directo.
Yo lo evitaba, pero un día, en la intendencia, nuestros caminos se cruzaron.
Lo sentí acercarse. Se detuvo y, con una solemnidad calculada que parecía ensayada, me encaró.
El ambiente se tensó de golpe.

—¿Ya te enteraste?
—¿De qué? —le respondí, forzando una indiferencia que no sentía.
Su tono se hizo aún más grave, como un profeta anunciando su exilio:
—Me voy a Estados Unidos. El fundador me ha pedido que empiece la fundación allá. Es la misión más difícil del movimiento. Necesito de tus oraciones para sostenerme.

La frase no era una confidencia, sino una declaración de martirio y un llamado a la lealtad eterna.
En ese instante, su partida no fue un acto de obediencia humilde, sino la consumación de su figura heroica.
La doctrina de que la Jefatura es la “suprema carga” y que debe producir frutos mediante el sacrificio, justifica esta pose.

Hoy, al mirarlo con la perspectiva de la psicología, lo veo con una precisión dolorosa:
la victimización heroica en su máxima expresión.
No buscaba un destino espiritual; buscaba transformarse en el mártir elegido, en la leyenda, para seguir ejerciendo un control residual sobre nuestras memorias y afectos.
En el fondo, no me pedía oraciones. Pedía seguir siendo el centro indiscutible del relato.


Lealtad incondicional vs. fraternidad

La psicopatía, lejos del cliché cinematográfico, a menudo se oculta en personas carismáticas que ejercen un poder devastador.
El psicópata no busca amor, sino lealtad incondicional.
Y en ciertos entornos religiosos, esa lealtad se convierte en una herramienta perfecta para perpetuar el control, especialmente cuando la Autoridad es asumida como potestad divina en lugar de servicio.

Por eso, a quienes aún tienen cargos dentro de FASTA, no les hablo desde la revancha, sino desde la memoria.
No escribo esto para condenar, sino porque alguna vez creí en ese ideal de fraternidad que hoy sigue haciendo falta.

Pónganse una mano en el pecho. Ese pecho fraterno que dicen tener, que juraron dar luz y que prometieron sería faro que ilumine la ciudad.
No para que respondan con discursos, sino con gestos.
Escuchen, reconozcan y abracen el dolor de quienes un día también soñamos con cambiar el mundo desde ahí.

Tal vez, si se atreven a hacerlo, esa luz que tanto predicaron vuelva a encenderse —aunque sea un poco— entre las sombras.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un blog personal donde comparto ideas, reflexiones y ensayos desde una mirada íntima, crítica y creativa. Escribo para pensar, para cuestionar… y porque escribir, honestamente, se ha vuelto mi nueva crisis de los 30’s.