Una lectura crítica del comunicado que FASTA envió en febrero de 2024, y de cómo el lenguaje del perdón puede convertirse en un instrumento de poder más que de verdad.

La carta fue enviada el 2 de febrero de 2024. Para entonces yo ya estaba fuera del movimiento, pero me llegó por otro miembro de la jurisdicción de FASTA Lima. Al leerla por primera vez pensé: “tuvo que irse un cura para que recién empiecen a tomar acciones”, y eso, en cierto modo, me dejó algo tranquilo. Sin embargo, cuando volví a leerla a inicios de este año, el mensaje ya me parecía otra cosa: un discurso que se disfraza de humildad para proteger el poder.
La carta buscaba pedir perdón, pero en el fondo, me pareció otro intento de mantener el control narrativo dentro del movimiento. A veces pienso si este comunicado llegó realmente a todos los miembros, o solo a algunos cuantos. Pero lo que más me interpela es imaginar a quienes no sabían nada, y de pronto recibieron esa carta en su correo: ¿qué habrán sentido? ¿Sorpresa? ¿Desconfianza? ¿Confusión?
1. El tono del arrepentimiento calculado
El comunicado se presenta como un “acto de humildad”, pero está cuidadosamente diseñado para controlar los límites del daño. No se pide perdón por los abusos cometidos, sino por “no haber estado a la altura”, una fórmula que evita toda responsabilidad directa. Es una culpa genérica, casi estética.
No hay nombres, no hay acciones concretas, no hay reparación. Solo una cadena de expresiones suaves que diluyen la gravedad de los hechos: “errores”, “falta de prudencia”, “dificultades”. Todo está dicho como si el mal fuera un accidente administrativo y no el resultado de una estructura que formó personas para obedecer ciegamente.
2. El lenguaje como anestesia moral
Lo que más me llama la atención es la sofisticación del lenguaje clerical. Palabras como “discernimiento”, “comunión”, “caminos de fe” o “purificación interior” funcionan como un perfume teológico que neutraliza el hedor del poder. Es el viejo truco de la retórica religiosa: envolver la violencia con palabras sagradas para hacerla digerible.
Este tipo de discurso no busca la verdad, sino preservar la imagen del rebaño. Y cuando eso ocurre, el lenguaje deja de ser un medio de comunión para convertirse en una herramienta de dominación.
3. El perdón como dispositivo de control
Hay una frase del texto que me resulta especialmente inquietante: “pedimos perdón a quienes hayan sentido dolor por nuestras acciones”. Ese “hayan sentido” traslada la carga del problema al receptor, no al agresor. No es “te hicimos daño”, sino “te sentiste herido”.
El juego es sutil, casi imperceptible, pero su resultado lo cambia todo. Imagina esto: en lugar de señalar al que empujó primero, ahora señalamos al que se quejó por el empujón. Lo que ha ocurrido es un desplazamiento de la culpa. Quien causó el daño queda a salvo, y la presión recae en la víctima para que «pase página».
De esta manera, el perdón pierde su significado real. Ya no es un esfuerzo honesto por reparar las cosas, sino que se vuelve una estrategia de poder. Es como si alguien te pidiera que le firmes la paz para que ellos no tengan que cambiar nada.
En el fondo, es una forma rápida y superficial de cerrar el conflicto. Es poner una curita sobre una herida sin antes haberla desinfectado. La herida se tapa, pero la infección sigue ahí.
4. La absolución del sistema
Otro detalle previsible es que el comunicado intenta mostrar que el problema fue de “algunas personas”, no del sistema. Pero FASTA, como muchos movimientos, no es un conjunto de individuos, sino una maquinaria ideológica. Forma, moldea y premia cierto tipo de mentalidad: la del soldado de Dios que obedece, calla y defiende al superior.
Por eso el perdón institucional es, en el fondo, una autodefensa del sistema. No busca justicia, sino continuidad. No hay examen de conciencia real porque hacerlo implicaría cuestionar la estructura misma que generó el abuso.
5. La emoción como blindaje
El comunicado apela al dolor, a la “esperanza de renovación”, a la “confianza en la Providencia”. Son palabras que conmueven, pero también desactivan el pensamiento crítico. Es una puesta en escena de la sensibilidad cristiana, donde el arrepentimiento se mide en lágrimas, no en reformas.
Y el riesgo de esa emotividad institucional es que convierte la fe en espectáculo: mientras algunos lloran y aplauden la “valentía” de pedir perdón, los verdaderos heridos siguen esperando justicia.
La conciencia histórica
A veces pienso que, si uno lee con atención esta carta, puede ver en ella un eco de muchos otros casos dentro de la Iglesia: el mismo tono, las mismas palabras, el mismo intento de mostrarse purificados sin transformarse.
Mi conciencia histórica —esa que te exigen tener cuando ingresas a una línea de conducción dentro de FASTA— me dice que, si todo sigue igual, con mucho dolor, FASTA va camino a convertirse en otro Sodalicio de Vida Cristiana.
Y aunque esa comparación duela, es necesaria. Porque solo cuando una comunidad es capaz de mirarse sin maquillaje, puede empezar a sanar de verdad.








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