Tras la obtención de la estrella 29 por parte de Universitario de Deportes, confieso que estaba un poco preocupado.
Después de aquella fiesta en las calles de Miraflores, junto a mi hija, mi esposa y mi hermana, las responsabilidades laborales me coparon y no pude escribir nada sobre este hecho histórico del fútbol peruano.
Algunos hinchas de otros equipos han querido quitarle emoción a nuestra felicidad, diciendo que por haber salido campeones con tanta anticipación el festejo pasaría desapercibido.
Pero, ¿cómo va a pasar desapercibido un tricampeonato?
Somos los nuevos tricampeones, los primeros de este milenio, y el único equipo peruano en ser bicampeón en su Centenario y dos veces tricampeón.
Claro, lo desmerece quien no lo logró.
El que lo soñó, pero no lo cumplió.
El que lo intentó hace dos años y hoy solo puede mirar cómo nosotros seguimos cumpliendo sueños.
Grandes por historia y por títulos los mejores.
Más que una final, un renacimiento
Es imposible no remontarse a la final del 2023.
Esa final que pudo marcar el inicio de una de las peores rachas de la U —nueve años sin campeonar— mientras el clásico rival estaba a punto de conseguir su propio tricampeonato y sepultarnos en la frustración.
Pero todos sabemos cómo terminó la historia.
O mejor dicho, todos sabemos quiénes escriben la historia y quiénes solo la observan.
Mientras algunos apagaban la luz como signo de frustración, la “U” seguía brillando en el campo y en la memoria.
Porque lo que no se logró en el césped no se puede borrar con palabras.
Esa final del 2023 fue más que un título: fue el inicio de una nueva era.
Después de años de abandono institucional, de haber sido secuestrados por Gremco y la SUNAT —cómplices de una corrupción que intentó quebrarnos— la U volvió a levantarse.
Desde aquel último título en 2013, con José Carvallo como figura, el club sobrevivió con garra, con fe, con la fuerza de su hinchada.
Y cuando llegó el momento decisivo, apareció la historia.
Apareció la camiseta que no se rinde.
Apareció el espíritu de Lolo, Chale, Oblitas y Piero Alva.
Universitario no solo ganó una final. Detuvo el destino.
Evitó que Alianza escribiera su mito y, en su lugar, escribió el nuestro.
Esa noche, la U le recordó al país que la grandeza no siempre consiste en conquistar, sino en impedir que te borren.
El legado que no se apaga
Desde entonces, nada volvió a ser igual.
El bicampeonato del 2024 y el tricampeonato del 2025 no fueron casualidad, sino la consecuencia natural de un espíritu que nunca se quiebra.
La U volvió a ser el espejo en el que se mide el fútbol peruano.
Porque no hay institución más golpeada, ni hinchada más fiel, ni camiseta más pesada.
Ser de la U es entender que la vida —como el fútbol— no siempre premia al más cómodo, sino al que resiste.
Porque el que resiste, lucha contra corriente.
Nada le es regalado.
Todo lo conquista a pulso, con sudor, con fe y con la certeza de que cada obstáculo lo está formando, no frenando.
El que lucha contra corriente no tiene tiempo para la soberbia, porque ha aprendido a levantarse una y otra vez.
Sabe que la victoria no siempre llega rápido, pero cuando llega, sabe a justicia.
Sabe que mientras otros buscan atajos, él se aferra a la convicción de que lo auténtico toma tiempo, que lo verdadero duele, que lo eterno no se improvisa.
Y por eso ser de la U es más que alentar a un equipo: es una manera de vivir.
Es creer que incluso cuando todo parece perdido, todavía hay una jugada más por dar, una carrera más que correr, una historia más que escribir.
Porque en el fondo, el fútbol —como la vida— no está hecho para los que se acomodan, sino para los que se niegan a rendirse.
Y esa, quizás, sea la mayor lección que Universitario nos deja:
la verdadera grandeza no está en ganar siempre, sino en nunca dejar de luchar.
Mañana nos despedimos del torneo. Nos vamos tricampeones, con la frente en alto y la ilusión intacta. Porque ahora el horizonte tiene nombre propio: la 30 y esa obsesión que nos despierta desde siempre, la Copa Libertadores. La historia no termina aquí… recién se está calentando








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