Cuando me preguntan por qué escribo —y, sobre todo, por qué sigo escribiendo sobre FASTA— siempre respondo lo mismo: escribo Solo por Webeo, porque escribir es la forma en que pienso, proceso y hago catarsis. Pero sería deshonesto negar que también escribo porque amé.
Escribo porque amé una vida, un ideal y una promesa. Amé aquella idea de la “Ciudad Miliciana”, de ser un “soldado de Cristo” que entregaba todo a una causa supuestamente noble. Pero precisamente porque la amé, me duele la distancia entre el ideal y la realidad que descubrí detrás de él.
Durante años creí que servir a Dios era obedecer sin dudar, que cuestionar era soberbia y que el silencio era virtud. Lo más difícil fue reconocer que nos enseñaron a pensar que todo lo que ocurría dentro de la institución era bueno, inteligente y verdadero; mientras que lo de afuera —incluidos nuestros propios padres— era mediocre, tibio o mundano.
Hoy sé que eso no era fe. Era control.
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Crítica a la estructura, no a la fe
Mi crítica no va contra el Evangelio, y aunque admito que a veces también levanto la voz frente a ciertas dinámicas dentro de la Iglesia Católica —de la cual aún me reconozco parte como misterio de comunión—, sé que el núcleo de mi reclamo no es doctrinal. Donde sí levanto la voz es contra las estructuras humanas que la distorsionan. En FASTA y en otros movimientos eclesiales rígidos, vi cómo la obediencia filial se confundía con obediencia ciega, y cómo la autoridad espiritual podía convertirse en un poder invisible e incuestionable.
Vi cómo se construían burbujas ideológicas que nos hacían sentir parte de una élite espiritual, mientras afuera quedaba el resto del mundo, etiquetado como tibio o superficial. Esa es una forma de manipulación espiritual, aunque no se hable de ella con ese nombre.
Y aquí reconozco algo que también me pesa: yo mismo repetí esas frases, las mismas que me habían enseñado. Se las dije a otros jóvenes dentro de la comunidad, exigiéndoles una entrega total “sin mirar atrás”, sin importar lo que sus padres pensaran o lo que sus propios proyectos académicos les pedían. Creía estar ayudándolos a ser fieles; hoy sé que estaba ayudando a perpetuar una lógica de sometimiento.
Lo menciono porque es parte de mi responsabilidad. Porque no se puede sanar un pasado que uno no está dispuesto a mirar de frente.
Y lo digo con claridad: no todos los abusos dentro de la Iglesia son sexuales. Hay abusos de poder, de conciencia y de afecto que también dejan cicatrices. Instituciones que confunden el servicio con el control están condenadas a reproducir el ciclo del abuso: víctimas que luego se convierten en victimarios, convencidas de que obedecer es amar.
Hablar aunque no haya sido víctima de abuso sexual
Esta es quizá la pregunta más difícil que me hacen: ¿por qué levantar la voz si no sufrí un abuso sexual?
La respuesta es sencilla y, a la vez, dolorosa. Porque los abusos sexuales no ocurren en el vacío. Ocurren en sistemas donde se enseña que el jefe nunca se equivoca, que dudar es pecado, que la obediencia lo justifica todo.
Yo viví dentro de esa lógica. Fui víctima de mentiras que moldearon mi manera de pensar y de amar. Me enseñaron a temerle a un Dios que castigaba, me hicieron cargar culpas que no me correspondían y me hicieron ver al diablo en quien hoy es mi esposa. Esa es una forma de violencia espiritual que no deja moretones, pero sí miedo.
Hablar es una forma de sanar, pero también de prevenir. Si no denunciamos las raíces del abuso de poder, las dinámicas de manipulación emocional y la transferencia de culpa, los mismos errores volverán a repetirse.
El impacto de los casos de Argentina
Muchos me preguntan si mi ruptura con FASTA tuvo que ver con los casos de abuso que se revelaron en Argentina. La respuesta es sí, aunque yo no haya estado allí.
Cuando supe de las denuncias contra Guillermo Rosado y del rol de Guillermo Varela en el encubrimiento, sentí que algo dentro de mí se quebraba. La “máquina perfecta” había mostrado su falla más profunda: el rostro del pecado dentro de una estructura que se creía inmune al mal.
Mi hermana vivía en Argentina. Amigos cercanos me contaban lo que estaba pasando. Y mientras tanto, yo reconocía en Perú las mismas dinámicas: líderes que no admitían errores, jóvenes formados para obedecer y callar, y un ambiente donde la duda se castigaba.
Fue entonces cuando entendí que no era un problema de algunas personas, sino del sistema mismo. Un sistema que premia la sumisión y castiga la conciencia crítica. Un sistema que convierte la fe en miedo.
Mi fe es más grande que mi miedo
No me fui por rencor. Me fui porque ya no había paz.
De hecho, en la carta que redactaron mis padres —y que firmé junto a mis hermanas— escribimos una frase que lo resume todo:
“FASTA dejó de ser un lugar de paz para nosotros.”
Esa carta fue una despedida dolorosa, pero también una liberación. Porque gracias a Dios me fui, y entendí que si me quedaba habría terminado exponiendo a mis propios hijos a esa misma lógica de poder disfrazada de fe.
No me fui por un chisme. Me fui porque descubrí que la fe que me enseñaban no me hacía libre. Me mantenía atado a una espiritualidad basada en el miedo, y el miedo no viene de Dios.
Las denuncias de Argentina fueron solo el detonante. El verdadero quiebre fue darme cuenta de que mi fe seguía viva, pero ya no cabía en esa estructura. Que creer en Dios no es obedecer a un hombre, sino escuchar a la conciencia.
Hoy levanto la voz no para destruir, sino para comprender.
Porque uno es lo que es, y no elige sus temas: sus temas lo eligen a uno.
Y este es el mío: entender, sanar y dejar que ese pasado —que fue también una forma de amor— muera en paz.
Con esta publicación cierro un ciclo de textos sobre FASTA este 2025. El próximo año quiero dedicarme a revisar con más calma los libros, carpetas y materiales que formaron parte de mi formación como miliciano. Será otra etapa, quizás más de análisis que de memoria. Mientras tanto, seguiré escribiendo sobre la fe, la cultura, la paternidad, la lectura y esos pequeños gestos donde se revela el sentido de la vida.
Si algo de lo que has leído aquí te genera dudas, coincidencias o incluso rechazo, te invito al diálogo. Puedes dejar un comentario o escribirme directamente a lucas.macarias@gmail.com. Este espacio siempre estará abierto para pensar juntos, incluso desde nuestras diferencias.







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