TikTok está arruinando el entreteniendo

Desde niño, el cine fue mi refugio. Creo que ahí, en una sala oscura donde todo parecía ordenarse por primera vez, descubrí que las historias podían contener el mundo entero. Quizás por eso terminé estudiando Comunicación Audiovisual: quería entender ese misterio, descifrar la arquitectura invisible que hace que una imagen conmueva más que un discurso.

Pero hoy, paradójicamente, me cuesta ver una película en mi propia casa. Y no porque mis hijos interrumpan —ellos, al menos, avisan— sino porque mi esposa no logra soltar el celular. A veces levanto la vista justo cuando ella baja la suya, y en ese pequeño cruce descubro que se perdió el momento más importante de la historia. No la culpo. No es ella: es la época. Cada vez conozco a más personas incapaces de ver una película sin revisar su teléfono. No es desinterés; es una nueva forma de estar en el mundo: hiperconectados y, curiosamente, más distraídos que nunca.

TikTok —la red más influyente de la década— nos entrenó para vivir en segmentos de tres segundos. Lo efímero dejó de ser una característica de la modernidad para convertirse en su esencia. Lo que antes llamábamos “breve” ahora es casi una eternidad. Y lo más extraño: cuanto más entretenimiento tenemos, menos capaces somos de disfrutarlo. El algoritmo no solo nos muestra contenido: nos enseña a consumirlo con ansiedad. Ya lo había dicho en De la utopía digital al ruido absoluto: la promesa de conexión se volvió ruido. TikTok es la versión más refinada de ese ruido, casi una maquinaria de retención emocional donde el estímulo importa más que el sentido.

Ese mecanismo del “engánchalo en tres segundos o muere” se ha infiltrado en nuestra forma de vivir. Cada video es una prueba de supervivencia; si no atrapa, desaparece sin duelo. Y esa lógica contamina todo: las narrativas lentas, los silencios, las escenas que respiran… todo parece hoy un gesto antiguo. Al mismo tiempo, surgen fenómenos como el Brain Rot, ese deterioro cognitivo producido por consumir contenido absurdo pero adictivo, o el AI Slop, videos creados por inteligencia artificial sin significado alguno, diseñados solo para rascar una parte primitiva del cerebro. La pregunta ya no es “¿qué estás viendo?”, sino “¿cuántos segundos puedes estar sin ver nada?”

Hollywood, claro, también lo siente. Ya no pierde espectadores: pierde atención. Muchas películas parecen escritas para sobrevivir no en una sala oscura, sino en una sala iluminada por la luz blanca de los celulares. Las escenas se comprimen, los diálogos explican lo obvio, las historias se diseñan pensando en su posible conversión en meme. Lo cinematográfico se subordina a lo viral. Netflix lo ha llevado incluso más lejos: produce bajo la lógica de la doble tarea, como si asumiera que nadie verá sus series sin un segundo dispositivo encendido al costado. Por eso los ritmos son predecibles y los diálogos, didácticos. No buscan que te sumerjas, sino que no te pierdas cuando regreses de tu distracción.

Y mientras todo esto sucede, TikTok redefine el concepto mismo de audiencia. No busca tus amigos ni tus intereses: busca lo que te retiene. Por eso surge lo que llamo el “creador fantasma”: gente que produce sin saber si su video será mostrado a millones o condenado al olvido absoluto. Ya no importa la relación entre creador y espectador: importa la obediencia del usuario ante el estímulo. El FOMO —ese miedo absurdo a perderse algo— se vuelve el motor perfecto para que nunca dejemos de deslizar. Cada trend dura días, cada moda horas, cada ansiedad unos segundos. Vivimos dentro de una cinta transportadora emocional.

La música tampoco ha escapado. Las discográficas ya no piensan en álbumes: piensan en “los quince segundos de oro”. Ese fragmento que podría volverse viral, usarse en un baile o repetirse en un meme. El resto de la canción es casi un trámite. Por eso abundan las versiones sped up o slowed down, que no son reinterpretaciones artísticas sino variaciones destinadas a prolongar la vida útil de un sonido en el scroll infinito. El algoritmo no solo decide qué escuchamos: está reescribiendo cómo se compone música.

Lo más inquietante es que TikTok no necesitó manipularnos: solo tuvo que medirnos. Cada gesto, cada pausa, cada desliz genera datos que permiten afinar el estímulo. Y así, el entretenimiento, que antes era refugio, ahora es un laboratorio neuroquímico donde la dopamina manda y la historia se vuelve un pretexto. El daño no aparece de golpe, pero se siente: en la ansiedad por lo nuevo, en la incapacidad para concentrarse, en esa sensación de estar atrasado incluso cuando no pasa nada.

Quizás TikTok no haya destruido la cultura del entretenimiento. Tal vez solo nos devolvió un espejo incómodo: el de una sociedad que ha perdido paciencia para las historias pero no para la dopamina. Y por eso escribir aquí, en Solo x Webeo, se ha convertido en un gesto de resistencia. Una pequeña forma de volver al tiempo humano, de recuperar el ritmo que exige el pensamiento. Este blog no persigue likes ni algoritmos; persigue algo más frágil y más valioso: que alguien —aunque sea una sola persona— se detenga un momento, lea, y quizá se reconozca en estas líneas.

Tal vez no podamos vencer al ruido, pero sí podemos abrir un espacio donde el tiempo deje de correr tan rápido. Un espacio donde leer sea un acto de libertad y escribir, una manera de recordar quiénes somos en medio del scroll infinito. Porque en esta época de distracción masiva, escribir —todavía— es un acto de resistencia.

Deja un comentario

Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un blog personal donde comparto ideas, reflexiones y ensayos desde una mirada íntima, crítica y creativa. Escribo para pensar, para cuestionar… y porque escribir, honestamente, se ha vuelto mi nueva crisis de los 30’s.