¿Qué tanto más podemos decir sobre el Sodalicio? — Reseña breve y casi a regañadientes de “Líbranos del mal” de Santiago Roncagliolo
Después de casi un mes logré, o mejor dicho me forcé, a terminar Líbranos del mal de Santiago Roncagliolo. No ha sido una lectura fácil, no por su estilo —Roncagliolo escribe bien, eso no se discute—, sino porque, al menos en mi caso, fue un libro que no logró engancharme. Tal vez porque ya he leído mucho (quizás demasiado) sobre el caso Sodalicio y sus alrededores. Tal vez porque esperaba algo más que no llegó.
Sí, el libro quiere denunciar. Sí, el libro quiere empatizar. Pero en su intento de ser accesible, se vuelve superficial. Da la sensación de que Roncagliolo intentó escribir una novela sobre el Sodalicio sin meterse con el Sodalicio. Como si le tuviera respeto (o miedo) a la herida. Por eso, para quienes hemos seguido de cerca ese universo de abusos, silencios y estructuras de poder, esta historia no causa revelación ni asombro. Más bien, deja la sensación de una oportunidad desperdiciada.
Sin embargo, a pesar de sus limitaciones, el libro deja una pregunta potente y dolorosa: ¿qué tanto sabemos de nuestros padres?
La historia parte con un joven estadounidense, hijo de peruano, que decide viajar a Lima para visitar a su abuela enferma. Al instalarse en la antigua habitación de su padre, empieza a descubrir un mundo que le era completamente ajeno: discos, cassettes, libros… títulos de José Antonio Primo de Rivera y otras lecturas de formación falangista. Lo inquietante no es solo el contenido, sino el hecho de no haber sabido nunca que su padre —con quien ha vivido más de quince años— tenía ese pasado, esos intereses, esa historia.
Y justo en ese viaje, mientras recorre las calles del barrio y mira televisión, aparece una noticia que lo descoloca: un grupo de adultos ha denunciado abusos físicos, sexuales y psicológicos por parte de una “Comunidad de Vida Cristiana”. Entre los acusados, aparece el nombre de su padre. Aunque el libro evita decirlo con todas sus letras, se entiende que se refiere al Sodalicio de Vida Cristiana, la organización laica católica que ha estado en el centro de uno de los escándalos de abuso más graves en América Latina.

La reacción de su abuela, lejos de calmar su desconcierto, solo lo profundiza: “Esos denunciantes no son más que cholos, comunistas resentidos”, le dice. Como si bastara una etiqueta para desactivar una acusación. Como si la culpa pudiera negarse con prejuicio. El peso del silencio familiar se mezcla con la hostilidad del entorno: un vecino, aparentemente involucrado en el narcotráfico, comienza a amenazarlo para que le diga a su padre que no lo quieren ver por la cuadra.
Entonces, en mi opinión, el libro se convierte —quizás sin quererlo del todo— en una reflexión sobre la distancia emocional entre padres e hijos. Sobre lo que no se dice, lo que no se pregunta, lo que se decide olvidar. No es solo una novela sobre abusos institucionales, sino también sobre la herencia del silencio.
Y si hay algo que me dejó este libro, más allá del tema del Sodalicio, es esta pregunta incómoda y necesaria: ¿qué tanto sabemos de nuestros padres? ¿Qué tanto sabemos de las personas que nos criaron, más allá de su rol de proveedores o cuidadores?
Porque sí, los padres pueden callar. Pueden creer que están protegiendo al hijo no hablando de su pasado. Pero ese vacío también deja huellas. Y muchas veces somos los hijos quienes, ya adultos, debemos tomar la iniciativa de preguntar, de escarbar, de conectar los puntos.
¿Qué le gustaba a mi padre cuando tenía mi edad? ¿Qué libros lo formaron? ¿Qué decisiones lo marcaron? ¿Qué cosas lamenta, pero no dice?
No hay manual para estas conversaciones. Pero sí hay una certeza: mientras más tiempo pasa, más difícil se hace tender puentes. El silencio que hoy parece cómodo, mañana puede ser una herida abierta.
Así que, si te toca ser hijo: pregunta. Si te toca ser padre: cuenta. No esperes a que el vínculo se transforme en sospecha. Las historias difíciles también necesitan ser dichas. Porque a veces, lo que salva una relación no es la inocencia, sino la honestidad.








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