En tiempos donde cada post puede volverse una trinchera ideológica, el caso de Francisco “Pancho” de Piérola vuelve a abrir una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que defendemos nace de la convicción y cuánto es solo performance?
Piérola, periodista y comunicador peruano, ha construido su figura pública desde un lugar claro: conservador, frontalmente opuesto a la llamada “ideología de género” y comprometido —al menos en su discurso— con los valores tradicionales. Su presencia en medios como Canal N, Perú21TV y Bethel Radio, junto con su manejo hábil de plataformas como TikTok, le han permitido consolidar una comunidad afín, que encuentra en él un portavoz del “sentido común” conservador.
Pero hace unos días, su nombre volvió al centro del debate luego de que la actriz y activista trans Javiera Arnillas lo acusara de transfobia, y de haber tenido un comportamiento completamente distinto en privado: según Arnillas, compartieron un beso en un bar de Barranco donde él la trató como mujer, a pesar de negarle esa identidad en público. Una fotografía publicada por el documentalista Mario Colán confirmó que efectivamente coincidieron en dicho espacio.
Hasta ahí, la historia parece hecha para alimentar el morbo y el linchamiento mediático. Pero propongo detenernos y mirar con más calma.
En primer lugar, creo que sí es urgente seguir conversando sobre las personas trans. Pero no como lo viene haciendo parte del sector conservador. Porque si el punto de partida del discurso es negar su identidad, invalidar su experiencia o reducir todo a una “ideología”, no hay diálogo posible. No se construye puente alguno. Solo trincheras.
En segundo lugar, me parece peligroso que el centro de la discusión se desvíe a lo privado. Porque sí, lo de Piérola revela una incoherencia evidente —el obrar sigue al ser, como diría la filosofía—, pero eso no debería convertirnos en cazadores de doble vidas. Si descalificamos a alguien solo por lo que hace en su intimidad, terminamos repitiendo los vicios de las generaciones anteriores o actuando igual que ciertos políticos: no refutamos ideas, sino que atacamos personas.
¿Acaso no venimos a cambiar algo de eso? ¿O solo hemos cambiado de bando, pero no de lógica?
Por eso insisto: el debate no puede girar solo en torno al escándalo. Lo importante aquí es la incoherencia del mensaje público cuando se usa como arma de exclusión. Y, aún más, la oportunidad que tenemos de no replicar lo que criticamos. Si queremos construir una sociedad más justa, más libre y más humana, no podemos usar las mismas herramientas de siempre.
No tengo respuestas definitivas, pero sí tengo claro que la coherencia no es perfección, sino humildad para reconocer cuando uno se equivoca. Que los valores no son disfraces para un personaje, sino convicciones que se sostienen también cuando nadie te aplaude. Y que el diálogo, si no parte del respeto mínimo, nunca será verdadero.
Ojalá esta discusión no se quede en el morbo ni en el meme. Ojalá sirva para revisar nuestros propios discursos. Porque el problema no es solo Pancho de Piérola. El problema es cuando nos acostumbramos a gritar desde un personaje… y se nos olvida cómo volver a hablar como personas.








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