La semana pasada, por sugerencia de algunos compañeros de trabajo, me animé a compartir cómo va el proceso de mi proyecto personal: el libro que estoy escribiendo. Sinceramente, no pensé que iba a tener tanta acogida. Mi intención era sencilla: cuando alguien me preguntara cómo iba el proyecto, poder enviarle esa entrada y que tuviera una idea general. Nada más.

Poniéndome mercenario, me alegra la pequeña virilidad que tuvo la publicación. No son grandes números comerciales, pero no voy a negar que ver una notificación de WordPress diciéndome que escriba más contenido similar para “mantener el rendimiento” me sacó una sonrisa.

No sé si a ti también te pasa, pero a veces uno tiene esas cosas que va construyendo en silencio, como quien arma una maqueta en su cuarto sin decirle a nadie, por miedo a que se rían, o peor: a que no les importe.

Creo que por mucho tiempo me pasó eso con el libro. Lo escribía casi en secreto, como si no fuera legítimo mostrarlo hasta que estuviera terminado. Como si compartir un proceso fuera sinónimo de inseguridad o improvisación. Pero resulta que no. Compartir puede ser también una forma de creer. En lo que uno hace. En lo que uno es. Y en que alguien allá afuera, quizás, también lo necesitaba.

Cuando vi que varios comentaban o me escribían en privado diciéndome que les había hecho sentido esa escena que mostré (que ni siquiera era muy larga), sentí que valía la pena haber vencido esa incomodidad de mostrar algo inacabado. Porque si uno espera a que todo esté perfecto, probablemente nunca comparta nada.

También me hizo pensar en cómo funcionan hoy las plataformas: te recomiendan que repitas lo que funciona, que capitalices el algoritmo, que dupliques el contenido viral. Y, aunque eso tiene algo de cierto, creo que uno también tiene que cuidar el alma de lo que hace. Porque si bien escribir puede ser una estrategia, en mi caso sigue siendo, sobre todo, una necesidad. Una forma de organizar el caos, de no olvidarme de quién soy, de no resignarme a vivir con el piloto automático.

Antes de terminar esta publicación, confieso que estuve tentado de titularla “Los fantasmas de la Milicia”. Porque sí, también recibí algunos comentarios negativos tras compartir mi proyecto. Pero déjenme decirles algo: está bien. Lo acepto.

A quienes dicen que lo hago por llamar la atención, lo entiendo. A quienes afirman que lo hago porque estoy dolido, también lo acepto. Incluso a aquellos que ahora dicen que me convertí en lo que juré destruir —en un “progre”— les digo: los escucho.

Entiendo que cada uno tiene sus razones, sus heridas, sus motivaciones. Y sé que lo hacen convencidos de tener la verdad. Porque yo también pensé así alguna vez. Yo también fui de los que, desde la vereda de lo correcto, miraba con desconfianza y juicio a quienes se alejaban, a quienes criticaban desde fuera, a quienes cuestionaban la estructura.

Hoy, con un poco más de distancia —y quizás también con algo de madurez— no quiero caer en el mismo error. No quiero vivir atrapado en un pensamiento binario, sobre todo porque conozco bien cómo se forma ese tipo de mentalidad. Fui educado así. Y si hay algo que he aprendido en este proceso, es que también necesitamos escuchar incluso aquello que nos incomoda.

Para cerrar, quiero compartir dos ideas que me han interpelado profundamente en este camino, y que de alguna forma me animan a seguir. No digo que esté en lo correcto, pero estas frases me han ayudado a no rendirme.

La primera es del Papa Francisco:
“Prefiero una Iglesia accidentada por salir a las calles, que enferma por encerrarse.”
Me recuerda que es mejor equivocarse por moverse, por hablar, por intentar, que quedarse cómodo en el silencio. Que hay belleza en la vulnerabilidad cuando nace del deseo sincero de llegar al otro.

La segunda es de Giovanni Papini, en su libro El Diablo, donde lamenta que, en vez de buscar comprender la naturaleza de la caída de Satanás —es decir, su raíz, su misterio, su drama— muchos religiosos hayan preferido ocuparse de enumerar los hechizos de los magos, los crímenes de las brujas y las costumbres de los encantadores.
Y cuando leí eso, me golpeó. Porque eso hacíamos también nosotros. Nos preocupábamos más en señalar los pecados, la tibieza o la deslealtad de quienes se iban de la institución, que en detenernos a pensar qué estábamos haciendo mal para que se fueran.

Me gustaría cerrar esta publicación con un “a tus órdenes”, como en los viejos tiempos. Pero sé que ahora sí —como diría aquella fórmula que repetíamos casi sin pensar— “no soy digno”.

Así que simplemente:
Gracias por leer.
Yo sigo acá, escribiendo y webiando.

Una respuesta a «Marcha conmigo, vayamos a crecer»

  1. Avatar de cristina villalobos

    Excelente, me encantó.
    Mientras leía el texto sentí tu esencia, sinceridad y sentir.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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