La puerta de la vivencia

Cuando comencé esta serie, lo hice a partir de una historia que Martín Scheuch había contado tiempo atrás en X.

En 1992, la Conferencia Episcopal Peruana publicó ¿Por qué se van los católicos?, de José Luis Pérez Guadalupe. El libro buscaba comprender aquello que entonces comenzaba a preocupar seriamente a la Iglesia: la migración de católicos hacia otros grupos religiosos.

Pero había algo más.

Como conté en el primer episodio, el texto no se limitaba a estudiar aquello que ocurría fuera del catolicismo. También señalaba determinadas prácticas sectarias que podían aparecer dentro de movimientos católicos, entre ellos la Renovación Carismática, el Camino Neocatecumenal y el Sodalicio. Según lo relatado por Scheuch, aquello produjo una fuerte reacción del Sodalicio y el libro terminó siendo retirado de circulación.

Dos capítulos después, empezamos a comprender por qué esta parte del libro podía resultar particularmente incómoda.

Porque Pérez Guadalupe ya no está preguntándose solamente por qué se van los católicos.

Está intentando comprender qué ocurre con una persona para que quiera irse.

Y eso lo cambia casi todo.

No existe una sola causa

En el capítulo anterior vimos cómo Pérez Guadalupe recogía las opiniones de laicos y sacerdotes acerca de las razones que podían explicar el abandono de la Iglesia.

Falta de formación. Escaso compromiso. Una Iglesia percibida como lejana. Sacerdotes distantes del pueblo. Falta de acogida. Una pastoral que espera que las personas lleguen en lugar de salir a buscarlas.

Pero el autor introduce ahora una precisión importante.

Estar descontento con la Iglesia no significa necesariamente abandonarla.

Uno puede sentirse poco acompañado y quedarse.

Puede cuestionar a sus pastores y quedarse.

Puede aburrirse en misa y quedarse.

Puede sentirse decepcionado y, aun así, continuar considerándose católico.

Por eso Pérez Guadalupe intenta ir más allá de las causas sociales, pastorales o institucionales.

Y propone comprender la salida como un proceso de migración religiosa.

Encontrar aquello que no se había encontrado

Aquí aparece una de las afirmaciones más fuertes del capítulo.

Según Pérez Guadalupe, muchos católicos encuentran en otros grupos una experiencia religiosa profunda que sienten que nunca habían experimentado dentro de «su» Iglesia católica.

La afirmación requiere una precisión.

El autor no sostiene que toda persona que abandona el catolicismo haya vivido necesariamente una experiencia religiosa auténtica. Tampoco niega la existencia de manipulación, fanatismo o mecanismos problemáticos dentro de determinados grupos.

Su argumento es otro.

Para comprender el fenómeno hay que tomar en serio que, para quien vive la conversión, aquello que experimenta puede ser interpretado como un verdadero encuentro con Jesucristo.

Y eso significa que quizá llevamos mucho tiempo haciendo la pregunta equivocada.

No basta con preguntarnos qué doctrina le enseñaron.

Primero habría que preguntarnos qué experimentó.

La puerta de la vivencia

Pérez Guadalupe utiliza una imagen que, para mí, resume buena parte del capítulo.

Mientras la pastoral católica se preocupa por asegurar «la puerta principal de la doctrina», dice, algunos católicos terminan marchándose por «la otra puerta de la vivencia».

La provocación es evidente.

Durante mucho tiempo, una de las respuestas católicas frente al crecimiento de otros grupos religiosos fue reforzar la formación.

Más catequesis.

Más apologética.

Más conocimiento doctrinal.

Enseñar al católico qué cree y por qué debería creerlo.

Nada de eso es necesariamente malo. Pérez Guadalupe tampoco propone abandonar la doctrina. El problema aparece cuando creemos que una persona permanece en una comunidad religiosa simplemente porque posee mejores argumentos para defenderla.

Según el modelo que desarrolla en este capítulo, el recorrido suele producirse en otro orden.

Primero aparece la experiencia personal.

Después, la comunidad.

Finalmente, el convencimiento doctrinal.

«Yo he encontrado a Dios»

La primera dimensión es personal.

La persona participa de una prédica, escucha un testimonio, acepta una invitación o entra en contacto con determinada comunidad y allí ocurre algo que interpreta como un encuentro con Dios.

Pérez Guadalupe insiste en que, normalmente, nadie se incorpora inicialmente a otro grupo porque haya comparado cuidadosamente dos sistemas doctrinales y concluido que uno resulta intelectualmente superior.

Al comienzo, probablemente ni siquiera conoce suficientemente la nueva doctrina.

Primero ocurre algo mucho más elemental:

la persona siente que encontró a Dios.

Después vendrán las explicaciones.

Esta distinción resulta especialmente importante porque permite separar dos fenómenos que solemos confundir: conversión religiosa y conversión institucional.

Cambiar de Iglesia no significa necesariamente haberse convertido.

Y permanecer dentro de una tampoco significa necesariamente haber vivido una conversión.

Puede haber personas institucionalmente católicas que nunca hayan experimentado aquello que Pérez Guadalupe entiende como un encuentro religioso profundo.

«Dios está en este grupo»

Después aparece la dimensión comunitaria.

Si alguien considera que encontró a Dios dentro de una comunidad determinada, resulta comprensible que quiera regresar.

Y entonces comienza a ocurrir algo más.

Aprenden su nombre.

Lo llaman.

Lo buscan.

Encuentra personas que rezan con él, leen la Biblia con él, escuchan sus problemas y comparten determinadas inquietudes.

Ya no encontró solamente una experiencia.

Encontró un lugar.

Pérez Guadalupe destaca además una característica de muchas de estas comunidades: rápidamente entregan responsabilidades a sus nuevos miembros.

La persona deja de ser únicamente alguien que asiste.

Tiene una tarea.

Su presencia importa.

Empieza a sentir que también es responsable de aquello que ocurre allí.

La pertenencia se vuelve entonces más profunda.

Y esto permite comprender algo que quizá desde fuera resulta difícil de ver: cambiar de comunidad religiosa no significa solamente modificar determinadas creencias.

Puede significar cambiar amistades, rutinas, responsabilidades y espacios de pertenencia.

«Este grupo tiene la verdad»

Recién entonces aparece con mayor fuerza la tercera dimensión: la doctrina.

La persona comienza a estudiar aquello que su nueva comunidad cree. Conoce sus interpretaciones bíblicas, sus diferencias con el catolicismo y sus convicciones particulares.

Pero ahora la doctrina ya no llega sola.

Está sostenida por una experiencia personal y por una comunidad.

El razonamiento que reconstruye Pérez Guadalupe puede entenderse así:

he encontrado a Dios → Dios está presente en este grupo → aquello que este grupo me enseña debe ser verdadero.

Por eso discutir únicamente la doctrina con alguien que ya ha recorrido este camino puede resultar insuficiente.

Para esa persona, cuestionar determinadas creencias puede sentirse también como cuestionar la experiencia religiosa que vivió y la comunidad donde encontró pertenencia.

Pérez Guadalupe no presenta estas tres dimensiones como una fórmula matemática. Reconoce que pueden mezclarse, aparecer simultáneamente o adquirir diferente importancia dependiendo de la persona y del grupo.

Pero el esquema le permite formular algo importante:

irse de una Iglesia no es necesariamente un momento. Puede ser un proceso.

¿Y si ocurre dentro de la Iglesia?

Y aquí el capítulo adquiere para mí un interés especial.

Porque Pérez Guadalupe no limita este proceso a las llamadas «sectas» o a los grupos no católicos.

Mira hacia dentro.

El encuentro personal con Dios, la construcción de una comunidad fuerte y la formación doctrinal también pueden producirse dentro de movimientos católicos.

El autor menciona, entre otros, a la Renovación Carismática Católica, las comunidades neocatecumenales y el Sodalitium Christianae Vitae.

Y les reconoce algo importante.

Estos movimientos pueden conseguir aquello que muchas veces la estructura parroquial no consigue: generar una experiencia religiosa intensa, construir comunidad, ofrecer responsabilidades y formar doctrinalmente a sus miembros.

El problema aparece después.

Porque una pertenencia fuerte también puede encerrarse sobre sí misma.

Pérez Guadalupe habla entonces de «espíritu exclusivista», elitismo y pérdida del «sentimiento de eclesialidad».

Una persona puede sentirse profundamente parte de su movimiento y, paradójicamente, comenzar a perder la conciencia de pertenecer a algo más amplio que él.

Y en este punto tuve que dejar por un momento de leer a Pérez Guadalupe para recordar mi propia historia.

Una reflexión que también es personal

Quienes leen habitualmente este blog saben que durante muchos años pertenecí —milité, incluso— en un movimiento católico que, con el tiempo, también fue cuestionado por casos de abuso.

Recuerdo una discusión que tuvimos cuando yo lideraba un grupo juvenil.

Eran los primeros años del pontificado de Francisco y comenzaban a llegar con fuerza aquellos llamados a volver a lo esencial: más servicio, menos preocupación por las jerarquías y las estructuras.

En ese contexto surgió una discusión aparentemente pequeña.

Algunos pensábamos que debíamos preocuparnos menos por formar «milicianos» y más por formar cristianos.

Otros sostenían prácticamente lo contrario: mientras más milicianos fuéramos, mejores cristianos seríamos, porque aquel era nuestro carisma y nuestra manera particular de vivir la fe.

En septiembre de 2025 conté parte de aquella experiencia en El bien común eclipsado: del caso Sodalicio a los desafíos de los movimientos eclesiásticos.

Casi un año después, Pérez Guadalupe me ofrece una categoría desde la cual volver a pensar aquella discusión:

eclesialidad.

El problema no era tener una identidad.

Tampoco poseer un carisma particular.

Pérez Guadalupe reconoce precisamente el valor que pueden tener los movimientos para generar comunidad, sostener una experiencia religiosa y formar a sus miembros.

El problema aparece cuando la pertenencia al movimiento comienza a ocupar tanto espacio que termina confundiéndose con la pertenencia a la Iglesia.

Cuando ser un buen cristiano empieza a significar, en la práctica, ser cada vez mejor miembro de mi movimiento.

Cuando la fidelidad al Evangelio comienza a medirse mediante la fidelidad a una identidad particular.

Y cuando cuestionar determinadas prácticas, autoridades o tradiciones internas empieza a sentirse como cuestionar la propia fe.

Vista desde hoy, aquella discusión entre ser «más milicianos» o «más cristianos» ya no me parece solamente una anécdota de juventud.

Me parece una pregunta sobre los límites de toda pertenencia religiosa.

Porque una comunidad puede ayudarnos a encontrar a Dios, ofrecernos vínculos, formación y una identidad desde la cual vivir nuestra fe. Pero precisamente por eso conviene preguntarnos qué ocurre cuando esa identidad deja de conducirnos hacia algo más grande que ella misma.

Quizá el problema comienza cuando el movimiento deja de ser una manera de vivir dentro de la Iglesia y comienza, silenciosamente, a convertirse en nuestra manera de decidir qué es la Iglesia.

Ni experiencia sin comunidad, ni doctrina sin experiencia

Pérez Guadalupe tampoco presenta los movimientos católicos como la solución automática al problema.

Una experiencia religiosa intensa puede desaparecer si después no existe una comunidad capaz de sostenerla.

Una comunidad fuerte puede convertirse en exclusivista si termina encerrándose sobre sí misma.

Y una formación doctrinal puede resultar fría y distante cuando queda desconectada de la experiencia concreta del creyente.

Por eso las tres dimensiones necesitan permanecer relacionadas:

experiencia personal, comunidad y doctrina.

Incluso cuando compara posteriormente a evangélicos, adventistas, israelitas, Testigos de Jehová y mormones, Pérez Guadalupe encuentra variaciones importantes. No todos privilegian lo mismo ni recorren exactamente el mismo camino.

Algunos ponen mayor énfasis en la conversión personal.

Otros, en la comunidad.

Otros, en la doctrina o en la pertenencia institucional.

También compara sus formas de evangelización y sus liturgias. Algunas son más testimoniales y participativas; otras, más doctrinales, ritualizadas o formales.

El detalle cambia.

La pregunta de fondo permanece.

Volver al principio

Y entonces vuelvo al tuit de Martín Scheuch con el que comenzó esta serie.

Ahora entiendo mejor por qué resultaba importante que un libro publicado en 1992 no se limitara a preguntarse qué estaban haciendo los grupos que recibían a los católicos.

Pérez Guadalupe también estaba mirando qué ocurría dentro de la Iglesia que los estaba perdiendo.

Y, todavía más incómodo, estaba observando que algunas dinámicas que el catolicismo señalaba rápidamente como «sectarias» cuando aparecían fuera podían reproducirse también dentro de sus propios movimientos.

Ese giro atraviesa los tres capítulos.

Primero desmontó las explicaciones fáciles.

Después preguntó a los propios católicos qué estaba fallando.

Finalmente intentó comprender la migración como un proceso en el que experiencia, comunidad y doctrina se entrelazan.

Quizá por eso, después de tres episodios, la pregunta inicial necesita reformularse.

Ya no basta con preguntar:

¿Por qué se van los católicos?

Tal vez haya que preguntar también:

¿qué encontraron cuando se fueron que no habían encontrado mientras estaban con nosotros?

Y, si realmente queremos que la pregunta incomode:

¿qué clase de Iglesia estamos construyendo para quienes todavía están?

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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