La herencia que no fue

Después de publicar un artículo sobre FASTA recibí un correo cuyo asunto decía simplemente: «Gracias». Quien me escribía no quería discutir mis recuerdos ni cuestionar mis conclusiones. Solo quería agradecer que alguien hubiera puesto en palabras una historia que ella todavía no podía contar.

Cinco meses después, aquella promesa silenciosa terminó convirtiéndose en una videollamada.

Durante esa conversación reconstruimos la llegada del padre Guillermo Rosado a FASTA Rosario. Lo que durante años muchos interpretaron como una simple decisión pastoral —enviar a un sacerdote a acompañar una jurisdicción en crecimiento— adquiría otro significado cuando se lo miraba a la luz de las denuncias por presuntos abusos que, según el testimonio recibido, ya existían antes de su ordenación. También aparecieron recuerdos, preguntas y silencios que solo cobraron sentido muchos años después.

Pero, a medida que avanzaba el relato, comprendí que la historia nunca había tratado únicamente de Guillermo Rosado. Su nombre funcionaba como una puerta de entrada hacia una pregunta mucho más incómoda: ¿qué ocurre cuando una institución pierde la capacidad de cuestionarse a sí misma?

Fue entonces cuando apareció otra figura imposible de ignorar: Aníbal Fosbery, fundador de FASTA y máxima autoridad del movimiento durante décadas.

La conversación terminó con una escena ocurrida durante un Consejo Plenario. Nadie discutió un documento porque había sido escrito por el fundador. Bastó una frase para resumir toda una forma de ejercer la autoridad.

—¿Y qué vamos a hacer? Es el Cura.

Cuando cerré aquel artículo comprendí que todavía faltaba una pieza importante.

Y es justamente allí donde comienza esta historia.

La conversación volvió, casi sin quererlo, a los últimos días de Guillermo Rosado en FASTA Rosario.

Según me contó, antes de marcharse pronunció un discurso que muchos todavía recuerdan. Lo que más le incomodó no fue lo que dijo, sino el lugar desde donde parecía decirlo. Guillermo se había colocado en el centro de la historia de la jurisdicción, como si todo hubiera comenzado con él.

Mientras la escuchaba comprendí que el problema no era el discurso.

Era la memoria.

—Muchos trabajamos para que Rosario creciera —me dijo—. Yo misma, junto con otros chicos, recogía ladrillos que encontrábamos por la calle para construir la infraestructura de Ruca Hueney. Esa historia también nos pertenecía.

Nunca integró el círculo más cercano de Rosado.

De hecho, cuando Matías Bao llegó a Rosario intentó advertirle sobre algunas actitudes que le preocupaban. Recuerda que Matías la escuchó mientras fumaba un cigarro. Le costaba creerle. Lo que ella describía no coincidía con la imagen que él tenía de Guillermo.

No sabe si pasaron unas horas o algunos días.

Lo que sí recuerda con absoluta claridad es la siguiente escena.

Matías volvió a buscarla.

Llevaba puestos unos lentes de sol.

Cuando se los quitó tenía los ojos enrojecidos de llorar.

Guillermo acababa de darle una de las peores reprimendas desde que había llegado a Rosario.

—Ese día entendió que no estaba exagerando.

Guardó silencio unos segundos.

—Cuando lo de Guillermo Rosado finalmente se hizo público a través de las denuncias en Buenos Aires, en Rosario nadie nos explicó nada. Cada uno se fue enterando como pudo.

Al principio creo que el Padre César pecó de ingenuo; después, ya no sé. Nos pedía respetar los canales oficiales y esperar la información institucional, pero esta llegó demasiado tarde. Al final, tuvieron que ser los propios miembros locales quienes acudieran a él para que, por su intermediación, los milicianos de la jurisdicción finalmente se enteraran. 

Mientras la escuchaba pensé que el silencio también gobierna.

No siempre hace falta mentir.

A veces basta con no decir nada.

La conversación dejó entonces de girar alrededor de Guillermo Rosado para detenerse en algo que, según ella, resultaba todavía más profundo.

Bajó la mirada antes de continuar.

—Llevo años escuchando que FASTA forma «formadores», «testigos» y «maestros». Pero las personas que toman las decisiones siguen siendo las mismas. Las generaciones pasan, los jóvenes crecen, algunos se van, otros llegan… pero las cabezas nunca cambian. Entonces no es tan cierto eso de ser formador de formadores. 

No había rabia en su voz.

Había cansancio.

El cansancio de quien lleva demasiado tiempo haciéndose la misma pregunta.

Mencionó varios nombres de personas que, según ella, llevaban décadas ocupando espacios de conducción dentro del movimiento. La idea era clara: hay quienes simplemente nunca se van. Uno de esos nombres era el de Angela Varela. 

Después pronunció una frase que siguió acompañándome durante el resto de la entrevista.

La mentira necesita de más mentiras para seguir sosteniéndose.

La dejó suspendida entre los dos.

Que en aquella conversación apareciera el nombre de Ángela Varela no era un detalle menor.

Durante los últimos meses, mientras investigaba distintas historias relacionadas con Guillermo Rosado, varias personas me habían repetido una misma escena.

Según esos testimonios, Ángela Varela solía advertir a algunos milicianos con una frase breve.

—Cuidado con Guillermo Rosado.

Nunca explicaba por qué.

Simplemente lo decía.

Quienes años después le preguntaron el motivo cuentan que su respuesta era siempre parecida.

—No sé. Era una intuición.

Mientras la escuchaba comprendí que aquella frase llevaba meses acompañándome sin que terminara de entenderla.

No sé qué sabía Ángela Varela.

Tampoco tengo elementos para afirmar que conociera las denuncias que, años después, saldrían a la luz contra Guillermo Rosado.

Sería irresponsable afirmarlo.

Lo único que puedo decir es que esa coincidencia dejó instalada una pregunta que todavía hoy no consigo responder.

Esa pregunta adquiría un peso todavía mayor cuando la conversación se desplazaba hacia el presente.

Durante los últimos meses también había conversado con personas que cuestionaban la permanencia de Ángela Varela en la actual Comunidad de Escucha de FASTA.

No se trataba de una objeción aislada.

Algunas de ellas sostenían haber vivido experiencias de abuso de poder o de conciencia en procesos donde ella había tenido un rol de conducción. Según sus propios testimonios, más de una persona le pidió directamente que se apartara de ese espacio como un gesto de reparación.

Hasta donde he podido reconstruir, eso no ha ocurrido.

Mientras tomaba apuntes me pregunté qué significa realmente escuchar.

La respuesta parece obvia.

Escuchar consiste en prestar atención al otro.

Pero, cuando una institución decide crear un espacio para recibir el dolor de quienes se sienten heridos por ella misma, la exigencia cambia por completo.

Ya no basta con escuchar.

También debe estar dispuesta a escuchar aquello que se dice de quienes escuchan.

De lo contrario, el riesgo es evidente.

La confianza deja de descansar en la transparencia del proceso y comienza a depender de las personas que lo integran.

Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser individual.

Pasa a ser institucional.

Apagué la computadora y salí al parque con Cristina y los chicos.

Mientras los veía jugar, ella me miró varias veces.

—¿Qué te pasa? Estás raro.

Negué con la cabeza.

—Nada.

Y, en ese momento, yo también creía que era nada.

Al día siguiente, cuando regresábamos del trabajo en un taxi, la conversación volvió a esa videollamada casi sin que me diera cuenta.

Empecé a contarle algunas de las historias que había escuchado.

No llegué muy lejos.

En algún momento la voz se me quebró.

Terminé llorando.

Entre lágrimas le conté todo lo que había sido incapaz de decir la noche anterior.

Entonces apareció una pregunta que llevaba años escondida y que, hasta ese momento, nunca me había animado a formular.

¿Dónde he estado todo este tiempo?

Miré por la ventana del taxi.

Pensé en los años que dediqué a FASTA.

En las amistades que construí.

En los campamentos.

En las promesas.

En las renuncias.

En las veces que imaginé que ese lugar sería el hogar donde crecerían mis hijos.

Durante años pensé que FASTA era la herencia más hermosa que podía dejarles a mis hijos.

Mientras lloraba dentro de aquel taxi entendí, por primera vez, por qué todo aquello me dolía tanto.

No estaba despidiéndome solamente de una institución.

Me estaba despidiendo de algo a lo que, durante muchos años, le había jurado amor eterno.

Nota de archivo: Si te interesa explorar otros enfoques sobre el caso de Guillermo Rosado, el canal de YouTube Miliciano Raso publicó un video independiente inspirado en nuestras investigaciones

Es una buena opción si prefieres el formato audiovisual o deseas escuchar un análisis complementario mientras realizas otras actividades.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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