Sostener un proyecto independiente como Solo por Webeo obliga a preguntarse, cada cierto tiempo, para qué seguir escribiendo. La pregunta aparece entre el trabajo, las obligaciones y las horas que uno le roba al descanso para terminar un artículo. ¿Qué puede aportar una página pequeña a una conversación en la que tantos hablan? Quizá parte de la respuesta esté en las historias que todavía encuentran pocas oportunidades de ser escuchadas.

Hay algo de lo que me río mucho: esos abanderados de una derecha que pretende medir el valor de una persona por lo que produce. «Tu trabajo hablará por ti», repiten, como si vivir consistiera en acumular méritos hasta merecer que alguien nos escuche. ¿Y qué ocurre con lo que hacemos por curiosidad, por cariño o por el simple placer de pensar con otros? ¿Cuánto tiene que rendir una conversación para que valga la pena tenerla?

Lo más bello de este proyecto es que nació solo por webeo.

De las ganas de escribir, hacer preguntas y compartir algo sin tener que justificar primero su rentabilidad. Me gusta que el nombre conserve esa libertad, incluso cuando aquí hablamos de asuntos dolorosos.

Pero con el tiempo ocurrió algo que no había previsto.

Algunas personas comenzaron a escribirme. Otras se animaron a compartir experiencias que durante años habían preferido guardar. Y lo que había empezado como una actividad personal comenzó a exigir algo más que encontrar las palabras adecuadas para publicar un artículo.

Porque detrás de cada testimonio hay una persona que tendrá que seguir viviendo con lo ocurrido después de que los demás terminemos de leer.

El periodista y gestor cultural Rodrigo Manuel Ahumada, director de EnLima Agenda Cultural, plantea en su artículo «Las máscaras están a punto de caer», publicado en Jugo, una exigencia que me parece necesaria: las plataformas independientes deben sostener su trabajo con constancia, recursos y una relación continua con sus públicos. También les reconoce una responsabilidad frente a la memoria, especialmente cuando existen historias que los discursos dominantes empujan hacia los márgenes.

Esa reflexión me interpela desde este pequeño espacio. Empezar solo por webeo tiene algo maravilloso. Seguir escribiendo cuando alguien te confía una historia dolorosa exige, además, cuidado y responsabilidad.

Y, en mi caso, muchas de esas historias me han llevado a mirar hacia un lugar que durante años consideré mi casa.

La Iglesia católica.

Pienso en una reflexión de Martín Scheuch, escritor peruano, licenciado en Teología y sobreviviente de abusos en el Sodalicio de Vida Cristiana, institución a la que perteneció durante treinta años. Desde su blog Las líneas torcidas y sus colaboraciones periodísticas, ha contribuido a documentar y denunciar los abusos dentro de esa organización.

Recuerdo haber leído una pregunta suya que me resultó especialmente incómoda: ¿con qué frecuencia escuchamos, durante las peticiones de la misa, una oración por las víctimas de abusos cometidos dentro de la propia Iglesia?

No recuerdo sus palabras exactas, pero sí lo que me dejaron pensando.

¿Qué lugar tienen esas personas en la oración de la comunidad? ¿Cuánto de su sufrimiento estamos dispuestos a reconocer cuando hacerlo exige mirar hacia dentro?

Una comunidad también revela sus prioridades en aquello que es capaz de nombrar.

Resulta cómodo denunciar el mal cuando siempre tiene el rostro de otro. La dificultad comienza cuando una denuncia toca el nombre de un sacerdote querido, de un fundador admirado o de una institución a la que entregamos años de nuestra vida.

¿Podemos admitir que un lugar al que debemos recuerdos felices también pudo ser un espacio de sufrimiento para alguien más?

¿Podemos recibir ese testimonio sin apresurarnos a defender nuestra propia biografía?

Para quienes hemos formado parte de esos espacios, la pregunta también es personal. Nos obliga a revisar lo que vimos, lo que aceptamos y aquello por lo que quizá nunca preguntamos.

Entiendo que eso duela.

Pero ese dolor no nos concede el derecho de exigirle silencio a nadie.

Y aquí aparece una paradoja que me acompaña desde hace algún tiempo.

Este espacio también es fruto de la ciudad miliciana.

Sé que a muchos les jode leerlo. Pero es una afirmación que sostengo y que, además, tiene una historia.

En 2014 participé en el Campamento Ciudadanos de FASTA. Durante aquellos días trabajamos una máxima que me impresionó profundamente: «En tu misericordia me llamaste para ser cooperador de la verdad».

La entendíamos como una expresión del amor infinito de Dios, que nos llamaba a ser testigos de ese amor y protagonistas de la nueva evangelización.

La frase me impactó tanto que al año siguiente, cuando fui jefe de la Casa Santa Rosa de Lima, decidí recuperarla durante una jornada de mandos.

En aquel momento, ser cooperador de la verdad tenía para mí un sentido estrechamente vinculado con la misión que compartíamos dentro de FASTA. Formábamos parte de una comunidad que aspiraba a llevar su fe a la cultura y a comprometer con ella nuestra manera de vivir.

No imaginaba entonces que, años después, aquella misma expresión me serviría para hacerme preguntas sobre la institución que me la había enseñado.

Porque recibir una formación no significa que todas sus consecuencias deban coincidir con las expectativas de quienes la transmitieron.

En FASTA aprendí que nuestras convicciones debían comprometer la vida. Que la fe no podía quedar reducida a una práctica privada ni limitarse a repetir determinadas fórmulas.

Y si aquello era cierto, también debía alcanzar nuestra manera de ejercer la autoridad, de tratar a quienes piensan distinto y de responder ante quienes denuncian haber sufrido daños dentro de nuestras comunidades.

La verdad no deja de ser verdad cuando incomoda a quienes nos enseñaron a buscarla.

Por eso me resisto a aceptar que cuestionar determinadas actuaciones de FASTA implique necesariamente renegar de todo lo aprendido allí.

La gratitud por lo vivido puede convivir con la necesidad de señalar lo que estuvo mal.

Pero las preguntas tampoco terminan en FASTA.

Durante los últimos años he comprendido que algunas de las tensiones que conocí dentro del movimiento forman parte de una discusión mucho más amplia sobre la Iglesia católica: sus estructuras de autoridad, sus mecanismos de respuesta ante las denuncias y la dificultad de reconocer responsabilidades cuando hacerlo compromete a personas o instituciones prestigiosas.

En una entrevista sobre el caso del Instituto Próvolo en Argentina, el abogado Sergio Salinas cuestionaba la manera en que, según las circunstancias, podían aparecer distintas identidades institucionales: la Santa Sede, el Estado de la Ciudad del Vaticano, una obra civil, un arzobispado o, finalmente, el sacerdote presentado como único responsable de sus delitos.

Su observación me hizo pensar en una pregunta que excede cualquier caso particular.

¿Quién responde cuando una persona denuncia haber sufrido abusos dentro de una institución?

Es cierto que existen diferencias jurídicas entre esas entidades y que la responsabilidad de un individuo no se traslada automáticamente a todas ellas. Pero reconocer esas diferencias no debería impedir que nos preguntemos qué sabía cada autoridad, qué capacidad tenía para intervenir y qué hizo con la información que recibió.

La discusión sobre las responsabilidades jurídicas de las instituciones religiosas es una cuestión. Otra, distinta, es qué ocurre cuando la preocupación por proteger a la propia institución entra en tensión con el bienestar de las personas.

Esta segunda pregunta aparece en una controversia diferente.

El 1 de octubre de 2026, El Español publicó un artículo sobre Jordi Bertomeu, funcionario del Vaticano vinculado a las investigaciones sobre abusos y a la intervención del Sodalicio de Vida Cristiana. El periódico le atribuyó una afirmación que merece ser examinada: «Por encima de la persona está el bien de la Iglesia».

No conozco el contexto íntegro de aquella grabación y sería irresponsable convertir una frase aislada en explicación de toda una trayectoria. Pero la tensión que plantea resulta difícil de ignorar.

¿Qué entendemos por el bien de la Iglesia cuando ese bien parece entrar en conflicto con el de las personas que la integran?

Una institución religiosa puede tener estructuras jurídicas, autoridades y procedimientos necesarios para cumplir su misión. Pero también debería poder examinar si, en determinadas circunstancias, la preocupación por conservar su prestigio termina desplazando la obligación de investigar, reconocer responsabilidades y reparar los daños.

Porque proteger a la Iglesia no debería significar protegerla de la verdad.

Y mucho menos de las personas que buscan justicia dentro de ella.

Quizá por eso he empezado a comprender de otra manera aquella máxima que escuché en 2014.

Cooperar con la verdad no consiste en tener siempre la razón. Tampoco en asumir que toda denuncia es verdadera por el solo hecho de haber sido formulada. Exige escuchar, contrastar, distinguir lo que sabemos de lo que todavía debemos esclarecer y corregir cuando corresponde.

Es una obligación que también alcanza a quien escribe estas páginas.

Tener un espacio independiente no me vuelve inmune al error ni me concede superioridad moral. Puedo equivocarme al interpretar un testimonio, al reconstruir un episodio o al formular una conclusión. Y si ocurre, debo estar dispuesto a reconocerlo.

La independencia no es una garantía de verdad.

Es la posibilidad de buscarla sin que una lealtad institucional decida de antemano hasta dónde podemos preguntar.

Desde esa convicción, hay otra expresión de mi formación en FASTA que hoy me interesa recuperar: la de comunidad apostólica.

Dentro del movimiento, las comunidades apostólicas eran iniciativas impulsadas por milicianos que podían reunir también a personas ajenas a FASTA alrededor de una actividad compartida. Una comunidad podía, por ejemplo, dedicarse al estudio del pensamiento de Tomás de Aquino y abrir sus encuentros a quienes quisieran participar, pertenecieran o no al movimiento.

Solo por Webeo no forma parte de FASTA ni depende de su estructura. Tampoco quienes colaboran con este proyecto se consideran parte de la Iglesia católica.

Pero reconozco en aquella experiencia una forma de entender la comunidad que todavía me resulta valiosa: personas que se encuentran alrededor de una inquietud común y deciden hacer algo juntas.

En nuestro caso, esa inquietud consiste en hacer preguntas, investigar, recuperar historias y contribuir a que otras personas puedan revisar aquello que creían saber.

Por eso, cuando pienso en Solo por Webeo como una comunidad apostólica, no estoy hablando de fundar una nueva organización religiosa ni de exigir a nuestros lectores una identidad compartida.

Estoy recuperando una palabra de mi propia historia para pensar en algo que hoy intentamos construir de otra manera.

Una comunidad en la que nadie tenga que estar de acuerdo conmigo para participar de una conversación. Donde un testimonio pueda cuestionar nuestras certezas y donde la memoria de quienes sufrieron no quede subordinada a la necesidad de preservar una versión cómoda del pasado.

Porque las historias contadas únicamente por quienes conservaron el poder siempre dejan algo pendiente.

En las instituciones también vence quien administra los archivos, conserva el prestigio y dispone de los medios para hacer circular su versión.

Quedan entonces las voces de quienes se fueron, de quienes fueron apartados y de quienes todavía buscan palabras para contar lo vivido.

Escucharlas puede cambiar lo que creíamos saber.

Y, a veces, puede darle a alguien el valor necesario para contar su propia historia.

No sé si cuando participé en aquel campamento de 2014 habría imaginado que terminaría escribiendo este tipo de artículos. Mucho menos que encontraría en una enseñanza de mi propia formación una razón para formular preguntas incómodas sobre FASTA y sobre la Iglesia católica.

Pero tampoco creo que deba renunciar a esa herencia para poder hacerlo.

Hay enseñanzas que seguimos tomando en serio precisamente cuando dejamos de utilizarlas para confirmar lo que ya pensábamos.

Y hay lealtades que necesitan ser examinadas cuando comienzan a exigirnos silencio.

Si alguna vez aprendí que estaba llamado a cooperar con la verdad, no veo por qué debería dejar de hacerlo cuando esa verdad incomoda a quienes me enseñaron a buscarla.

Solo por Webeo nació por el placer de escribir. Con el tiempo, las historias que llegaron a estas páginas le dieron una responsabilidad que no estaba prevista en su origen.

Y quizá esa sea la herencia más importante que todavía intento comprender.

Que una comunidad no debería medirse únicamente por la fidelidad que exige a sus miembros, sino también por la libertad que les permite ejercer cuando necesitan hacer preguntas.

Incluso sobre ella misma.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.