En el artículo anterior conté la historia de La Cúpula, un espacio que nació alrededor de la conducción de la Casa Santa Rosa de Lima y que, con los años, terminó convirtiéndose en algo bastante más difícil de definir.
Había empezado como una mesa donde algunos jóvenes y antiguos jefes discutíamos problemas, proyectos y decisiones de la vida miliciana; pero cuando esas conversaciones regresaron a los espacios formales de conducción, La Cúpula perdió buena parte de su función institucional.
Lo curioso es que nosotros seguimos reuniéndonos.
Para entonces ya no necesitábamos una estructura que justificara algo mucho más sencillo:
nos habíamos hecho amigos.
Hacia 2017, sin embargo, aquellas reuniones eran cada vez más esporádicas. La Casa había cambiado, FASTA había cambiado y nosotros también.
Hasta que un día apareció un mensaje inesperado:
Guillermo Rosado, el nuevo capellán, quería reunirse con La Cúpula.
Guillermo había llegado a Lima a inicios de abril de 2017 y aquella reunión debió ocurrir, si la memoria no me falla, hacia finales de septiembre. Llevaba, por tanto, cerca de seis meses entre nosotros. Esa llegada a Lima y la expectativa que la precedió ya las he reconstruido en entregas anteriores de esta serie.
Quien me convocó fue Jorge, por entonces jefe de la Casa Santa Rosa de Lima.
Recuerdo que me dijo algo que inmediatamente me llamó la atención:
—No sé por qué no quiere juntarse en la casa de FASTA.
Se refería al local jurisdiccional, donde normalmente hacíamos nuestras reuniones.
—¿Qué nos querrá decir? —le pregunté.
—Capaz empezamos a conocer su estilo de trabajo.
Yo incluso estaba dispuesto a ofrecer mi casa para la reunión, pero Jorge, muy elegantemente, ni siquiera me dejó terminar de proponerlo.
La reunión sería en la suya.
No recuerdo por qué escogimos precisamente aquel sábado. Seguramente coincidía con alguna actividad de la agrupación femenina. Lo que sí recuerdo es que, al terminar las actividades, no fuimos a la tradicional charla de la Agrupación Milicianos, el espacio de los universitarios.
Dejamos las cosas de Intendencia en la casa de FASTA y salimos, repartidos en distintos autos, rumbo a la casa de Jorge.
Antes hicimos una parada en una pollería.
No para comer ahí.
Íbamos a comprar la cena para llevarla a la reunión.
Mientras hacíamos el pedido empezamos a insistirle a Guillermo para que probara un Mostrito, esa combinación de pollo a la brasa con arroz chaufa que probablemente necesite menos explicación para un peruano que para un sacerdote argentino.
Lo jodimos bastante con el asunto.
Compramos la comida, volvimos a los autos y seguimos rumbo a la casa de Jorge.
Era un sábado cualquiera de finales de septiembre de 2017. Habíamos terminado las actividades, llevábamos la cena y nos preparábamos para volver a sentarnos alrededor de una mesa que para entonces casi había dejado de existir.
Guillermo Rosado quería reunirse con La Cúpula.
Y todavía ninguno de nosotros sabía exactamente para qué.
Llegamos a la casa de Jorge.
Estábamos Raúl, Alejandro, Diego Mantero, Guillermo Rosado —o Willy, como ya le decíamos—, Jorge y yo.
Nos sentamos alrededor de la mesa, sacamos la comida y, antes de hablar de cualquier cosa medianamente seria, empezamos con las mismas bromas de siempre.
Y cuando digo «las mismas» no estoy exagerando.
Algunas las seguimos repitiendo hasta el día de hoy.
La Cúpula como tal ya no existe y tampoco todos mantenemos el mismo contacto de aquellos años. Pero cuando por alguna razón volvemos a coincidir, basta que alguien empiece a recordar alguna historia de FASTA para que nuestras esposas sepan perfectamente lo que viene.
—Ya van a empezar a contar las mismas historias de siempre.
Y se retiran.
Lo peor es que tienen razón.
Contamos las mismas historias.
Nos reímos de los mismos episodios, repetimos diálogos que probablemente con los años hemos ido deformando y volvemos a recordar situaciones que cualquiera que no hubiera estado ahí encontraría bastante menos graciosas que nosotros.
Aquella noche de 2017 no fue diferente.
Comimos.
Jodimos.
Nos reímos.
Hasta que en algún momento Guillermo empezó a hablar.
Empezó con una breve reflexión.
Dijo que nosotros —o quizá la comunidad de Lima en general— habíamos hecho algo extraño con algunas palabras.
En particular, con una:
miliciano.
Puso como ejemplo a una señora que había colaborado con la compra del local jurisdiccional y a quien, por razones evidentes, llamaré A. M.
—Yo no sé por qué ustedes le dicen «la miliciana A. M.». ¿Qué hizo A. M. para que le digamos miliciana? ¿Hay que poner guita para ser miliciano? ¿Tan fácil es ser miliciano?
Después llevó la pregunta hacia nosotros:
—¿Ustedes saben cuánto me costó llegar a ser miliciano? ¿O acaso ustedes no dejaron de lado proyectos personales para ser milicianos?
Y terminó con una frase bastante menos diplomática:
—Por favor, dejemos de llamar miliciano a cualquier hijo de vecino.
La conversación probablemente habría seguido por ahí si en ese momento no hubiera aparecido el primo de Jorge.
Según la reconstrucción que el propio Jorge hace hasta el día de hoy:
—Ese huevón estaba aburrido en su cuarto y salió porque seguro pensó que estábamos de joda.
Lo entiendo.
A fin de cuentas, no todos los días uno sale de su cuarto y encuentra en la sala de su casa a un grupo de patas alrededor de una mesa, con botellas de cerveza, una botella de pisco y, en medio de todos ellos, un cura.
Después Guillermo nos explicó por qué había querido reunirnos.
—Yo sé que a ustedes les gusta la joda —nos dijo—, pero también sé que ponen el lomo cuando hay que ponerlo.
Nos contó que el padre David, el otro sacerdote que por entonces acompañaba como capellán a FASTA Lima, le había hablado de nosotros y de algunas de las cosas que habíamos conseguido hacer cuando realmente nos lo proponíamos.
Pero agregó que tampoco necesitaba que se lo contaran.
—Yo también me doy cuenta de esas cosas. Uno en FASTA aprende a darse cuenta de quién tiene pasta para ser jefe, quién se la banca y quién no.
Entonces puso un ejemplo que se me quedó grabado.
Dijo que incluso dentro de la propia fraternidad sacerdotal podía reconocer esas diferencias.
—Uno se da cuenta de qué cura fue jefe antes de entrar al seminario y quién fue raso toda su vida. Hay tipos que, si no se hubieran convertido en curas, no los escucharía nadie.
Han pasado casi diez años y no pretendo presentar estas conversaciones como una transcripción literal. No llevaba una grabadora ni estaba tomando apuntes aquella noche. Algunas palabras pueden haberse movido de lugar y algunas frases seguramente no fueron pronunciadas exactamente como hoy las recuerdo.
Pero hay expresiones, ideas y momentos que se me quedaron grabados con una claridad difícil de confundir.
No puedo jurar la literalidad de cada palabra.
Sí puedo hacerme responsable de lo que estoy contando.
Y la idea que Guillermo intentaba transmitirnos aquella noche era bastante clara:
creía saber reconocer quién tenía madera para mandar.
Y nos había reunido porque, de alguna manera, consideraba que nosotros la teníamos.
Después vino su diagnóstico sobre nosotros.
—Ustedes se han aburguesado —nos dijo—. Están contentos con los números que tienen.
Su argumento era que FASTA Perú llevaba más de diez años sin conseguir fundar otro Ruca, como se denomina dentro de FASTA a las casas juveniles.
—Perú tiene más de diez años y no ha podido fundar otro Ruca. Yo quiero ayudarlos, pero ustedes tampoco se dejan ayudar.
Entonces mencionó algo que, aparentemente, venía pensando desde hacía algún tiempo.
—Sinceramente, después de la Marcha del Templario pensé que ustedes iban a dejar que empezara a trabajar con ustedes. Yo no he venido para ser su enemigo. He venido a ayudarlos y a hacer crecer FASTA Perú. ¿O ustedes están contentos con que cada vez los vean como los menos de FASTA?
También habló de nuestra relación con los sacerdotes que lo habían precedido.
—Yo sé que ustedes tienen una amistad muy fuerte con Matías y con David. Pero que ellos sean sus amigos no significa que yo no pueda serlo.
Y fue precisamente en medio de aquella conversación —sobre nuestro supuesto aburguesamiento, la falta de crecimiento de FASTA Perú, nuestras amistades con otros sacerdotes y el lugar que Guillermo quería empezar a ocupar entre nosotros— cuando ocurrió una de las intervenciones más memorables de aquella noche.
El primo de Jorge, que seguía sentado con nosotros y que probablemente no entendía un carajo de lo que estábamos hablando, tomó la palabra.
Nos miró.
Miró a Guillermo.
Y sentenció:
—La verdad que el padrecito tiene razón, muchachos.
Nos cagamos de risa.
Pero la sonrisa se nos borró pocos segundos después.
Guillermo cambió el tono.
Y hay algo de lo que sí estoy seguro al reconstruir aquella noche:
nos dijo que, en sus más de dieciocho años como sacerdote, nunca había conocido una comunidad tan mediocre como la de FASTA Lima.
Puedo equivocarme en el orden de algunas frases. Puedo no recordar exactamente qué palabra vino antes o después.
Pero esa idea la recuerdo.
También recuerdo lo que vino a continuación.
Nos dijo que aquella experiencia había llegado a afectarlo hasta un punto que ninguno de nosotros esperaba escuchar:
FASTA Lima lo estaba llevando a replantearse su propia vocación sacerdotal.
Guillermo era sacerdote de FASTA, pero nos decía que quienes más lo buscaban eran los feligreses de la parroquia, muchas veces por problemas que él consideraba bastante banales.
—Padre, me miró mal.
—Padre, llegué tarde a misa, ¿todavía puedo comulgar?
Ese era el tipo de ejemplos que nos ponía.
Según nos contó aquella noche, había días en los que sencillamente no tenía nada que hacer. Su hermana le había compartido la contraseña de Netflix y él terminaba pasando parte del tiempo viendo películas y series.
Salir de aquella situación tampoco habría sido particularmente difícil.
—A mí no me cuesta nada levantar el teléfono, llamar al padre Fosbery o a César y decirles: «Che, cámbienme de misión».
Pero inmediatamente aclaró que no pensaba hacerlo.
—Yo no soy de esos.
Dijo que a él le habían enseñado otra cosa:
cuando uno llega a una misión, quema las naves.
No había llegado a Lima para descubrir si la misión le gustaba y, si no, pedir otra.
Había llegado para quedarse y hacer que aquello funcionara.
Mientras escribo esto, no puedo evitar acordarme de una escena de Tropa de élite. Una máxima que podría haber encajado perfectamente aquella noche alrededor de la mesa:
una misión dada es una misión cumplida.
No sé si Guillermo habría utilizado esas palabras.
Pero así recuerdo haber entendido lo que nos estaba diciendo.
Guillermo siguió explicándonos por qué aquella situación lo estaba afectando tanto.
En Rosario, nos contó, su vida sacerdotal había sido completamente distinta.
Empezaba el día yendo a los colegios de FASTA a confesar. Después podía reunirse con algún jefe, conversar con algún joven, participar por la tarde de una reunión de comando o simplemente encontrarse con alguien que necesitaba hablar.
Y no todo ocurría porque existiera un problema institucional que resolver.
A veces alguien simplemente quería conversar.
Tenía una duda.
Necesitaba un consejo.
O quería estar con él.
Con los años, decía, había construido una relación muy cercana con muchos de aquellos jóvenes. Una manifestación de esa amistad era que algunos chicos de Rosario seguían acercándose a verlo.
Lima era diferente.
Y entonces Guillermo nos confió algo que difícilmente podía dejarnos indiferentes.
No nos estaba hablando solamente como capellán ni como sacerdote de FASTA.
Nos estaba dejando entrar en una dimensión mucho más íntima:
su propia crisis vocacional.
Nos dijo que se sentía solo. Que aquella falta de actividad, de vínculos y de vida comunitaria estaba empezando a hacerle cuestionar incluso su sacerdocio.
Y quiero detenerme un segundo en esto porque es importante para comprender lo que ocurrió después.
En aquel momento yo no recibí esas palabras como una estrategia.
Las recibí como una confidencia.
Como un gesto de confianza.
Un sacerdote al que admirábamos nos estaba contando que atravesaba una crisis suficientemente profunda como para llegar a cuestionarse su propia vocación.
Y, palabras más, palabras menos, su pedido terminó siendo bastante claro:
que lo ayudáramos.
Que lo buscáramos.
Que conversáramos con él.
Que lo acompañáramos.
Pero su pedido no terminaba ahí.
También quería que volviéramos a trabajar.
Que hiciéramos crecer FASTA Perú.
Que fundáramos dos o tres Rucas más.
Que empezáramos proyectos.
Que dejáramos de conformarnos con lo que teníamos.
Guillermo sabía que, por historia, tamaño y cantidad de años, Perú difícilmente podría igualar los números de FASTA Argentina. Pero quería que empezáramos a dar pasos suficientemente grandes como para que, después de Argentina, miraran hacia nosotros.
No hacia FASTA España.
No hacia FASTA Ecuador, que entonces todavía era una realidad bastante incipiente.
Mucho menos hacia FASTA África.
Hacia Perú.
Recuerdo que Mantero tomó la palabra.
Dijo que coincidía con buena parte de lo que Guillermo acababa de plantear. De alguna manera se comprometió también a estar más presente, a acompañarlo y a asumir en serio aquel desafío de hacer crecer FASTA Perú.
Había una frase que nosotros llevábamos años escuchando:
—Este año vamos a fundar otra Casa.
Pasaba el año.
No se fundaba.
Y al siguiente volvíamos a decir exactamente lo mismo.
Jorge habló después.
No recuerdo que utilizara expresamente el nombre de La Cúpula, pero la idea que transmitió fue bastante clara:
este espacio también era suyo.
Guillermo podía buscarnos.
Nosotros también lo buscaríamos.
Podíamos juntarnos, conversar, pensar cosas juntos.
Al final, dijo Jorge, siempre nos habíamos manejado como un grupo de amigos.
Esta vez no tenía por qué ser diferente.
Entonces Guillermo nos invitó a ponernos de pie.
Pero no para realizar el saludo miliciano.
Quería darnos la bendición.
Nos levantamos alrededor de aquella mesa en la que hacía apenas unos minutos nos había hablado de su soledad, de FASTA Lima, de su crisis vocacional y de todo lo que esperaba que pudiéramos construir juntos.
Guillermo hizo la señal de la cruz.
—El Señor esté con ustedes.
—Y con tu espíritu.
—La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
—Amén.
Y entonces fue Jorge, como jefe de la Casa Santa Rosa de Lima, quien tomó la palabra.
—Milicianos, descanso.
—Milicianos, firmes.
Después hizo el saludo miliciano:
—¡Milicianos de la Casa Santa Rosa de Lima!
—¡Con nosotros el estilo y el honor! —respondimos.
—¡Por la patria!
—¡Hasta Dios!
Jorge mandó descanso.
Y por alguna extraña razón,
todos empezamos a aplaudir.
Después nos fuimos.
Alejandro se ofreció a llevarme.
Durante el camino no podía dejar de pensar en lo que Guillermo acababa de confiarnos.
—Huevón, no puedo creer lo que nos ha dicho —recuerdo haberle comentado—. Me da pena. Está cuestionándose su vocación.
Y había algo que hacía que esa posibilidad me pareciera todavía más grave.
Por aquellos años, Daniel Torres Cox, entonces seminarista de FASTA, se había referido alguna vez a Guillermo utilizando una expresión que yo no olvidé:
era «la ficha reina» del padre fundador.
No era una imagen menor.
Antes incluso de que Guillermo llegara definitivamente a Lima, su nombre venía acompañado entre nosotros de referencias elogiosas, responsabilidades importantes y la expectativa de alguien capaz de hacer grandes cosas. Esa imagen de la «ficha reina» formó parte de la manera en que algunos de nosotros aprendimos a mirarlo.
Así que, en mi cabeza, aquello adquiría una dimensión todavía mayor.
Si no acompañábamos a Guillermo, si seguía sintiéndose solo, si su crisis avanzaba y finalmente abandonaba el sacerdocio, FASTA podía perder a uno de sus sacerdotes más importantes.
Y nosotros habíamos tenido la oportunidad de hacer algo.
Alejandro, fiel a su estilo, tenía una respuesta bastante menos dramática:
—No seas cabro. Hay que salir con él. Hay que buscarlo. Hay que acompañarlo.
Para quien lea estas líneas fuera del Perú quizá convenga hacer una aclaración. En el habla coloquial peruana, «cabro» puede utilizarse despectivamente para referirse a un hombre homosexual, pero en aquel contexto Alejandro lo utilizaba con otro sentido igualmente vulgar:
no seas cobarde, no seas miedoso.
Yo volvía sobre el peor escenario.
—Pero, huevón, ¿te imaginas que pase?
—No seas cabro.
Finalmente me dejó en mi casa.
Esa noche me fui a dormir preocupado.
Y esa conversación, que hoy puede parecer exagerada, permite entender bastante bien cómo había salido yo de aquella casa.
Guillermo nos había confiado su crisis. Yo sentía que ahora nos correspondía cuidarlo.
No puedo saber exactamente qué pensaron Mantero, Jorge, Raúl o Alejandro cuando llegaron a sus casas.
Mucho menos el primo de Jorge.
Pero sí sé con qué inquietud me fui yo:
¿Qué estábamos haciendo mal para que Guillermo Rosado empezara a cuestionarse su vocación sacerdotal?
Y no estábamos hablando, desde nuestra perspectiva de entonces, de cualquier sacerdote.
Guillermo era una figura importante dentro de aquella historia que nosotros habíamos aprendido a admirar.
Había conducido jóvenes.
Había formado dirigentes.
Había estado vinculado durante años al crecimiento de FASTA en Rosario.
Para nosotros representaba ese modelo de sacerdote capaz de hacer crecer una comunidad y formar líderes.
La expresión que Daniel había utilizado para describirlo resumía perfectamente el lugar que ocupaba en mi imaginación:
la ficha reina.
Y ahora estaba en Lima.
Solo.
Aburrido.
Mirando Netflix porque, según nos había contado, no tenía nada que hacer.
Y preguntándose por su propia vocación.
Si nosotros no hacíamos algo, al menos así lo entendí aquella noche, FASTA podía perderlo.
¿Qué mierda estábamos haciendo nosotros?







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