Era julio de 2017.
La reunión no había sido convocada para hablar de FASTA ni mucho menos de Guillermo Rosado. Era una despedida de soltero.
El humo del asado se mezclaba con el de los cigarros y durante algunos segundos resultaba imposible saber cuál venía de dónde. Sobre la mesa circulaban vasos de fernet con Coca-Cola, botellas, platos a medio terminar y esas conversaciones que solamente funcionan entre personas que alguna vez pertenecieron al mismo lugar.
De vez en cuando alguien levantaba la voz:
—¡Un aplauso para el asador!
—¡Dale, che!
Y todos obedecían.
Había miembros de FASTA y otros que ya no lo eran. Algunos habían pasado por Ruca de Plata, otros por el colegio Catherina, otros por distintas actividades del movimiento.
Todos compartían algo parecido a un idioma.
Entre ellos se encontraban también dos personas que, según los testimonios que he podido recoger, habían sido víctimas de abuso de Guillermo Rosado.
Este detalle importa.
Por eso no resultaba extraño que entre una mufa y otra alguien propusiera cantar Viejo Zapato o De Pie Miliciano.
Tampoco que aparecieran las preguntas de siempre:
—Che, ¿qué onda el Ruca?
—¿Quién está ahora?
—¿Qué están haciendo?
Las comunidades tienen una manera curiosa de sobrevivir a quienes las abandonan. Uno puede marcharse durante años y, sin embargo, basta sentarse nuevamente alrededor de una mesa para recuperar los nombres, las bromas y hasta las canciones que creía olvidadas.
Supongo que aquella noche ocurrió algo parecido.
Se habló de los que estaban.
De los que se habían ido.
De los que habían cambiado.
Y, naturalmente, de los curas.
Entonces alguien comentó:
—A Guillermo Rosado lo cambiaron a Perú.
No sé cuánto silencio hubo después.
Quizá ninguno.
La memoria suele inventar silencios cuando descubre, años más tarde, que una frase merecía uno.
Alguien preguntó:
—¿Por qué lo cambiaron?
Otro de los presentes fue bastante menos prudente:
—A este hijo de puta lo cambian a Perú… Seguro lo volvió a hacer en Rosario.
La frase cayó en medio de la conversación.
Para algunos de los presentes quizá no contenía ninguna revelación. Había historias anteriores. Experiencias propias. Razones para que el nombre de Guillermo Rosado no fuera simplemente el nombre de un sacerdote al que acababan de trasladar.
Para otros, en cambio, aquella frase abría preguntas.
¿Qué significaba “lo volvió a hacer”?
¿Qué había ocurrido antes?
¿Y por qué un sacerdote alrededor de cuyo nombre circulaban semejantes señalamientos había terminado en el Perú?
La conversación dejó de ser una conversación de sobremesa.
Uno de los muchachos planteó que no podían quedarse callados. Había que denunciar. Había que acudir a los medios. Según su posición, guardar silencio significaba permitir que un sacerdote al que consideraba peligroso continuara desplazándose sin que nadie dijera nada.
Utilizó una imagen particularmente dura:
un lobo rapaz disfrazado de oveja.
Otro de los presentes lo frenó.
No porque estuviera en desacuerdo con denunciar.
Su preocupación era el modo.
Coincidía en que había que hacer algo, pero pedía cautela. No quería que una denuncia pública terminara exponiendo también a quienes no habían elegido formar parte de aquella historia. Tenía esposa. Tenía hijos. Y quería mantenerlos fuera de un problema que podía crecer mucho más de lo que cualquiera imaginaba aquella noche.
Entonces el asado cambió.
No sé si dejaron de circular los vasos.
Probablemente no.
No sé si alguien volvió a pedir un aplauso para el asador.
Quizá sí.
La vida tiene esa incómoda costumbre de continuar incluso cuando acabamos de escuchar algo que debería detenerla.
Pero entre algunos de los presentes quedó instalada una pregunta:
¿Había que denunciar a Guillermo Rosado?
Cuando aquella pregunta se formuló alrededor de una parrilla en Argentina, Guillermo Rosado ya estaba en el Perú.
Y nosotros habíamos escuchado una explicación muy distinta sobre su llegada.
Fosbery había movido su ficha reina.
Dos relatos.
Un mismo sacerdote.
Un mismo traslado.
Y una pregunta que recién muchos años después empezaría a perseguirme:
¿Qué sabía cada uno cuando Guillermo Rosado fue enviado al Perú?
La pregunta que había quedado flotando alrededor de aquella parrilla no desapareció cuando terminó el asado.
Dos de aquellos muchachos decidieron hacer algo.
No acudieron a la prensa.
No buscaron cámaras.
No hicieron pública su historia.
Optaron por el camino institucional que la propia Iglesia ofrecía.
En septiembre de 2017 denunciaron canónicamente a Guillermo Rosado.
Habían pasado aproximadamente veinte años desde los hechos que decidieron denunciar.
Hay silencios que duran una noche.
Otros necesitan décadas para romperse.
Según las fuentes con las que he podido reconstruir aquellos días, después de presentada la denuncia buscaron a fray Aníbal Ernesto Fosbery, fundador de FASTA.
Y aquí conviene detenernos.
Porque si la pregunta era qué sabía cada uno cuando Guillermo Rosado fue enviado al Perú, septiembre de 2017 permite establecer, al menos, una frontera temporal.
A partir de aquella denuncia ya no estamos hablando únicamente de rumores que circulaban entre antiguos miembros.
Había una denuncia canónica.
Según las fuentes consultadas para este artículo, Fosbery reaccionó con enorme preocupación al conocerla y recurrió a dos hombres que ocupaban posiciones centrales dentro de FASTA: Carlos Rossini, durante muchos años vicepresidente ejecutivo de la organización, y César Garcés, entonces regente de la Fraternidad Sacerdotal.
Rosado fue citado por las autoridades.
En aquella reunión, según la reconstrucción que he podido realizar a partir de distintas fuentes, se le comunicó el contenido de la denuncia presentada por los dos hombres.
Y ocurrió algo decisivo.
Guillermo Rosado reconoció los hechos que le estaban atribuyendo.
Este punto merece toda nuestra atención.
Porque hasta ese momento hemos hablado de recuerdos, conversaciones, sospechas y testimonios.
Pero, si la reconstrucción de nuestras fuentes es correcta, frente a sus propias autoridades Rosado no respondió negándolo todo.
Aceptó los hechos denunciados.
Las fuentes que conocen aquel proceso sostienen además que Rosado manifestó ante Fosbery que, al reconocerlos, buscaba evitar un daño mayor a FASTA.
Hoy, con el periódico del lunes y conociendo testimonios que aparecieron después, algunos de quienes trabajamos en este espacio nos hacemos otra pregunta.
¿Aceptar aquellos hechos pudo evitar que se abriera una investigación más amplia sobre su trayectoria?
La pregunta no es gratuita.
Después de conocida su expulsión, otras personas decidieron hablar. Aparecieron nuevos testimonios vinculados no solamente a Buenos Aires, sino también a Rosario.
Eso no permite afirmar que Rosado haya reconocido los primeros hechos con la intención de impedir que salieran a la luz otros casos.
Pero sí permite plantearlo como hipótesis.
Si hubiera existido una investigación más extensa sobre su recorrido pastoral, ¿qué otras historias podrían haber aparecido?
No conozco la respuesta.
Y precisamente por eso creo que la pregunta merece quedar abierta.
Pero mientras en Argentina comenzaba un proceso que todavía tardaría en resolverse, en Lima nosotros seguíamos intentando entender qué había ocurrido con el sacerdote que apenas unos meses antes había llegado como la ficha reina.
Así fue como Guillermo Rosado abandonó Lima.
Sin pena ni gloria.
Eso no significa, sin embargo, que su paso por FASTA Lima no haya dejado consecuencias.
Antes de marcharse, Rosado reunió a varios integrantes del comando de la estructura juvenil —yo estaba entre ellos— y nos habló de una fuerte crisis sacerdotal que, según nos dijo, estaba atravesando.
Pero agregó algo más.
Responsabilizó de aquella crisis, al menos en parte, a la propia comunidad de FASTA Lima.
Recuerdo aquella conversación.
Y recuerdo también lo que significó para algunos de nosotros escucharla.
Pero esa historia merece un artículo propio, porque ahí entramos en otro terreno: el de la manipulación de conciencia, la culpa y la capacidad que puede tener una figura de autoridad para conseguir que otros terminen sintiéndose responsables de su propia crisis.
Volvamos, por ahora, a su partida.
Guillermo Rosado dejó el Perú.
Y entonces apareció César Garcés.
Garcés se presentó ante los oficializados de FASTA Lima.
Para quien nunca haya pasado por el movimiento, el término puede sonar extraño. En términos sencillos, un oficializado es un laico que ha asumido públicamente un compromiso de vida con la institución.
Aquellas personas necesitaban una explicación.
Y la recibieron.
Según los testimonios que he podido recoger, Garcés explicó que Guillermo Rosado atravesaba una crisis vocacional que, además, no había comenzado recientemente, sino que arrastraba desde años atrás.
El problema es que aquella explicación omitía un dato fundamental.
Guillermo Rosado había sido denunciado canónicamente por abusos sexuales y estaba a la espera de la resolución de ese proceso.
No era un detalle menor.
Era el detalle que cambiaba por completo la historia.
La salida de Rosado podía ser presentada como la historia íntima de un sacerdote que dudaba de su vocación.
O podía ser contada incluyendo aquello que las autoridades ya conocían: que dos hombres habían presentado una denuncia canónica contra él y que esa denuncia había desencadenado un procedimiento dentro de la Iglesia.
A los oficializados de FASTA Lima, según las fuentes consultadas para este artículo, se les contó la primera historia.
Y aquí es donde las palabras empiezan a importar.
Porque llamar crisis vocacional a una salida mientras existía un procedimiento canónico abierto por denuncias de abuso no era solamente escoger una expresión más amable.
Era construir un marco desde el cual nosotros debíamos interpretar lo que estaba ocurriendo.
Mientras tanto, Rosado regresó a Argentina y se instaló durante un tiempo con su hermano en Jujuy.
Según las fuentes con las que he podido reconstruir ese período, tampoco allí se habría comunicado inicialmente la verdadera dimensión del problema.
La explicación volvió a ser conocida:
Guillermo estaba atravesando una crisis vocacional.
La resolución canónica llegaría después.
Según la cronología que hemos podido reconstruir, hubo que esperar hasta diciembre de 2018, aproximadamente un año y tres meses después de aquella denuncia de septiembre de 2017.
Pero durante ese tiempo existieron, al menos, dos historias sobre Guillermo Rosado.
La que conocían quienes habían denunciado.
Y la que recibimos quienes habíamos compartido comunidad con él.
Una hablaba de abusos y de un procedimiento canónico.
La otra hablaba de una crisis vocacional.
Y alguien había decidido cuál de las dos debíamos conocer.
Pero la administración de aquella información no afectó solamente a los laicos de FASTA Lima.
También alcanzó a los propios sacerdotes.
Según los testimonios que he podido recoger, César Garcés sí informó a Matías Bao y Juan Marchetti, entonces capellanes de FASTA Rosario, sobre lo que estaba ocurriendo con Guillermo Rosado.
Ellos conocieron una información que los oficializados de Lima no habían recibido.
Pero junto con esa información recibieron también un pedido:
no contar nada.
La explicación era que había que esperar. El proceso canónico estaba en marcha y, según les transmitió Garcés, la sentencia llegaría.
Y aquí aparece una distinción importante.
César no les habría pedido que mintieran.
No les dijo que negaran la existencia de las denuncias.
No les pidió que inventaran otra historia si alguien preguntaba.
Les pidió silencio.
Parece una diferencia pequeña.
No lo es.
Y tampoco sería justo concluir que pedir confidencialidad durante un procedimiento abierto constituye, por sí mismo, un encubrimiento.
El problema aparece cuando observamos qué ocurría simultáneamente fuera de ese pequeño círculo.
Porque mientras unos conocían la existencia de una denuncia y recibían la indicación de esperar, otros escuchaban que Guillermo atravesaba una crisis vocacional.
Y muchos simplemente no sabíamos que existía algo sobre lo cual debíamos estar haciendo preguntas.
Ahí empiezo a encontrar un mecanismo que se repetirá más de una vez mientras reconstruyo estas historias.
No necesariamente negar.
No siempre mentir.
Administrar el silencio.
Decidir quién sabe.
Decidir cuánto sabe.
Decidir cuándo puede hablar.
Y mientras tanto permitir que una explicación menos incómoda ocupe el espacio que deja aquello que no se cuenta.
En Lima esa explicación tenía apenas dos palabras:
crisis vocacional.
Pero aquel silencio no afectó solamente a FASTA Lima.
Nosotros habíamos convivido con Guillermo Rosado durante apenas seis meses. Seis meses fueron suficientes para generar vínculos, confianzas y, según testimonios que todavía merecen ser desarrollados, experiencias de manipulación de conciencia.
Había, sin embargo, otra comunidad cuya historia con Rosado era incomparablemente más larga.
Rosario.
Allí no se hablaba de seis meses.
Se hablaba de más de veinte años.
Más de dos décadas compartiendo comunidad con un sacerdote que había ocupado espacios de confianza, acompañado personas, celebrado sacramentos y formado parte de la vida cotidiana de FASTA.
Por eso, cuando finalmente comenzó a conocerse lo ocurrido, el problema no podía reducirse a explicar por qué Guillermo Rosado había dejado el sacerdocio.
Había que responder también otra pregunta:
¿Qué se le decía a una comunidad que había construido más de veinte años de su historia alrededor de alguien cuya historia ahora debía volver a mirar?
Aquí el silencio adquiere otra dimensión.
Porque una explicación incompleta no solamente condiciona la manera en que una comunidad comprende el presente.
También condiciona la manera en que puede reconstruir su propio pasado.
Si a Lima se le habló de una crisis vocacional, ¿qué se dijo en Rosario?
¿Quiénes conocían las denuncias?
¿Quiénes sabían que existía un proceso canónico?
¿Quiénes recibieron la información con la indicación de no hablar?
¿Y cuántas personas continuaron durante meses —o quizá años— interpretando la historia de Guillermo Rosado sin disponer de toda la información que otros ya conocían?
Después llegaría la resolución.
Y, cuando comenzó a conocerse la salida definitiva de Rosado, otras personas decidieron hablar.
Aparecieron nuevos testimonios.
Historias provenientes de distintos momentos de su recorrido.
Algunas remitían a Buenos Aires.
Otras conducían a Rosario.
Aquellos dos hombres sentados alrededor de una parrilla en julio de 2017 habían decidido romper un silencio que llevaba aproximadamente veinte años.
No podían saber entonces cuántas otras historias comenzarían a aparecer después.
Y quizá por eso, después de reconstruir todo este recorrido, empiezo a pensar que el problema nunca fue solamente el relato de una supuesta crisis vocacional.
Fue algo más profundo.
La administración del silencio.
A unos se les contó.
A otros se les pidió esperar.
A otros se les habló de una crisis vocacional.
Y otros simplemente no supieron nada.
No hacía falta reunir a todos para enseñarles una mentira.
Ni siquiera hacía falta que todos mintieran.
Bastaba con que la verdad nunca estuviera completa en el mismo lugar.








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