Agosto y septiembre han sido meses un poco diferentes en este pequeño espacio.
Mi compromiso de seguir estudiando las dinámicas de abuso y poder dentro de la Iglesia católica —y específicamente dentro de FASTA— permanece intacto. Sin embargo, durante estos últimos meses decidí abrir un poco el campo: detenerme en libros, artículos, testimonios y otros materiales que pudieran ayudarnos a comprender mejor un fenómeno que, por supuesto, no empieza ni termina en una sola institución.
Era necesario.
También saludable.
Porque si algo he ido comprendiendo durante este año es que muchas de las dinámicas que durante años consideramos propias, particulares o incluso normales dentro de nuestros espacios religiosos empiezan a verse de otra manera cuando las colocamos junto a experiencias ocurridas en otras comunidades.
Pero ha llegado el momento de volver a FASTA.
De volver a las historias.
A las experiencias.
Y, especialmente, a algunos de los testimonios que he podido recoger a lo largo de este año.
Imagino que con ellos también volverán los mensajes de siempre.
Que tengo una herida mal cerrada.
Que guardo demasiado rencor en el corazón.
Que debería aprender a soltar.
Que tendría que mirar hacia adelante.
A estas alturas, uno aprende a convivir con esos comentarios.
Después de todo, la Ciudad Miliciana también aprendió durante demasiado tiempo a convivir con la institucionalización del silencio.
Así que, sin demasiados rodeos, volvamos a lo nuestro.
Pero antes de avanzar hay que retroceder.
A estas alturas sería injusto pedirle al lector que recuerde cada nombre, cada episodio y cada estructura que ha aparecido en este espacio durante los últimos meses.
Algunas historias fueron publicadas hace tiempo. Otras quedaron repartidas entre distintas entregas. Y algunas, como suele ocurrir con la memoria, adquieren un significado diferente cuando dejamos de observarlas aisladamente y empezamos a colocarlas unas junto a otras.
Por eso, antes de presentar nuevos testimonios sobre Guillermo Rosado, conviene reconstruir brevemente el camino recorrido.
No para volver a contar las mismas historias, sino para recordar qué sabemos hasta ahora.
Y también para distinguir algo que considero fundamental: aquello que yo sabía entonces de aquello que fui descubriendo después.
Porque buena parte de esta historia ocurre precisamente en esa distancia.
La ficha reina
Para quienes entonces formábamos parte de FASTA Lima, su traslado no fue presentado —ni percibido— como la llegada de un sacerdote cuestionado.
Todo lo contrario.
Rosado llegaba precedido por una reputación de liderazgo, cercanía con el padre Aníbal Fosbery y éxito en distintas experiencias apostólicas desarrolladas en Argentina.
Su nombre estaba asociado a proyectos que parecían funcionar.
A comunidades que crecían.
A experiencias que dentro de FASTA eran observadas como ejemplos de aquello que podía conseguirse cuando una jurisdicción encontraba la combinación adecuada entre conducción, mística y compromiso.
En una conversación de aquellos días, el entonces seminarista Daniel Torres resumió aquella expectativa con una expresión que terminaría dando nombre al artículo:
el padre Aníbal Fosbery había movido su “ficha reina”.
La imagen era perfecta.
Nos permitía interpretar el traslado como una jugada estratégica.
Lima estaba creciendo.
Algo importante parecía estar ocurriendo.
Y el fundador enviaba a una de sus piezas más valiosas.
Eso era lo que nosotros veíamos.
El problema apareció muchos años después, cuando aquella interpretación empezó a confrontarse con información que entonces no teníamos.
Porque mientras en Lima algunos recibíamos el traslado de Rosado en términos pastorales e incluso providenciales, en Argentina ya habrían surgido cuestionamientos respecto de su manera de ejercer la autoridad, particularmente sobre el control que podía ejercer sobre determinadas personas y sus conciencias.
Según la reconstrucción presentada en aquella serie, esas advertencias habrían alcanzado niveles superiores de FASTA antes del traslado.
Y entonces la historia cambiaba.
Porque ya no bastaba con preguntarse qué hizo Guillermo Rosado después de llegar al Perú.
Había que formular una pregunta anterior:
¿qué sabía FASTA antes de enviarlo?
Y, necesariamente, otra:
¿quiénes lo sabían?
El poder de una historia
La segunda entrega desplazó todavía más el centro del problema.
La pregunta dejó de ser únicamente por qué Guillermo Rosado había sido trasladado de Rosario a Lima.
Empezó a ser:
¿cuántas personas sabían algo antes de que nosotros empezáramos a saberlo?
Durante mucho tiempo interpreté estas historias desde la posición de quien simplemente desconocía lo que estaba ocurriendo.
Y eso es verdad.
Yo no sabía.
Muchos en Lima no sabíamos.
Pero con el tiempo comprendí que esa respuesta era insuficiente.
Porque el problema no era solamente nuestra ignorancia.
Había que preguntarse por qué éramos ignorantes.
Mientras nosotros buscábamos explicaciones providenciales para el cambio de capellanes, en Argentina —según los testimonios y reconstrucciones recogidos posteriormente— existían personas que habían observado comportamientos preocupantes alrededor del ejercicio de autoridad de Rosado.
En aquella entrega apareció particularmente una advertencia atribuida al sacerdote Miguel Rayón respecto de un ejercicio de control que no se limitaría a cuestiones administrativas, sino que habría alcanzado dimensiones mucho más personales.
Según lo reconstruido entonces, aquella advertencia habría llegado hasta autoridades superiores de la institución.
Y eso obliga a establecer una diferencia importante.
Si una organización desconoce completamente un problema, podemos hablar de una falla para detectarlo.
Pero si una organización recibe advertencias y, aun así, opta por trasladar a la persona cuestionada sin que quienes la recibirán conozcan esas advertencias, estamos frente a una clase distinta de problema.
Ya no hablamos solamente de las acciones de una persona.
Hablamos de la respuesta de una estructura.
Y allí empezó a aparecer una idea que, con el tiempo, se ha vuelto cada vez más importante para comprender esta historia:
el silencio institucional no consiste únicamente en que nadie hable.
Puede funcionar de una manera mucho más sofisticada.
Puede consistir en fragmentar la información.
En permitir que algunos conozcan una parte y otros otra.
En trasladar un problema sin explicar completamente por qué se lo traslada.
En convertir una advertencia en un rumor.
En transformar una decisión defensiva en una decisión pastoral.
En proteger el prestigio de una obra.
En llamar prudencia a aquello que quizá, con los años, terminamos reconociendo como miedo.
El silencio institucional no exige necesariamente que nadie sepa nada.
A veces ocurre exactamente lo contrario:
muchas personas saben fragmentos, pero esos fragmentos nunca terminan sobre la misma mesa.
Y la segunda entrega terminaba precisamente insinuando que la información sobre Guillermo Rosado quizá no había permanecido encerrada exclusivamente en los despachos de quienes ocupaban cargos de conducción.
Algunas cosas parecían circular también por otros lugares.
En conversaciones.
Entre antiguos alumnos.
Entre amigos.
En espacios donde la institución aparentemente ya no tenía nada que decir.
Pero a eso volveremos más adelante.
La llegada a Lima
La tercera entrega trasladó definitivamente la historia al Perú.
Guillermo Rosado llegó a Lima acompañado por un miliciano de FASTA Rosario al que en aquel artículo llamé Fabio.
Su presencia tenía una explicación bastante sencilla: había viajado para acompañar a Guillermo durante su instalación y ayudarlo en aquello que necesitara.
En ese momento no encontré nada extraño.
¿Por qué habría de hacerlo?
Dentro de una organización en la que durante años habíamos aprendido a valorar la amistad, el servicio, la entrega y la disponibilidad hacia el otro, aquella conducta podía interpretarse fácilmente como una expresión extraordinaria de generosidad.
Hasta que un día Fabio me explicó algo.
Yo había intentado invitarlo en distintas oportunidades a salir del local, conocer Lima, comer algo o simplemente recorrer la ciudad.
Su respuesta terminó quedándose conmigo:
“Yo tengo que estar siempre listo para lo que Guillermo necesite”.
En 2017 escuché aquellas palabras como una declaración de amistad y lealtad.
Muchos años después empecé a preguntarme si aquello era todo.
Porque con el tiempo comprendí que Fabio no había sido necesariamente un caso aislado. Otras personas llegaron posteriormente a Lima para acompañar a Rosado, ayudarlo o mantenerse particularmente disponibles para él.
Y entonces apareció una pregunta para la cual en aquel momento yo no tenía herramientas:
¿estábamos observando amistades particularmente intensas o relaciones en las que la amistad empezaba a confundirse con alguna forma de dependencia?
La pregunta sigue siendo difícil.
Porque las conductas, vistas individualmente, podían encajar perfectamente dentro de aquello que nosotros mismos considerábamos virtuoso.
Acompañar.
Servir.
Estar disponible.
Entregarse.
Cultivar la amistad miliciana.
Ninguna de esas cosas es problemática por sí misma.
El problema aparece cuando intentamos determinar en qué momento una virtud deja de ordenar una relación entre iguales y empieza a justificar una relación profundamente asimétrica.
Por eso aquella tercera entrega terminaba con una idea que todavía considero necesaria para comprender lo que vendría después:
la línea que separa la amistad de la dependencia no siempre es evidente. Mucho menos cuando uno se encuentra dentro de la historia.
Lo que sabemos hasta ahora
Llegados a este punto, quizá convenga detenernos.
Porque las tres entregas anteriores dejaron preguntas diferentes, pero profundamente relacionadas.
La primera preguntaba:
¿qué sabía la institución antes de trasladar a Guillermo Rosado?
La segunda:
¿cómo circulaba —o dejaba de circular— esa información dentro de FASTA?
Y la tercera:
¿qué clase de relaciones llegaron con él a Lima y por qué quienes estábamos allí podíamos interpretarlas como completamente normales?
Autoridad.
Información.
Silencio.
Lealtad.
Dependencia.
Podrían parecer problemas diferentes.
Quizá no lo sean.
Durante mucho tiempo pensé que para comprender esta historia tendría que encontrar una gran revelación.
Un documento.
Una orden.
Una confesión.
Una reunión secreta en algún despacho de Buenos Aires.
Algo capaz de explicarlo todo de una vez.
Hoy sospecho que esa expectativa también era ingenua.
Las instituciones rara vez funcionan de una manera tan cinematográfica.
El silencio no necesita una orden escrita.
La lealtad no necesita una conspiración.
Y para que determinada información permanezca fuera del alcance de algunas personas tampoco hace falta que todos aquellos que la conocen se reúnan alrededor de una mesa y acuerden callar.
A veces basta algo mucho más humano.
Uno sabe una parte.
Otro conoce otra.
Alguien escuchó un rumor.
Otro decidió no preguntar.
Alguien confía en que la autoridad ya debe estar ocupándose del problema.
Otro piensa que hablar podría perjudicar injustamente a una persona.
Uno protege a un amigo.
Otro protege una obra.
Y mientras todos encuentran una explicación razonable para su propio silencio, la historia continúa.
Quizá por eso hoy me interesa menos encontrar un único culpable del silencio.
Me interesa comprender cómo se construye una cultura capaz de producirlo.
Y para eso todavía falta una pieza.
Una pieza que apareció en el lugar menos institucional posible.
Una despedida de soltero
Era julio de 2017.
La reunión no había sido convocada para hablar de FASTA ni mucho menos de Guillermo Rosado.
Era una despedida de soltero.
El humo del asado se mezclaba con el de los cigarros y durante algunos segundos resultaba imposible saber cuál venía de dónde.
Esta historia continuará mañana, 29 de septiembre.







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