Antes de adentrarte en estas líneas, te invito a ver (o escuchar) el siguiente video, elaborado por el canal de YouTube Miliciano Raso. En él encontrarás el contexto y las razones que me llevaron a escribir esta serie de artículos. Mi agradecimiento a quien está detrás de ese proyecto por el tiempo y la generosidad de ayudar a difundir este trabajo. Creo que puede ser una buena puerta de entrada antes de continuar con la lectura.
Este relato es la continuación directa de un hilo que empecé a tirar hace poco. Si aún no lo has leído, te sugiero pasar primero por Guillermo Rosado: la ficha reina, el texto anterior donde explico cómo se fue configurando la expectativa antes de su llegada. Una vez ahí, la secuencia natural te traerá de vuelta a este momento: octubre de 2016, la primera vez que lo conocí.
La primera vez que conocí a Guillermo Rosado fue en octubre de 2016.
Por aquellos días pasó cerca de una semana en Lima. No recuerdo con exactitud cuál era el motivo oficial de la visita, aunque siempre asumí que formaba parte de un proceso de reconocimiento. Después de todo, ya se sabía que sería el próximo capellán de FASTA Perú y muchos veíamos aquella visita como una especie de antesala de lo que estaba por venir.
Recuerdo esos días con bastante claridad.
Hay personas que, incluso antes de asumir un cargo, llegan rodeadas de cierta expectativa. Guillermo era una de ellas. Su nombre circulaba desde hacía meses en conversaciones, reuniones y comentarios informales. Para muchos de nosotros representaba una suerte de renovación. La famosa “ficha reina”.
Pero volveré sobre eso más adelante.
Lo primero que recuerdo es una conversación bastante peculiar.
El viernes 14 de octubre Guillermo celebraba un nuevo aniversario de su ordenación sacerdotal. Por aquella época yo era el tipo de persona capaz de tomarse muy en serio ciertas historias que hoy observo con bastante más distancia. Había leído el testimonio de un sacerdote que aseguraba que, cada aniversario de su ordenación, sus manos desprendían un intenso aroma a rosas. Según él, aquello era una gracia especial vinculada a la Virgen y al sacerdocio.
Nunca he sabido qué pensar de relatos como ese.
Sin embargo, en aquel entonces me parecían perfectamente plausibles.
Así que decidí contárselo a Guillermo.
Incluso le sugerí, medio en broma y medio en serio, que tal vez aquel día podría experimentar algo parecido.
Todavía recuerdo su expresión.
Me observó con una mezcla de desconcierto y diversión, como si intentara averiguar quién era aquel muchacho que acababa de acercarse para hablarle del supuesto perfume milagroso de unas manos sacerdotales.
La escena duró apenas unos segundos.
Y, sin embargo, diez años después sigo recordándola.
Tal vez porque habla menos de Guillermo que de mí.
Ahora, con la distancia que dan los años, sospecho que era bastante ingenuo.
Aunque quizá la palabra correcta sea otra.
Para entenderlo hay que retroceder algunas semanas.
En agosto de 2016, durante el retiro sacerdotal de la fraternidad, el Padre César Garcés anunció una serie de cambios. Entre ellos, que Matías Bao sería destinado a Rosario y que Guillermo Rosado asumiría la capellanía de FASTA Perú.
Como narré en el artículo anterior, muchos ya habíamos escuchado hablar de Guillermo antes de conocerlo personalmente. Su nombre venía precedido de referencias elogiosas, responsabilidades importantes y cierta reputación intelectual que despertaba admiración incluso antes de que llegara.
Hubo, además, un detalle que en aquel momento pasó completamente desapercibido para mí.
Los cambios solían hacerse efectivos en febrero. Sin embargo, Guillermo solicitó permanecer en Rosario hasta abril para acompañar a Matías durante los primeros meses de la transición. La explicación parecía razonable: ayudarlo a familiarizarse con la jurisdicción, presentarle a las personas y transmitirle la experiencia acumulada durante años de trabajo.
Recuerdo haber conversado sobre este episodio con Matías mucho tiempo después.
Era el año 2020.
Para entonces habían ocurrido demasiadas cosas.
Y me llamó la atención escuchar cómo releía aquella decisión.
Según me contó, en ese momento interpretó el pedido de Guillermo como un gesto de buena voluntad. Le pareció natural que alguien quisiera facilitar una transición compleja. Con los años, sin embargo, comenzó a verlo de otra manera. Ya no como una ayuda desinteresada, sino como una forma de establecer ciertos márgenes, transmitir determinadas directrices y condicionar aspectos importantes de la gestión que estaba por comenzar.
En aquel momento escuché su interpretación con sorpresa.
Hoy, después de conocer otros episodios que Matías vivió durante su paso por Rosario, me resulta difícil no concluir que aquella lectura era acertada.
Pero esa es una historia que merece ser contada por separado.
Lo que sí me sigue llamando la atención es la facilidad con la que algunos hechos cambian de significado cuando los observamos desde otro lugar.
Quizá por eso sigo recordando aquella visita de octubre.
Durante esos días intentábamos acompañar a Guillermo a distintos lugares de Lima. Queríamos que conociera la ciudad que pronto sería también la suya. En una de esas salidas terminamos recorriendo el Centro Histórico y visitamos el Convento de Santo Domingo.
En algún punto del recorrido nos detuvimos frente a una placa que recordaba los orígenes de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la llamada decana de América.
Fue entonces cuando Guillermo hizo un comentario que quedó grabado en mi memoria.
Dijo que aquella placa era una prueba evidente de que España había traído educación y cultura al continente, y que muchas críticas a la colonización ignoraban ese aspecto de la historia.
No pretendo entrar aquí en ese debate.
Lo interesante ocurrió dentro de mí.
Recuerdo haber pensado, casi de inmediato:
“Este cura sí sabe”.
Nada más.
No recuerdo una exposición brillante.
No recuerdo una argumentación particularmente sofisticada.
No recuerdo una lección magistral de historia.
Y, sin embargo, salí de allí convencido de haber escuchado a una persona excepcionalmente culta.
Durante años creí que aquella impresión se debía a la profundidad de sus ideas.
Hoy ya no estoy tan seguro.
Con el tiempo he llegado a pensar que la admiración suele ser menos racional de lo que nos gusta admitir.
Tal vez influía esa costumbre tan latinoamericana de creer que quien viene de fuera sabe más que nosotros. Tal vez pesaba la fascinación que generan ciertas figuras revestidas de autoridad. O quizá era consecuencia de una formación que nos había enseñado, casi sin darnos cuenta, a asociar jerarquía con sabiduría.
No lo sé.
Lo que sí sé es que aquella tarde no escuché simplemente una opinión.
Escuché una opinión pronunciada por alguien a quien ya había decidido admirar.
Y esa diferencia cambia muchas cosas.
Con los años he llegado a preguntarme cuánto de la admiración que despertaba Guillermo Rosado provenía de Guillermo Rosado y cuánto provenía de la historia que ya nos habían contado sobre él antes de conocerlo.
Porque cuando llegó a Lima, su nombre venía acompañado de prestigio, responsabilidades importantes y referencias elogiosas. Antes de escucharlo, ya estábamos predispuestos a valorarlo. Antes de conocerlo, ya habíamos comenzado a admirarlo.
Quizá eso explique por qué ciertas opiniones nos parecían más profundas de lo que realmente eran. O por qué determinados gestos adquirían un significado especial que tal vez no habrían tenido en otras circunstancias.
Años después descubriría que no todas las personas que habían compartido camino con Guillermo en otras jurisdicciones conservaban la misma imagen que nosotros. Algunos relatos coincidían. Otros no tanto.
Y entonces comprendí algo incómodo.
No porque Guillermo dijera algo extraordinario. Ni porque aquella conversación cambiara mi forma de entender la historia.
La recuerdo porque, sin saberlo, me permitió descubrir algo sobre mí mismo.
Recuerdo a ese muchacho que escuchaba con admiración cada palabra, convencido de que estaba frente a una inteligencia excepcional. Recuerdo la facilidad con la que atribuía profundidad a ciertas opiniones simplemente porque provenían de una figura revestida de autoridad.
Y me pregunto cuántas veces hacemos lo mismo.
Cuántas veces admiramos primero y comprendemos después.
Cuántas veces nos enamoramos de una historia antes de conocer a la persona que la protagoniza.
Porque cuando pienso en Guillermo Rosado, ya no me interesa tanto preguntarme quién era él.
La pregunta que sigue acompañándome es otra:
¿Cuánto de lo que veía en él estaba realmente allí y cuánto había sido construido previamente dentro de mí?
Quizá el problema comienza cuando aprendemos a confiar más en el criterio de otros que en el nuestro. Cuando dejamos de ver a ciertas personas como referentes y empezamos a verlas como intérpretes privilegiados de la realidad.
Porque admirar no tiene nada de malo. Todos necesitamos maestros, modelos y ejemplos. El riesgo aparece cuando esa admiración nos lleva a suspender el juicio propio.
Con los años he llegado a preguntarme si algunos abusos de conciencia no encuentran precisamente allí su terreno más fértil: en la renuncia progresiva a la propia mirada, en la costumbre de creer que otros ven mejor que nosotros, comprenden mejor que nosotros o incluso pueden decidir mejor que nosotros.
Esta historia continuará.







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