Me gusta el fútbol. Me gusta el Mundial. Pero cuando no juega mi selección —cosa que ya se ha vuelto una costumbre— suelo seguir a mis jugadores favoritos.
No me interesan demasiado las banderas. Me interesan las personas.
Por eso, cuando juega Cristiano Ronaldo, dejo de hacer lo que estoy haciendo.
Me pasó durante años con Messi.
Me sigue pasando con Luka Modrić.
Y seguramente me seguirá pasando con Mbappé dentro de algunos años.
Hay futbolistas que uno no mira esperando un resultado. Los mira porque entiende que está viendo algo que no va a durar para siempre.
Por eso terminé viendo Portugal contra la República Democrática del Congo.
No porque me importara especialmente el grupo. Ni porque esperara una sorpresa africana. Si soy sincero, asumía que Portugal resolvería el partido sin demasiados problemas.
Lo puse de fondo mientras respondía algunos mensajes y avanzaba pendientes atrasados.
Hasta que la transmisión mostró algo que no tenía nada que ver con el partido.
O quizás sí.
La imagen apareció apenas un segundo.
Quizá menos.
Uno de esos planos generales que las transmisiones utilizan para mostrar la tribuna mientras la pelota está lejos del arco.
Seguí mirando el partido.
O al menos eso intenté.
Porque durante los siguientes minutos descubrí que ya no estaba prestando atención a Cristiano Ronaldo.
Estaba esperando que la transmisión volviera a mostrar al público.
No sabía exactamente por qué.
Hasta que ocurrió otra vez.
Entonces apoyé los dedos sobre el trackpad de la laptop y retrocedí algunos segundos en Paramount.
Volví a mirar.
Después retrocedí otra vez.
Y una tercera.
La imagen era borrosa.
Demasiado breve.
Demasiado lejana.
Lo suficiente para descartar cualquier certeza.
Pero no lo suficiente para ignorar aquella sensación.
Porque los rostros tienen una forma extraña de quedarse viviendo en la memoria.
A veces pasan años sin que pensemos en alguien y, sin embargo, somos capaces de reconocerlo en una multitud, en una fotografía vieja o en una imagen que apenas permanece unos segundos en pantalla.
No sé si fue la sonrisa.
No sé si fue la forma del rostro.
O quizá simplemente porque, algunas semanas antes, había pasado demasiadas horas mirando fotografías suyas mientras investigaba y redactaba un artículo sobre FASTA África.
Había revisado imágenes institucionales.
Fotografías de actividades.
Capturas de ceremonias.
Rostros que aparecían una y otra vez entre documentos, testimonios y recuerdos ajenos.
Quizá por eso, mientras ampliaba la imagen intentando distinguir algunos rasgos, un nombre que llevaba años sin aparecer en mis conversaciones regresó de golpe a mi cabeza.
Merleau.
El Padre Merleau.
Y lo más extraño no fue creer haberlo visto.
Lo más extraño fue descubrir que todavía era capaz de reconocerlo.
Lo cierto es que Merleau nunca fue alguien importante en mi vida.
No compartimos largas conversaciones.
No fuimos amigos.
Ni siquiera podría decir que lo conocí realmente.
Y, sin embargo, ahí estaba otra vez, interrumpiendo una tarde cualquiera frente a una pantalla.
Quizá porque los artículos tienen consecuencias inesperadas.
En junio publiqué un texto sobre FASTA África.
Como suele ocurrir cada vez que uno toca ciertos temas, la publicación generó reacciones de todo tipo.
Algunas públicas.
Otras privadas.
Algunas firmadas.
Otras enviadas desde cuentas imposibles de rastrear.
Durante varios días la bandeja de entrada de este humilde espacio digital se convirtió en una especie de confesionario improvisado.
Llegaban recuerdos.
Versiones.
Correcciones.
Historias que parecían encajar entre sí y otras que se contradecían por completo.
Entre todos esos mensajes había una pregunta que se repetía con insistencia.
—¿Y el Padre Merleau?
Era curioso.

El artículo hablaba sobre África.
Sobre una misión.
Sobre una serie de decisiones institucionales.
Y, sin embargo, buena parte de las conversaciones terminaban desembocando en el mismo nombre.
Como si detrás del artículo existiera otro relato que todavía nadie había terminado de contar.
Entonces comenzaron a llegar los testimonios.
Uno de los primeros correos afirmaba que Merleau habría logrado hacer ingresar a un familiar al seminario sin que aquello hubiera sido comunicado de manera transparente.
El remitente hablaba de un hermano.
No le di demasiada importancia.
Hasta que algunos días después llegó otro mensaje.
La historia era prácticamente idéntica.
Salvo por un detalle.
Donde uno decía «hermano», el otro decía «primo».
Y esa diferencia no era menor.
Porque la cuestión nunca fue si un familiar podía o no ingresar al seminario.
La pregunta era otra.
Si aquello era cierto, ¿por qué parecía formar parte de una historia paralela y no de una decisión conocida y asumida institucionalmente?
Intenté profundizar.
Pregunté.
Volví a preguntar.
Busqué personas que pudieran corroborar o descartar aquellas versiones.
Pero todas las conversaciones terminaban exactamente en el mismo lugar.
Nadie quería involucrarse.
Nadie estaba dispuesto a confirmar públicamente aquello que muchos parecían comentar en privado.
Y así fue como esas historias quedaron exactamente donde habían comenzado.
En el terreno de los testimonios anónimos.
Ni confirmados.
Ni desmentidos.
Suspendidos en ese incómodo espacio donde suelen vivir los rumores.
Después apareció otro mensaje.
Esta vez la conversación giraba alrededor de algo que, según quien escribía, se habría conocido años después.
Que la madre de Merleau llevaba un tiempo viviendo en Argentina.
Nuevamente, no encontré forma de verificar aquella versión.
Ni tampoco de descartarla.
Pero la sensación comenzaba a repetirse.
Cada nueva historia parecía abrir más preguntas de las que cerraba.
Sin embargo, entre todos los mensajes hubo uno que sí me llamó particularmente la atención.
Porque, a diferencia de los anteriores, este relato habría sido comunicado en su momento a la máxima autoridad de FASTA, al mismo Padre Fosbery.
La historia era sencilla.
Según ese testimonio, Merleau tenía la costumbre de solicitar ayuda económica a padres de familia vinculados a las obras educativas de FASTA.
A veces para gastos cotidianos.
Un desodorante.
Unas zapatillas.
Alguna necesidad concreta.
Nada particularmente escandaloso.
Salvo por un detalle.
Quienes conocían el funcionamiento de la institución sabían que existían mecanismos previstos para cubrir las necesidades básicas de seminaristas y sacerdotes.
Y entonces recordé otro de los testimonios recibidos y compartidos en este espacio durante junio.
El de una familia de San Martín de los Andes que, durante años, abrió las puertas de su casa a seminaristas y colaboró económicamente con distintas iniciativas del movimiento.
Según su relato, parte de esas contribuciones habrían sido entregadas como donaciones para FASTA África a través del P. Merleau.
La historia no terminaba ahí.
De acuerdo con lo señalado posteriormente por algunos miembros oficializados del movimiento, esos fondos no habrían sido registrados ni declarados ante las autoridades internas correspondientes.
Tampoco existiría claridad sobre su destino final.
Ni sobre si fueron efectivamente utilizados en la tarea apostólica que se decía sostener.
No tengo elementos para afirmar que aquello ocurrió. Tampoco para descartarlo.
Pero mientras releía aquellos intercambios, me resultó imposible ignorar una sensación incómoda.
La misma que aparecía una y otra vez cada vez que el nombre de Merleau volvía a surgir en una conversación.
Las preguntas parecían multiplicarse más rápido que las respuestas.
¿Quién era realmente Merleau?
Y sobre todo…
¿Cuánto sabía la institución sobre la persona que durante años presentó como uno de los rostros más visibles de su misión en África?

Llegados a este punto, siento que le debo una explicación al lector.
No.
No creo realmente haber encontrado al Padre Merleau en una tribuna del Mundial.
Ni en Portugal contra el Congo.
Ni en ninguna otra parte.
De hecho, mientras escribo estas líneas, ni siquiera estoy seguro de que la persona que apareció durante unos segundos en la transmisión se pareciera realmente a él.
Quizá fue una sonrisa.
Quizá un gesto.
Quizá una mala pasada de la memoria.
Pero eso nunca fue lo importante.
La escena del Mundial dice mucho más sobre mí que sobre Merleau.
Sobre las horas que pasé revisando fotografías para escribir sobre FASTA África.
Sobre la tendencia que tenemos algunos a convertir cualquier coincidencia en el comienzo de una investigación.
Y sobre la extraña forma en que funcionan las historias inconclusas.
Porque la memoria no guarda solamente personas.
Guarda preguntas.
Y quizá por eso, durante unos segundos, creí reconocerlo.
O quizá porque las historias que quedan abiertas terminan apareciendo donde menos las esperamos.
Por eso, si usted llegó hasta aquí esperando saber dónde está el Padre Merleau, voy a decepcionarlo.
No lo sé.
Tampoco sé si alguien lo sabe con certeza.
Lo único que sé es que, cada vez que su nombre aparece en una conversación, empiezan a surgir nuevas versiones.
Nuevos recuerdos.
Nuevas dudas.
Y cuando una historia produce más preguntas que respuestas, el problema deja de ser el personaje.
El problema pasa a ser el relato que construimos alrededor de él.
Quizá el verdadero misterio nunca fue dónde está Merleau.
Quizá el verdadero misterio sea cómo una institución que hizo del profesionalismo una de sus banderas terminó rodeada de tantas preguntas sobre una de las historias que alguna vez presentó con más orgullo.
La imagen del Mundial desapareció apenas unos segundos después.
Con los años he descubierto que las instituciones rara vez son perseguidas por sus errores.
Son perseguidas por sus silencios.
Los errores pueden explicarse.
Los silencios, en cambio, suelen llenarse de versiones.
Las dudas, en cambio, siguen ahí.
Y sospecho que seguirán mucho después de que termine este artículo.
Porque algunas historias terminan con respuestas.
Y otras sobreviven precisamente porque nadie logra encontrarlas.
Che…








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