Durante años, MJ creyó que había sido expulsada de la Iglesia por hacer una pregunta. No una pregunta teológica. No una discusión académica. No un desafío contra la fe. Una pregunta nacida del miedo y de la preocupación por otros. Para comprender aquella escena ocurrida en una pequeña capilla escolar entre 2007 y 2009, es necesario comenzar mucho antes.
La historia de MJ no empieza en FASTA ni en el colegio. Empieza en la casa de su abuela. La fe llegó a su vida de manera sencilla. No a través de grandes tratados ni discursos. Llegó por medio de una mujer que rezaba, confiaba en Dios y transmitía una espiritualidad cotidiana. Para MJ, creer nunca fue una obligación. Fue una forma de amar y de sentirse acompañada. Por eso, cuando años después se alejó de la Iglesia, la pérdida tuvo algo de duelo familiar. No sentía que estaba abandonando un templo de cemento o una doctrina fría; sentía que estaba dilapidando la herencia más íntima que le había dejado su abuela, como si al dar un paso al costado de la fe, también se estuviera desprendiendo de ese último hilo invisible que la mantenía unida a los rezos y al cobijo de su infancia.
Fue durante un recreo cuando escuchó hablar por primera vez de FASTA. Algunos compañeros la invitaron a participar en las actividades de «Casa Santa Rosa de Lima», que era como se llamaba el grupo juvenil del movimiento. Por aquellos años, entre 2006 y 2012, esta agrupación realizaba sus reuniones en las instalaciones del Colegio Horacio Patiño Cruzatti. Fue exactamente en ese mismo periodo cuando yo también ingresé al movimiento, un cruce cronológico que años después nos pondría en el mismo camino de memoria.
Al principio, la propuesta le pareció natural: si era un grupo católico y ella era católica, ¿por qué no asistir? Sin embargo, la experiencia real pronto empezó a distanciarse de las expectativas. Si bien MJ admite que hubo sábados en los que la pasó bien, eran mucho más frecuentes los momentos de cuestionamiento. El estilo miliciano de la organización le resultaba excesivamente militarizado: la rigidez de las formaciones, la imposición del uniforme y las marchas marciales generaban en ella un rechazo silencioso. No le gustaba. Le incomodaba la sensación de que la disciplina y la autoridad ocuparan un lugar demasiado central dentro de la vida espiritual. Menciona que en su experiencia lo que más quiere una joven los fines de semana es alejarse de las formaciones u otras actividades de corte disciplinario.
A esa tirantez ideológica se le sumaba otra barrera, invisible pero palpable: el choque social. MJ recuerda con claridad que varios de los dirigentes y jefes del movimiento provenían de un estrato socioeconómico muy distinto, llegando desde La Molina, uno de los distritos más acomodados y chetos de Lima. En la dinámica cotidiana, esa distancia geográfica se traducía en una sutil condescendencia hacia los alumnos del Patiño, un colegio tradicionalmente vinculado a los hijos de la familia policial. Abundaban las expresiones que subestimaban su capacidad, los comentarios que orbitaban en torno a un implícito «tú no sabes». Mientras conversamos, MJ me regala una analogía entre risas: «Hoy lo veo y pienso que los de La Molina se sentían los españoles y nosotros, los del Patiño, éramos los incivilizados». Yo también me reí. Fue una risa cómplice, de quienes reconocen, tiempo después, las costuras de un sistema que pretendía ser santo, pero estaba profundamente cruzado por los prejuicios de la ciudad.
Fue en medio de ese clima que su padre, quien habitualmente la recogía a ella y a su hermano al terminar la jornada, deslizó una observación que entonces pareció una simple advertencia paternal: “Tengan cuidado con las sectas”. En ese momento, ninguno de los dos le prestó atención al aviso. Eran adolescentes y sus urgencias eran otras, más urgentes y menos solemnes: su hermano solo pensaba en terminar la tarde jugando al fútbol y ella, en estirar las horas para quedarse conversando con sus amigas. Nadie abrió una discusión sobre el tema; la frase quedó suspendida en el aire como un presagio ignorado. Muchos años después, MJ volvería sobre ese recuerdo. No afirma que FASTA sea una secta. Sin embargo, reconoce que aquellas dinámicas de obediencia, sumadas a la rigidez del estilo miliciano y el desdén de clase, terminaron recordándole los mecanismos de control presentes en los grupos altamente cerrados.

Durante aquellos años, el padre Sebastián Vallejo era una figura omnipresente en el entorno religioso del colegio. Tiempo después, cuando pasé a ser jefe de la estructura juvenil de FASTA Lima, logré entender el trasfondo de ese desembarco: Vallejo se ofrecía como capellán de la institución y, a cambio, el colegio cedía sus instalaciones para las actividades de los sábados. Un canje perfecto. Así fue como no solo lideró el movimiento, sino que se convirtió en un referente espiritual activo de distintos espacios formativos. Quizás en otro artículo quepa contar el conflicto silencioso que Vallejo sostuvo contra los movimientos ajenos a FASTA, aquellos que habitaban el colegio bajo el ala de los profesores de religión.
Pero Vallejo no necesitaba pedir permiso; por cuenta propia se había calzado la gorra de policía moral. Recuerdo nítidamente que, durante un recreo, se acercó a un alumno de quinto de secundaria —que era mi amigo— y le arrancó de las manos el libro que leía: El Código Da Vinci. Mi amigo, enfurecido, le exigió de forma alharaquienta que se lo devolviera, armando un pequeño tumulto en medio del patio. Al final, logró recuperar su ejemplar y, en un gesto de absoluta rebeldía, lo levantó por la espalda del sacerdote como quien alza una copa de victoria. Recuerdo que en ese momento me incomodé profundamente; después de todo, yo mismo cargué con el membrete de «Vallejo Lover» durante buena parte de mi vida.

Sin embargo, el valor de esa anécdota trasciende el califato escolar. Lo importante es notar la naturalidad con la que una autoridad se sentía con el derecho de decidir qué lecturas eran aceptables y cuáles debían ser confiscadas. Con el tiempo comprendí que aquella escena resumía el clima que muchos respirábamos: la certeza de que incluso las preguntas debían pasar por filtros previos, y la constatación de cómo Vallejo había logrado instaurar su cuota de poder mucho más allá de las fronteras de FASTA.
MJ ya había tomado la decisión de no participar más en las actividades de FASTA. Sin embargo, para no romper del todo con su fe y sentirse cerca de la Iglesia, asistía de forma esporádica a los grupos liderados por los profesores de Religión del colegio. Fue en esa época de transición cuando, con un mayor acceso a la información y el despegue definitivo de las redes sociales, empezó a seguir de cerca las investigaciones sobre abusos sexuales dentro de la Iglesia Católica.
A su indignación natural se le sumaba una contradicción insoportable: ¿cómo una institución que se proclamaba santa y «experta en humanidad» podía fallar en algo tan devastador y, peor aún, seguir cobijando a los abusadores en sus filas? Pero el quiebre definitivo no fue intelectual, sino doméstico. El verdadero terror la asaltó al mirar hacia adentro, a su propia casa, y pensar que su hermano menor podía estar expuesto a ese peligro. No le preocupaba tanto el hermano con el que compartía los sábados en FASTA; ella sentía que ambos, curtidos ya en la dinámica del colegio, sabrían cómo defenderse. El miedo real era por el tercero, el más pequeño de la familia. Por primera vez en su vida, MJ se enfrentó a una certeza helada: la Iglesia podía ser un lugar profundamente inseguro para los suyos.
Fue en ese contexto que tomó la decisión de buscar al padre Sebastián Vallejo. Confiaba en que un hombre consagrado a la Iglesia sería el canal adecuado para ayudarla a disipar esa niebla de dudas. La conversación ocurrió en una pequeña capilla ubicada al lado de la oficina de disciplina —una disposición arquitectónica que el colegio mantenía por aquellos años—. MJ tenía apenas quince años.
Llegó buscando orientación, pero el encuentro fue un naufragio. Según recuerda, apenas formuló la pregunta sobre las víctimas, el rostro del sacerdote mutó. La expresión se le endureció y la voz adquirió un tono punitivo, diseñado para intimidar. Mientras reconstruye esta escena durante la entrevista, las risas desaparecen por completo del ambiente. MJ se tensa, su lenguaje corporal se vuelve rígido y gesticula con fuerza al recordar que el rostro de Vallejo se tornó inyectado en sangre, adoptando la expresión de un hombre desfigurado por la furia. Su descripción no me parece ninguna exageración: yo mismo vi a Vallejo transformarse de esa manera en más de una ocasión.
MJ no recibió una explicación; recibió una sentencia. Según relata, el sacerdote le espetó que Dios y la Iglesia estaban por encima de cualquier cuestionamiento, que la vida era simple y que solo existían dos caminos: aceptar o marcharse. Le dijo que la institución no necesitaba de indecisos ni de timoratos, y que su obligación era sepultar las dudas para abrazar la cruz, tal como Cristo lo había hecho. Si no estaba dispuesta a ese sometimiento, la puerta estaba abierta. Hoy, a la distancia, MJ comprende que lo que sufrió esa tarde fue un chantaje espiritual absoluto, aunque a los quince años no tuviera los conceptos para nombrarlo.
Sitiada por la culpa, pero firme en su dignidad, MJ respondió que, si esa era la condición para pertenecer, prefería marcharse. La respuesta final del pastor quedó sellada a fuego en su memoria: “Sí. Vete. No queremos gente como tú. No puedes estar en la Iglesia”.
Aquel día salió convencida de que había sido expulsada de la Iglesia. Lloró durante días. Seguía rezando, pero ahora lo hacía con culpa. Evitaba encontrarse con el sacerdote en los pasillos del colegio y llegó, incluso, a preguntarse si Dios existía. Su familia nunca supo lo ocurrido. Durante años interpretó aquella experiencia como un fracaso estrictamente personal. Pensó que ella era el problema. Que había formulado la pregunta equivocada. Que la fe consistía, fundamentalmente, en dejar de preguntar. El dolor calaba aún más hondo porque la memoria de su abuela estaba tejida de pasajes espirituales compartidos; MJ sentía que, al perder la Iglesia, también había extraviado un puente hacia ella.
Casi más de doce años después encontró otra interpretación. Las investigaciones sobre abuso espiritual, de conciencia y de poder dentro de la Iglesia le permitieron ponerle nombre a una experiencia que durante mucho tiempo había permanecido en una penumbra sin explicación. Hoy, MJ enfatiza la necesidad de hablar sobre estos temas desde la educación emocional; está convencida de que muchos creyentes normalizan estas dinámicas sin medir el daño profundo que causan en su salud mental.
Durante la entrevista, yo solo asiento con la cabeza. Por un momento me asalta un impulso eléctrico: quiero pedirle disculpas. Pero no me atrevo. Callo porque recuerdo que, años atrás, yo también la juzgué en silencio cuando decidió dejar FASTA, asumiendo con soberbia que simplemente no había tenido el coraje necesario para resistir el rigor del estilo miliciano. Qué ironía. Hoy, frente a ella, me doy cuenta de que la cobardía no estuvo en su retirada, sino en mi permanencia: el cobarde fui yo por entregarle mi conciencia a otras personas.
Con esa distancia que dan los años, lo ocurrido aquella tarde dejó de parecer una simple discusión entre una adolescente y un sacerdote. Comenzó a revelarse como lo que siempre fue: el uso de una autoridad religiosa para intimidar una conciencia. La transformación de una pregunta legítima en una amenaza de exclusión. La presentación de la obediencia ciega como la única condición para pertenecer.
Lo curioso —y lo verdaderamente peligroso— de todo esto es que testimonios como el de MJ se cuentan por cientos; sin embargo, las autoridades de FASTA prefieren no mover un dedo. Es más, a través de las redes sociales del movimiento, se le sigue viendo participar activamente en las actividades de la Dirección Nacional de la organización en Argentina.
Hace poco me llegó la noticia de que Vallejo se encuentra actualmente en Jujuy, supuestamente porque su padre está mal de salud. De corazón espero que sea verdad. Es decir, no que su padre padezca una enfermedad, sino que ese sea el motivo real de su estancia allá. Porque el famoso recurso de «ir a cuidar a los padres» es un libreto institucional que ya me conozco de memoria; si no, bastaría con preguntarle al padre César o a Guillermo Varela.








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