Mientras este espacio encontraba su forma —cuando todavía no sabía si quería ser refugio o vitrina— hubo un tiempo en que parecía inclinarse hacia algo inofensivo: reseñas de libros.
Ahí todo era limpio. Correcto. Compartible.
Los “me gusta” llegaban con rapidez. Era un territorio sin fricción. Nadie se incomodaba demasiado. Yo tampoco.
Hasta que un día, en la oficina, una amiga me vio escribiendo algo que claramente no era trabajo. Le dije que estaba probando con un proyecto literario.
No supe explicarlo bien. Nunca supe explicarlo bien.
Le hablé de memorias. De un movimiento dentro de la Iglesia Católica. De algo que, para quien no ha estado ahí dentro, siempre suena exagerado o difuso, como si uno estuviera contando un sueño incómodo que nadie más tuvo.
Me escuchó unos segundos y me dijo, casi sin dudar: “Ah… como el Sodalicio”.
Me sorprendió porque me ahorró el rodeo. “Sí”, le respondí.
Entonces me contó que acababa de leer Y líbranos del mal, de Santiago Roncagliolo. Yo, que ya venía metido en esa literatura que mezcla denuncia y memoria, le hablé de otra capa: Sepulcros blanqueados, de Gonzalo Cano.
Y de un nombre que aparece como sombra detrás de esas páginas: Jeffrey Daniels.
Gonzalo cuenta que, años después de dejar el Sodalicio, recibió una solicitud de amistad de Daniels. No era un hombre derrotado ni escondido por las graves acusaciones de abuso sexual y psicológico que pesaban en su contra; al contrario, vivía con total normalidad en Estados Unidos, con esposa e hijos. Una vida que —vista desde afuera— parecía haber cerrado todas sus heridas.
Entonces aparece la pregunta que incomoda porque no tiene destinatario claro: ¿Qué pasaría si esos hijos vinieran al Perú y descubrieran quién fue su padre para otros?
No es solo un recurso literario. Es una forma de medir el daño en el tiempo. De preguntarse si la verdad tiene fecha de vencimiento o si, tarde o temprano, siempre encuentra a quien la hereda.
Porque hay historias que no terminan cuando se silencian. Solo cambian de lugar. Se mudan. Aprenden otro idioma. Forman familia. Y, aun así, siguen esperando ser dichas.
Personalmente, me quedo con Sepulcros blanqueados. Hay algo en sus personajes y en sus contradicciones que se parece demasiado a lo que muchos vivimos dentro de espacios de la Iglesia Católica: ese equilibrio frágil entre ser uno de ellos y empezar a cuestionar.
Y cuando uno se reconoce en una historia, ya no la lee igual. La atraviesa.
Así, casi sin darme cuenta, el blog empezó a torcer su rumbo. Un día, esa misma amiga me preguntó: “Wallsito, ¿cuándo vas a publicar algo de tu libro en el blog? Para ver cómo va”.
No era una exigencia; era una invitación. Y así nació el artículo ¿Y el libro, para cuándo?. No sabía que ese texto era una puerta de entrada fácil, pero de salida incierta.
Ese texto me expuso a la mirada que se posa sobre el que decide nombrar lo que otros prefieren dejar en penumbra.
Ahí entendí algo que no se aprende leyendo: cómo se mira al desertor. Al que señala el error. Al que exige verdad. Se le mira con la distancia gélida de quien necesita convencerse de que el traidor siempre estuvo roto por dentro.
Y cuando la injusticia deja de ser una idea y se vuelve cercana, casi íntima, la indiferencia deja de ser una opción.
Así empezó a crecer el blog. O a deformarse. Le dije una vez a mi primo: “Solo por Webeo es el primer espacio digital que no tiene lectores. Tiene haters”. Llegaron comentarios y correos anónimos: mal agradecido, resentido, falto de virilidad. Palabras que no buscan describir; buscan ponerte de nuevo en tu sitio.
Por eso dudé al abrir un mensaje de un viejo conocido de Argentina. Decía:
Hola Lucas cómo andas ? Tanto tiempo ! Estuve leyendo tu blog !! Me interesa bastante, si tenés ganas algún día podríamos conversar ( todo desestructurado, no te escribo en nombre de fasta ni nada ) te mando un abrazo.
Y así se dio la videollamada. Una conversación que, en teoría, era para intercambiar experiencias. Pero a veces las conversaciones no traen respuestas: traen memoria.
Recién ahí pude ponerle nombre a algo que antes solo sentía. A eso que el padre Luis Alfonzo Zamorano llama —sin demasiadas vueltas— hechizo.
Porque no es que uno no vea. Es que aprende a no ver.
Y tuve que volver al año 2012, a una jornada de “mandos” de la jurisdicción de FASTA en Lima. Un ensayo de poder en escala menor donde discutíamos roles y funciones.
En medio de la reunión, propusimos una idea que traíamos de Javier y Daniel, dos seminaristas peruanos que entonces vivían en Buenos Aires: que hubiera exposición al Santísimo durante las actividades como lo hacía Ruca Pampero porque eso daría frutos espirituales a fin de año.
La respuesta que recibimos no fue un argumento. Vino del sacerdote Sebastián Vallejo y fue tajante:
“Lo que diga Javier y Daniel… me lo paso por el medio de las bolas. Ellos están en Buenos Aires y no tienen por qué opinar. Los que estamos acá poniendo el lomo por la jurisdicción somos nosotros”.
En ese instante, nadie se levantó. Nadie dijo nada. Nadie señaló el exceso. Seguimos la reunión.
Y es ahí donde la escena cambia de lugar. Porque la pregunta ya no es qué se dijo, sino quién lo dijo… y qué hicimos nosotros con eso.
¿Cómo un sacerdote recibe una propuesta espiritual y la reduce a una frase que no solo cierra la discusión, sino que la degrada? Pero la pregunta más difícil es esta: ¿cuántas veces algo nos sonó mal y aun así lo dejamos pasar porque venía de quien venía?
Porque el hechizo no es solo lo que se dice. Es todo lo que permite que eso se diga sin que pase nada.
En la misma videollamada apareció otro relato: la situación ocurrida en FASTA Catamarca, donde el mismo sacerdote, Sebastián Vallejo, habría impedido que un cura más joven celebrara la misa dominical en un campamento de convivio por el simple hecho de no haber sido invitado, dejando a todo un grupo de creyentes sin eucaristía.
Uno podría refugiarse en esa palabra elástica que todo lo amortigua: “susceptibilidades”. Pero la pregunta real es otra: ¿Cómo se justifica que un grupo se quede sin misa por una disputa que parece personal? ¿Qué se está protegiendo ahí: la autoridad o el ego?
Es ahora, con la distancia del tiempo, que la venda se cae y aparece la pregunta más brutal, esa que nos golpea la cara: ¿Cómo es posible que un sacerdote católico —alguien consagrado teóricamente para acercar a los hombres a Dios— se oponga con saña a las actividades espirituales de su propia comunidad?
La contradicción es tan enorme que casi asusta nuestra propia ceguera de entonces. ¿Cómo no lo vimos en su momento? ¿Cómo pudimos normalizar que un sacerdote diga alegremente que se pasa por el medio de las bolas la recomendación de adorar al Santísimo, o que decida, por un berrinche de exclusividad, dejar sin misa a los adultos de un convivio?
Que la misma mano que consagra el pan sea la que decida negarlo por orgullo no es un problema de «carácter». Es la evidencia de un quiebre espiritual profundo. Y que nosotros hayamos permanecido callados, asintiendo en silencio, es la prueba de lo bien que funcionaba el hechizo.
Esto dibuja un patrón. Una forma de ejercer poder que, incluso en lo sagrado, termina desplazando lo esencial. Y lo más inquietante es lo que se sabe… y no se hace.
Estas situaciones no han sido invisibles para quienes ostentan la responsabilidad en los diferentes estratos de FASTA: desde la FASTA Sacerdotal o Laical, pasando por el Movimiento, hasta la Red Educativa. Lo que queda es la sensación incómoda de una inacción que empieza a parecerse demasiado a una forma de consentimiento en cada nivel jerárquico.
Por un lado, el discurso de la virtud y la vida interior; por el otro, prácticas que no encuentran corrección ni límite. ¿Qué ocurre cuando la autoridad ve… pero decide no intervenir?
Porque hay silencios que no son prudencia. Son omisión. Y cuando la omisión se sostiene en el tiempo, deja de ser un descuido: se vuelve estructura. Cuando el poder deja de ordenarse al servicio y empieza a girar sobre sí mismo, ya no es un problema de estilos; estamos ante algo más profundo.
Al inicio de todo —cuando esto todavía podía leerse como literatura— nos preguntábamos qué pasaría si los hijos de un abusador descubrieran quién fue su padre.
Hoy me permito replantear la premisa de esos libros y traerla a nuestra propia intrahistoria:
¿Qué pasaría si todos los hijos de FASTA descubriéramos el encubrimiento de nuestro Padre Fundador Aníbal Fosbery y de nuestro actual Presidente, el Padre César?
La pregunta ya no habla de una ficción distante. Habla de un presente que ya nos está respirando en la nuca.
La verdad —cuando no se enfrenta— no desaparece. Se desplaza. Se acomoda. Espera. Y siempre encuentra a alguien: a un lector, a un testigo, o a uno mismo, años después, volviendo sobre escenas que antes no quiso entender.
Por eso, al final, la pregunta cambia de dirección. Ya no es qué pasaría si ellos descubren la verdad. Es qué hacemos nosotros con lo que ya sabemos.
El problema no es solo lo que ocurrió. Es lo que se toleró. Lo que se justificó en nombre de algo que no alcanzaba. Ahí es donde la historia deja de ser de otros y se vuelve nuestra. No para cargarla como culpa heredada, sino para decidir si va a seguir siendo silencio… o, finalmente, palabra.
Porque hay verdades que llegan tarde. Pero hay silencios que, si se sostienen, llegan peor.







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