Desde que este espacio empezó a tomar forma —primero como un ejercicio disperso, luego como una disciplina casi inevitable— han ido apareciendo textos que, sin proponérselo del todo, comenzaron a dialogar entre sí. Como si cada artículo fuera, en realidad, una pieza de algo más grande que todavía no terminaba de mostrarse completo.

En ese recorrido han aparecido nombres conocidos. Movimientos eclesiales con historias, matices y tensiones propias: algunos nacidos en el Perú, otros con proyección internacional, como el Opus Dei o el Camino Neocatecumenal. De todos ellos se puede hablar —y se ha hablado— desde fuera, desde la observación. Pero hay un punto en el que esa distancia se rompe.

Porque cuando el objeto de análisis deja de ser ajeno y empieza a rozar la propia biografía, el tono cambia. Ya no se trata solo de comprender, sino de reconstruir. Y en ese ejercicio —que tiene algo de memoria y algo de investigación— aparece FASTA: no como un concepto, sino como un lugar habitado.

Fue en ese tránsito que la palabra “verdad” empezó a incomodar. No porque estuviera ausente en el discurso, sino porque comenzaba a intuir que no siempre se decía completa. Y esa sospecha —al inicio difusa— terminó convirtiéndose en una búsqueda más deliberada.

Como suele ocurrir, la búsqueda no avanza en línea recta. Se arma con fragmentos: conversaciones, recuerdos, silencios. A veces también con voces cercanas.

Hablar con mi hermana suele ser una forma de ordenar el tiempo. Donde yo tengo fragmentos, ella traza líneas. A diferencia de mi esposa —que muchas veces escucha estas historias con sorpresa—, mi hermana no se sorprende. Completa.

Y fue en una de esas conversaciones donde algo quedó expuesto.

La llamé para comentarle un episodio que más adelante desarrollaré: una historia ocurrida dentro del seminario de FASTA. No era una conversación pública. Pero por esas casualidades que, vistas después, dejan de parecerlo, fue ella quien puso el celular en altavoz.

Mi madre estaba cerca.

Escuchó todo.

Mi madre —miembro oficializado de FASTA— no reaccionó con indiferencia. Se estremeció. Pero, casi en un reflejo inmediato, como quien intenta sostener lo que conoce, afirmó con convicción algo que quedó flotando:

“Pero Fosbery no sabía nada de eso.”

No respondí en ese momento. No por falta de ideas, sino por prudencia. Y también por respeto.

Hoy, en cambio, esa frase vuelve de otro modo.

Porque encierra una suposición que durante mucho tiempo funcionó como resguardo: que, de haber sabido el Padre Fosbery, habría actuado distinto.

Y, sin embargo, lo que esta investigación ha ido mostrando —a través de testimonios, tiempos y decisiones— es que esa distancia entre no saber y no actuar no siempre es tan clara como quisiéramos.

Por eso, más que corregir aquella frase, hoy se vuelve necesario revisarla.

No desde la confrontación.

Sino desde una pregunta más exigente: qué se supo, cuándo se supo… y qué se hizo con eso.

Porque es ahí —y no en la ignorancia— donde empieza a delinearse, con mayor claridad, la responsabilidad.

Y decirlo implica volver sobre la figura de Aníbal Fosbery, no desde el recuerdo idealizado, sino desde la responsabilidad que supone haber fundado y sostenido una obra de esa magnitud.

Para comprender lo que está en juego, es necesario dejar de hablar en abstracto.

Hay historias concretas.

Una de ellas es la de un seminarista al que llamaré “Jota”.

Durante sus años de formación, Jota estuvo bajo la autoridad de un superior que, según diversos testimonios, cruzó límites que nunca debieron cruzarse. No fue un hecho aislado, sino un proceso progresivo: una relación que se fue deformando hasta convertirse en un espacio de sometimiento.

Diversas fuentes coinciden en identificar a quien ocupaba ese lugar como Guillermo Rosado, entonces seminarista y jefe de una de las comunidades dentro del seminario. Se trataba de un rol reservado a los seminaristas mayores —aquellos próximos a su ordenación— y que, aunque rotativo en teoría, en la práctica implicaba cercanía, influencia y un margen real de autoridad sobre los más jóvenes.

Más que un título, era una posición.

Y, como toda posición de autoridad mal encauzada, podía convertirse en un espacio de dominio difícil de cuestionar.

Pero esto no empezó en el seminario.

La relación venía de antes. De cuando Jota era todavía escudero —un niño dentro de la estructura juvenil de FASTA— Guillermo Rosado ya ejercía liderazgo sobre él.

No hablamos de un episodio, sino de un vínculo construido durante años.

Reducir esto a una cuestión de orientación sexual sería simplista.

El problema es el poder: la capacidad que algunas personas llegan a tener sobre otras, especialmente en contextos donde la formación espiritual, la obediencia y la autoridad no siempre están equilibradas por mecanismos reales de cuidado.

Jota pasó años en una situación que pocos comprendían. Sus ausencias generaban rumores. Las explicaciones abundaban, pero todas compartían un error: miraban en la dirección equivocada.

Hasta que llegó el quiebre.

No como escándalo.

Sino como herida.

Jota habló. Y en ese quiebre apareció la verdad: había sido víctima de abuso sexual.

Foto del antiguo Seminario de FASTA

El caso llegó hasta lo más alto. Hasta Aníbal Fosbery, fundador de FASTA.

Y lo que siguió no fue solo una respuesta personal.

Fue una respuesta institucional.

El fundador optó —según los testimonios recogidos— por no dar crédito a la denuncia. Y aquí aparece una distinción incómoda: no es lo mismo no saber que no querer saber.

Las consecuencias fueron concretas. No se abrió un proceso de esclarecimiento. En su lugar, se le exigió que se retractara de lo que había dicho.

Y Jota se retractó.

No porque la verdad hubiera cambiado, sino porque fue presionado hasta un punto difícil de sostener.

Tiempo después volvería a quebrarse. Y en ese nuevo quiebre diría lo que realmente había ocurrido: que había sido forzado a negar su propia palabra.

Hubo, sin embargo, una reacción distinta. Un sacerdote de FASTA que lo acompañaba entendió lo que estaba en juego y le recomendó que se fuera y dejara el ministerio.

No como abandono, sino como lucidez.

Y así, Jota dejó de ser parte de la Fraternidad de Agrupaciones Tomás de Aquino, la rama sacerdotal de FASTA.

No mediante un acto claro, sino en esa zona gris donde las instituciones no expulsan… pero tampoco dejan lugar para quedarse.

A estas alturas, sería fácil reducir todo a nombres propios. Pensar en “los culpables”. En algunos pocos que desviaron el rumbo.

Pero esa lectura se queda corta.

Porque, según distintos testimonios, lo ocurrido con Jota no fue un hecho aislado. Hubo otros seminaristas que, en ese mismo periodo, intentaron denunciar comportamientos impropios por parte de Guillermo Rosado. Otras voces. Otras alertas.

Y, sin embargo, la respuesta fue la misma:

no hacer nada.

Incluso se llegó a señalar a quien entonces ocupaba la dirección del seminario, Guillermo Varela, no solo por su rol de autoridad, sino también por comportamientos impropios según distintos testimonios.

En este caso, la reacción fue aún más preocupante: no hubo una respuesta a la gravedad de lo denunciado. Ni siquiera una instancia de esclarecimiento.

Y es aquí donde la pregunta deja de ser difusa. 

Porque si estas situaciones llegaron a conocimiento de la autoridad más alta, entonces la responsabilidad ya no puede diluirse en la estructura.

Alcanza directamente a Aníbal Fosbery.

Padre Guillermo Varela, actualmente suspendido, junto al ya fallecido Padre Aníbal Fosbery, fundador de FASTA.

No necesariamente como autor de los hechos.

Pero sí como quien, teniendo la posibilidad de intervenir, no lo hizo en la medida que la situación exigía.

El patrón empieza a dibujarse con claridad.

No se trata solo de quién hizo qué.

Se trata de qué se decidió hacer —o no hacer— frente a lo que ya se sabía.

Es fácil, visto en retrospectiva, formular juicios. Ser categóricos después de la guerra.

Pero incluso aceptando esa cautela, la pregunta no pierde fuerza:

¿qué habría pasado si, en ese momento, la denuncia de Jota hubiera sido tomada en serio por Aníbal Fosbery?
¿Si al menos se hubiera abierto un proceso de investigación?

Quizás —y basta con plantearlo para medir su peso— muchas historias habrían sido distintas.
Quizás algunos nombres no estarían hoy asociados a más de una víctima.

Y es aquí donde un detalle mencionado líneas atrás adquiere todo su peso.

Que Guillermo Rosado fuera, en ese momento, todavía seminarista —al igual que Jota— no era un dato menor.

Porque, a pesar de los abusos sexuales cometidos, su proceso formativo en el seminario continuó.

Fue ordenado sacerdote.

Y con el paso del tiempo, según distintos testimonios y denuncias, su nombre quedó vinculado a múltiples casos de abuso sexual: al menos diez víctimas, muchas de ellas menores de edad.

Años más tarde —casi dos décadas después— estas denuncias derivaron en su salida del ministerio sacerdotal.

Según se ha dado a conocer, él mismo terminó reconociendo la veracidad de los hechos, y fue esa admisión la que motivó su expulsión.

No se trata aquí de reconstruir cada uno de esos casos.

Pero sí de señalar algo que resulta difícil de eludir:

cuando no se actúa a tiempo, el daño no se detiene.

Se prolonga.

Y es ahí donde el problema deja de ser solo personal.

Pero incluso eso no es suficiente.

Porque detrás de la estructura hay una forma de entender al hombre.

Una antropología.

Una que, al idealizar en exceso, termina desarmando sus propios mecanismos de defensa. Una que forma en la rectitud, pero no siempre en la vigilancia. Que supone pureza donde debería haber prudencia.

Es lo que aquí he llamado una antropología angelical.

Y cuando esa mirada se instala en una estructura de autoridad, ocurre algo concreto: se deja de ver el mal.

O peor aún: se decide no verlo.

Y es desde ahí que el punto final se vuelve inevitable.

Porque si los hechos ocurrieron, y si llegaron a conocimiento de la autoridad más alta, entonces ya no estamos solo ante un error de percepción.

Estamos ante una decisión.

Y esa decisión —con todas las matizaciones que se quieran hacer— tuvo consecuencias reales.

En ese sentido, resulta difícil eludir una conclusión incómoda: Aníbal Fosbery no fue simplemente un espectador desinformado, sino que, al no actuar con la debida firmeza, terminó siendo partícipe —al menos de forma indirecta— de un sistema que permitió que estos abusos persistieran.

No por malicia evidente.

Sino por desorden en aquello que decidió proteger.

Porque si algo enseña la tradición cristiana —de Agustín de Hipona a Tomás de Aquino— es que el mal no siempre proviene de la intención explícita de hacer daño, sino del amor desordenado: cuando algo bueno ocupa un lugar que no le corresponde.

Y aquí la hipótesis se vuelve clara: en algún punto, la obra de FASTA fue puesta por encima de las personas que la componen.

La institución por encima de sus miembros.

Ese fue el quiebre.

Ese fue el error.

Y, quizás, ese fue el mayor pecado del Fundador de FASTA: la soberbia de creer que preservar un supuesto prestigio de la obra era un bien mayor.    

Pero la realidad —siempre más concreta que las ideas— terminó mostrando otra cosa: 

Que cuando la verdad se subordina, y cuando el dolor se silencia, ninguna obra se sostiene sin costo.

No se trata, entonces, de dividir el mundo entre buenos y malos.

Al final, la tragedia de FASTA no radica en la irrupción del mal —que es, después de todo, una posibilidad humana— sino en la arquitectura que se diseñó para ignorarlo.

Al elegir ese supuesto prestigio de la obra por sobre la verdad del herido, Aníbal Fosbery no salvó su obra; la condenó a una fragilidad permanente. Porque una institución que necesita el silencio de sus víctimas para sostenerse, ya no es un templo, sino un mausoleo.

Por eso, en la carta abierta que escribí en abril al Padre César Garcés, actual presidente de FASTA, sostuve que hoy él tiene una oportunidad histórica: la de mirar el problema de frente y, finalmente, volver a poner a las personas en el centro.

La historia dirá que no fueron los ataques externos los que agrietaron los muros, sino el peso insoportable de lo que se decidió no decir. Y en ese silencio, la obra dejó de ser el refugio de los hombres para convertirse en el monumento de una soberbia que, al intentar ser angelical, terminó olvidando lo más sagrado: el prójimo.

3 respuestas a «El mayor pecado del Padre Fundador»

  1. […] fue, en realidad, el inicio del declive visible para toda una generación de FASTA. Como escribí en El mayor pecado del Padre Fundador: «Al elegir ese supuesto prestigio de la obra por sobre la verdad del herido, Aníbal Fosbery no […]

  2. […] El mayor pecado del Padre Fundador […]

  3. […] este episodio profundicé anteriormente en el artículo El mayor pecado del Padre Fundador. Lo menciono aquí porque, sin ese antecedente, resulta imposible comprender el peso que tuvo […]

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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