Una reflexión sobre , la “Madera de Apóstol”, el abuso espiritual y los mecanismos que convierten el silencio en una forma de supervivencia.
Hay una pregunta que incomoda porque desarma prejuicios demasiado instalados: ¿por qué una víctima de abuso puede tardar años —a veces décadas— en hablar o denunciar?
Las respuestas más comunes suelen quedarse en la superficie: miedo, vergüenza, confusión. Pero esas palabras no explican el fenómeno; apenas lo nombran. Porque lo verdaderamente inquietante es esto: muchas veces callar no es una falla del sujeto, sino el resultado de una forma de organización que convierte el silencio en una condición para sobrevivir.
No parto de un marco teórico, sino de la experiencia compartida en la que ciertos gestos, frases y reacciones se repiten con notable regularidad. Incluso en espacios de confianza, es frecuente que la incomodidad no recaiga sobre el hecho denunciado, sino sobre quien lo señala: «¿Qué manera de joder, no?»
La frase, aunque cotidiana, revela algo más profundo: para el sistema, el problema nunca es el hecho que se denuncia, sino que la denuncia exista. Lo que incomoda no es el daño, sino la ruptura del silencio.
Cuando el silencio se vuelve supervivencia
Lo que aparece como una reacción individual —callar, dudar, postergar— no es, en realidad, un hecho aislado. Responde a un patrón estructural.
Aun así, conviene añadir un matiz. Ese silencio no siempre se experimenta como una decisión consciente. Con frecuencia opera como un mecanismo psíquico más profundo, una forma de defensa que no se reconoce como tal sino con el paso del tiempo.
Lo que hoy puede nombrarse como sometimiento, en su momento se vive como normalidad. No hay, en ese instante, una comprensión clara de lo que ocurre, sino una adaptación progresiva a condiciones que solo más tarde —a veces años después, a partir de ciertos hechos o disparadores— logran hacerse visibles.
El silencio, en ese sentido, no es solo impuesto desde fuera: también se instala lentamente en la propia estructura de la experiencia.
En organizaciones como o el Sodalicio, este fenómeno adquiere formas particularmente complejas porque el sometimiento no suele presentarse como violencia explícita, sino como fidelidad, entrega o formación espiritual.
Y ahí aparece un concepto profundamente instalado en la cultura interna de FASTA: la llamada “Madera de Apóstol.”
La imagen era sencilla pero poderosa. Así como Jesús trabajaba la madera siendo carpintero, nosotros debíamos convertirnos en esa madera sobre la cual Él pudiera trabajar.
¿Y cómo ocurría eso?
Muchas veces a través de los jefes y de los sacerdotes que ejercían como capellanes jurisdiccionales, figuras que supuestamente buscaban siempre el bien espiritual de cada persona.
A esa idea se sumaba otra consigna profundamente repetida dentro de FASTA: toda autoridad viene de Dios y, por lo tanto, la voluntad de Dios se expresaría también a través de nuestras autoridades.
En teoría, aquello apuntaba a la formación del carácter y al crecimiento espiritual. Y probablemente muchos lo vivieron sinceramente así.
Pero con el tiempo aparece una pregunta más incómoda.
Porque en el intento constante por demostrar que uno tenía “Madera de Apóstol” o “pasta de jefe”, muchas veces se terminaba relegando algo esencial: el juicio crítico personal.
La lógica se volvía casi imperceptible: si la autoridad representaba la voluntad de Dios, disentir podía empezar a sentirse menos como un acto de reflexión y más como una forma de soberbia, falta de entrega o inmadurez espiritual.
Y entonces el problema ya no era simplemente obedecer.
El problema era aprender lentamente a desconfiar de la propia conciencia antes que de la estructura.
El sistema no teme al abuso: teme a la denuncia
Tanto en el caso Sodalicio como en el expediente FASTA, la institución activa mecanismos de escucha solo cuando el escándalo ya no puede ser contenido. Sin embargo, esa apertura no implica una disposición real a la verdad, sino una reconfiguración del control: se escucha, pero bajo condiciones que preservan el orden interno.
El alivio que se ofrece no libera; reorganiza el sometimiento.
Aquí conviene detenerse. No estamos frente a fallas aisladas, sino ante una lógica donde la verdad queda subordinada a la conservación de la estructura.
Dicho de otro modo, no se protege lo que es justo, sino lo que permite que todo siga igual.
Como sugería Agustín de Hipona, el problema no es amar, sino amar mal: cuando ese orden se desarma, se termina defendiendo aquello que solo se mantiene si nadie lo cuestiona.
“Hablar rompe todo”: el chantaje emocional institucional
El sacerdote y académico Luis Alfonso Zamorano ha estudiado durante más de diez años los abusos dentro de la Iglesia. En su libro Ya no te llamarán abandonada explica que el abusador no siempre usa violencia directa: muchas veces le basta con hacer sentir que, si alguien habla, todo se puede venir abajo.
Es el recurso del chantaje emocional definitivo: si hablas, algo se rompe; si callas, todo permanece en pie.
En ese marco, la víctima no guarda silencio por ignorancia, sino por supervivencia. Aprende que “ser buena” significa callar.
El silencio deja de ser una omisión y se convierte en una forma torcida de fidelidad.
La víctima convertida en guardiana del sistema
Aquí aparece uno de los mecanismos más perversos: la transformación del sujeto.
La víctima deja de ser quien debe ser cuidada para convertirse en la guardiana del sistema.
Sostiene el equilibrio, justifica, minimiza, encubre. No porque quiera, sino porque ha aprendido que de ello depende su pertenencia, su seguridad, incluso su identidad.
En espacios donde la lógica de obediencia está profundamente arraigada —como ocurrió durante años dentro de FASTA y su cultura de “Madera de Apóstol”— cuestionar puede sentirse peor que sufrir.
Porque decir la verdad empieza a percibirse como traición.
Y entonces ocurre la inversión moral más peligrosa:
Decir la verdad pasa a ser “hacer el mal”. Soportar se vuelve “hacer el bien”.
FASTA, escucha institucional y control del daño
En ese contexto, la demora en hablar no es un accidente ni una debilidad. Es el resultado de un aprendizaje profundo: cuestionar lo vivido implica arriesgarlo todo. No solo vínculos o espacios, sino también el sentido mismo de lo que uno ha sido.
El testimonio de Matías Bao permite ver con claridad esta dinámica. Tras denunciar situaciones de abuso dentro de la Fraternidad Sacerdotal y ante la falta de respuesta institucional, optó por abandonar la organización.
Las etiquetas que recibió después —“Lutero Miliciano”, “cura apóstata”— no explican su decisión; revelan, más bien, el mecanismo defensivo de una estructura que no tolera ser interpelada.
Como señaló en una de sus cartas, al referirse al Departamento de Escucha de FASTA:
«¿En serio creen que vamos a exponer nuestra intimidad ante muchas de las mismas personas que supieron estas cosas durante décadas y nunca hicieron nada? Suena a burla».
Cuando la verdad amenaza al sistema, el foco deja de estar en el daño que se realizó y se desplaza hacia quien lo nombra.
En ese desplazamiento aparece con frecuencia una figura conocida: la acusación de resentimiento.
No se trata, en la mayoría de los casos, de un juicio deliberado, sino de un mecanismo más sutil de negación. Al atribuir la denuncia a una supuesta herida subjetiva, se atenúa la gravedad objetiva de los hechos.
El problema deja de ser lo ocurrido y pasa a ser la “motivación” de quien lo señala.
Para el observador externo, esta operación resulta funcional: es más sencillo cuestionar la legitimidad del que habla que confrontar aquello que obliga a revisar las propias certezas.
El problema no es individual: es estructural
La Red de Sobrevivientes en el Perú ha advertido cómo estos procesos suelen estructurarse bajo condiciones que priorizan el cierre institucional por encima de la verdad.
Se imponen plazos, espacios hostiles y criterios que terminan por convertir la reparación en una transacción.
Es la mercantilización del trauma: el sufrimiento solo es reconocido si se expresa en los términos que la institución puede procesar.
Así, lo que se presenta como escucha termina funcionando como filtro. Y lo que se presenta como reparación muchas veces termina siendo un límite.
Esta situación no repara; ordena el daño para hacerlo administrable.
Y entonces la pregunta inicial se vuelve más incómoda de lo que parecía.
No es solo por qué una víctima tarda tanto en hablar, sino por qué cierto tipo de estructuras son capaces de convertir el silencio en una forma de supervivencia y la verdad en una amenaza.
Porque ahí, el problema ya no es individual.
Es estructural.
Y, sobre todo, es moral.
Quizá por eso hoy muchos se atreven, por fin, a alterar incluso aquellas consignas que durante años parecían intocables.
Donde antes la Marcha Vigilia Miliciana decía: “el tiempo de reposo ya ha cesado”, hoy comienza a emerger otra frase, nacida no de la épica institucional sino de la necesidad de verdad:
“El tiempo de silencio ya ha cesado.”
Y tal vez eso obligue finalmente a formular una pregunta que durante demasiado tiempo permaneció suspendida entre murmullos, temores y lealtades aprendidas:
¿Qué rol cumplió realmente el padre Aníbal Ernesto Fosbery en la construcción de una cultura donde el silencio, la obediencia y el sometimiento psicológico pudieron sostenerse durante tantos años dentro de FASTA?
Porque cuando una estructura reproduce sistemáticamente las mismas formas de encubrimiento, manipulación o silenciamiento, la discusión ya no puede limitarse únicamente a los excesos individuales.
También exige interrogar las ideas, las lógicas y las figuras de autoridad que hicieron posible ese mundo.
Y quizá haya llegado el momento de empezar a hacerlo.
De eso tratará la publicación del martes 2 de junio.
Si quieres acompañar este camino, puedes unirte al canal de difusión de WhatsApp, donde esta comunidad —todavía pequeña, pero cada vez menos silenciosa— sigue encontrando una forma de hacerse presente.








Deja un comentario