Hay experiencias que uno recuerda por importantes. Y otras —quizás más honestas— que se quedan por ridículas.
En 2009 viajé a Argentina para participar en el campamento “San Pablo”, un espacio de formación para jóvenes líderes dentro de la estructura juvenil de FASTA. Era mi primer viaje al extranjero, y todo tenía un aire de novedad: los acentos, las dinámicas, la sensación —un poco inflada— de estar entrando en una versión más “central” de la organización.
Recuerdo una de las primeras formaciones: filas ordenadas, la bandera al frente, himnos cantados con entusiasmo marcial.
En medio de todo eso, un mendocino tenía un toffee en el bolsillo que, por el calor, se le había derretido y le había dejado la mano pegajosa. Lo miró y soltó:
—Carajo, te estás derritiendo, Lucas.
Nos reímos. Y la escena siguió como si nada.
Hasta ese momento, en Perú, yo podía joder a otros por el tono de su piel. En Argentina, el moreno era yo.
No fue un problema. Apenas una escena más dentro del campamento.
Pero ese viaje dejó algo más.
En una conversación informal, le preguntamos a un sacerdote por FASTA África. Su respuesta fue tajante:
—No hay FASTA en África. Lo único que hay es un chico interesado; pero hoy no hay nada.
No hubo discusión. Nadie repreguntó.
Yo mismo repetí ese discurso… hasta que dejó de sostenerse.
En 2012 volví a viajar a Argentina, pero esta vez para la celebración por los 50 años de FASTA.
Me quedé en la casa de la familia Terán. A Nico —uno de los tres hijos, no recuerdo bien si el segundo o el tercero— lo había conocido en 2009 en el campamento San Pablo, y desde entonces habíamos mantenido el contacto por MSN Messenger. Ese detalle, menor en apariencia, también dice algo: los vínculos dentro de FASTA no se disolvían fácilmente; se sostenían, se proyectaban.
Muchos de la delegación de FASTA Lima estaban alojados en el Seminario de FASTA, que funcionaba como punto de encuentro. Desde ahí salíamos a las actividades y volvíamos cuando no había mucho más que hacer.
Una de esas tardes, sentados cerca de una puerta lateral que daba a la capilla del Colegio Catherina, se acercó uno de los seminaristas —no recuerdo si fue Javier Bastos o Daniel Torres; ambos eran seminaristas en ese momento— y nos dijo que quería presentarnos a alguien.
Nos presentó a Merleau.
Un joven africano, congoleño. Era el mismo que años atrás había querido llevar FASTA a su ciudad: Kinshasa, la capital del Congo.
Al día siguiente viajaría con nosotros a Mar del Plata para los festejos centrales.
Allí, la escena cambió. El Padre Fosbery, fundador de FASTA, lo presentaba con indisimulado orgullo. Recuerdo cuando, en un momento, llamó a un miliciano que hablaba francés para traducir lo que Merleau decía.
En ese contexto se anunció que ingresaría al Seminario de FASTA, con la ilusión de convertirse en sacerdote.
Y así fue.

El 25 de marzo de 2017, Merleau Nsimba Ngoma se ordenó sacerdote de FASTA y de la Iglesia Católica.
El primer sacerdote congoleño de la Fraternidad Sacerdotal Tomás de Aquino.
Y hoy, como con tantos nombres de consagrados y laicos de FASTA, surge la pregunta: ¿dónde está el padre Merleau?
Lo primero que aparece no es una historia ordenada, sino fragmentos. Versiones. Rumores.
Algunos dicen que la última vez que lo vieron fue en España. Otros aseguran haberlo cruzado en Argentina. También están quienes sostienen que volvió al Congo y que hoy es pastor evangélico.
Versiones hay muchas.
Pero hay algo que, en medio de todo eso, descoloca.
Según me contaron, en el seminario llegaron a decirles a los jóvenes:
“Si lo ven caminando por Argentina, avísennos”.
Y uno no sabe bien cómo leer esa frase.
Si como un chiste.
Si como una señal de desorden.
O como la punta de algo más serio.
Porque la pregunta no es solo dónde está.
Sino cómo se llegó a esta situación.
Sería fácil quedarse en el misterio o en el morbo. También reducir todo a lo que hoy se dice sobre él. Porque sí: existen testimonios que lo señalan por abusos de poder y de conciencia. Y eso no se puede ignorar.
Pero no sería lo único. También existiría el testimonio de una familia de San Martín de los Andes que, durante años, habría recibido con frecuencia a seminaristas en su casa y realizado donaciones económicas al movimiento. Según este relato, parte de ese dinero habría sido entregado como “donaciones para FASTA África” a través del P. Merleau. Sin embargo, de acuerdo con lo señalado por algunos miembros oficializados del movimiento, esos fondos no habrían sido registrados ni declarados ante las autoridades internas, y tampoco habría claridad sobre su destino final ni sobre si fueron efectivamente utilizados en la tarea apostólica en África.

Pero no es ese el punto central.
Hoy aparecen otras preguntas.
¿Por qué se permitió su ordenación?
¿Fue el seminario un camino de fe… o también un espacio donde operan otras motivaciones?
Sobre este punto, algunos miembros de FASTA y otros que ya no pertenecen a la institución sugieren que, ante la precariedad extrema que se vive en regiones como el Congo, la Iglesia puede operar como una estructura paraestatal de bienestar. Bajo esta óptica, el ingreso a las órdenes sagradas se interpreta como la búsqueda de un capital social privilegiado: un puesto de mando donde el estatus clerical garantiza seguridad, educación de élite y un blindaje contra la marginalidad. En ese esquema, la verdadera vocación corre el riesgo de quedar desplazada por una necesidad de ascenso social o, en el peor de los casos, por un hambre de poder.
Sin embargo, el análisis aquí no busca juzgar la idoneidad personal de un individuo, sino identificar un patrón repetitivo en la toma de decisiones institucional: la tendencia a priorizar el éxito de la expansión y la imagen corporativa por sobre las advertencias locales. El caso de Merleau es ilustrativo: ¿Por qué se decidió avanzar con su ordenación cuando —según distintos testimonios— el propio obispo del Congo había advertido que no tenía vocación?
Porque no solo se lo ordenó sacerdote.
Se lo sostuvo.
Se apostó por él.
Hasta que empezaron las fricciones.
Y cuando una advertencia así no alcanza, el problema ya no es la información disponible.
Es la disposición a escucharla.
Ahí aparece una cuestión más profunda: ¿qué lugar ocupa el discernimiento cuando entra en tensión con una necesidad institucional?
Porque no es menor que se tratara de una vocación africana.
En ese contexto, no era solo una persona.
Era un símbolo.
Y los símbolos, cuando no se cuidan, empiezan a pesar más que la realidad.
Con el tiempo, dentro de la Fraternidad comenzaron a aparecer tensiones: dificultades con la autoridad, intentos de encuadre, la sensación de que algo no terminaba de encajar.
Nada que rompiera del todo el esquema.
Pero sí lo suficiente.
Según testimonios, el propio padre Merleau Nsimba llegó a amenazar al regente de aquel entonces, el Padre César Gárces: que si no se le permitía volver a África, abandonaría la Fraternidad Sacerdotal de FASTA.
Visto en retrospectiva, la escena abre otra pregunta: ¿A dónde podía ir? Si había sido expulsado de su seminario en el Congo y su relación con su obispo no era buena, las opciones no eran muchas.
La alternativa de encardinarse como sacerdote diocesano en Buenos Aires tampoco parecía sencilla. No solo por las exigencias propias del proceso, sino porque, hasta donde se sabe, FASTA siempre ha mantenido —y mantiene— una buena relación con las autoridades eclesiásticas en Argentina.
Sin embargo, ante la amenaza, apareció un rasgo que marcaría la gestión del regente de aquel entonces: la irresolución. El Padre César Gárces, atrapado en una indecisión que muchos testimonios definen como una falta de carácter para enfrentar el conflicto, optó por la salida más cómoda. En lugar de sostener una autoridad basada en la verdad del discernimiento, cedió ante el chantaje. Fue esa fragilidad en el mando —una mezcla de temor a las consecuencias y postergación de lo inevitable— lo que permitió que el problema siguiera creciendo bajo la alfombra institucional.
¿A dónde podía ir?
Y eso vuelve todo más difícil de entender.
Y, sin embargo, las autoridades cedieron.
No necesariamente por convicción.
Sino, quizás, por no poder sostener otra decisión.
Con el tiempo, fue él mismo quien empezó a poner en cuestión su lugar. Dijo que necesitaba discernir si su espacio estaba realmente junto a los consagrados de FASTA.
Después de eso, el rastro se vuelve difuso.
Hay, sin embargo, un dato reciente: una publicación señala que Merleau Nsimba Ngoma fue suspendido del ejercicio del ministerio sacerdotal el 29 de abril de 2024 por el Arzobispado de Buenos Aires, y que tiene prohibido ejercer en Kinshasa.
Pero más allá de dónde esté, la pregunta importante ya no pasa por ubicarlo en el mapa.
Pasa por entender el camino que lo llevó a desaparecer del radar institucional.
Porque si algo empieza a volverse evidente es que este no es un caso aislado.
Es la consecuencia de una forma de decidir.
Una en la que, una vez más, parece haberse privilegiado la institución por encima de la persona. La imagen por encima de la verdad. Lo que se muestra hacia afuera por encima de lo que ya se sabía hacia adentro.
Si uno intenta entender cómo se llegó hasta aquí, hay una figura que aparece inevitablemente en el centro de las decisiones: el Padre Aníbal Fosbery.
No solo como fundador, sino como quien marcó el criterio con el que muchas de estas situaciones fueron leídas y resueltas.
Porque, según distintos testimonios, en un primer momento no existía un interés particular por África. Tampoco por la incorporación de Merleau al seminario.
Sin embargo, ese escenario comenzó a cambiar.
En el contexto de su relación con el entonces cardenal de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, aparece una frase que varios recuerdan como punto de inflexión:
—Che, dale bola al África.
A partir de ahí, el discurso empezó a moverse.
África dejó de ser un lugar lejano para convertirse en un horizonte posible. Y, con el tiempo, en un elemento que la propia institución utilizaría como signo de proyección.
Ya durante el pontificado de Jorge Bergoglio, esa línea se consolidó aún más. FASTA comenzó a presentarse como una obra que había sabido anticipar ese rumbo, afirmando que desde años anteriores venía trabajando en favor de la comunidad africana.
Visto en retrospectiva, ese cambio no es menor.
Porque permite leer ciertas decisiones —entre ellas, la ordenación de Merleau— no solo como hechos aislados, sino como parte de un proceso en el que la imagen institucional comenzó a adquirir un peso cada vez mayor.
Y cuando eso ocurre, el riesgo es claro.
Que el criterio deje de centrarse en la persona concreta… para empezar a responder a lo que la institución necesita mostrar.
Si uno mira el recorrido completo, la ordenación de Merleau Nsimba Ngoma deja de ser un hecho aislado.
Se vuelve síntoma.
Parte de una lógica que ya había aparecido antes: el silencio frente a comportamientos impropios en su mismo seminario, decisiones orientadas a consolidar la estructura y la necesidad de sostener ciertos símbolos.
En ese marco, la figura de un sacerdote africano no era solo una vocación.
Era también una representación, un símbolo.
Y eso cambia el modo en que se decide.
Porque cuando los errores se repiten, dejan de ser errores.
Empiezan a parecerse a un patrón.
Porque el problema no es solo lo que pasó con Merleau.
Es lo que su historia deja ver cuando se la mira completa.
No como episodios aislados, sino como una forma de decidir.
Una en la que el silencio pesa más que la advertencia.
La necesidad institucional más que el discernimiento.
Y el símbolo más que la persona.
En ese esquema, los errores no irrumpen.
Se administran.
Se sostienen.
Se postergan.
Hasta que ya no pueden ocultarse más.
Y entonces, lo que aparece no es solo una historia mal resuelta.
Es algo más incómodo.
La sospecha de que, en ciertos momentos, la institución dejó de preguntarse qué era lo verdadero… para empezar a sostener lo que resultaba conveniente.
Y cuando eso ocurre, el problema ya no es de una persona.
Es de criterio.
De prioridades.
De fondo.
Porque una institución puede sobrevivir a un error.
A lo que no siempre sobrevive es a la lógica que lo hizo posible.








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