La tibieza del laico y el prestigio de la estructura

Hay algo profundamente extraño en ciertos sectores del catolicismo contemporáneo: la facilidad con la que se exige heroísmo moral hacia afuera y la velocidad con la que se relativiza todo cuando el cuestionado pertenece a la propia estructura.

Quizás por eso muchas discusiones dentro de la Iglesia ya no parecen búsquedas honestas de verdad, sino ejercicios de administración institucional del escándalo. Lo importante no es esclarecer. Lo importante es contener. Bajar el ruido. Proteger el prestigio. Evitar que “la obra” se vea afectada.

Y ahí aparece uno de los problemas más graves del cristianismo moderno: haber confundido la defensa de la Iglesia con la defensa de determinadas estructuras humanas —y de las personas que las integran—, a quienes se coloca en un pedestal que termina derivando en un negacionismo puro y duro.

Porque una cosa es la fe. Y otra muy distinta es el reflejo corporativo de quienes sienten que cualquier cuestionamiento amenaza el edificio entero.

Hoy, cuando alguien me pregunta si soy católico, la respuesta nunca termina de salir limpia. Porque sí: fui bautizado, me confirmé, crecí dentro de una formación profundamente católica. Hay símbolos, afectos y recuerdos que siguen formando parte de mí. Pero también hay una distancia imposible de ignorar frente a ciertas dinámicas institucionales que terminaron convirtiendo la obediencia en una virtud superior a la conciencia.

Y quizás ahí empieza realmente este problema.

No en los abusos en sí mismos.
Sino en la cultura que los vuelve difíciles de señalar.

Porque no estamos hablando solamente de delitos, escándalos sexuales o conductas impropias. Estamos hablando de relaciones profundamente asimétricas donde una persona investida de autoridad espiritual ocupa un lugar emocional y simbólico desproporcionado sobre la conciencia del otro.

Y cuando eso ocurre, cuestionar al líder empieza a sentirse peligrosamente parecido a cuestionar a Dios.

En el Perú reciente, el caso alrededor del padre Omar Sánchez volvió a exponer algo mucho más profundo que el simple escándalo mediático. Porque más allá de las versiones, aclaraciones o incluso de la aparición pública de un empresario afirmando no haber realizado ninguna denuncia formal, lo verdaderamente revelador fue la velocidad con la que muchos sectores católicos intentaron cerrar la discusión.

Como si bastara una explicación parcial para pasar la página.

Y sin embargo, las preguntas siguen ahí.

¿Por qué nunca existió una comunicación clara cuando estas situaciones comenzaron a circular en 2023?
¿Por qué alguien con exposición pública y liderazgo espiritual no enfrenta directamente las dudas que inevitablemente genera el caso?
¿Por qué modificar nombres o perfiles en redes sociales en medio de la controversia?
¿Y, sobre todo, por qué dentro de ciertos ambientes religiosos se normalizan dinámicas afectivas o conductas ambiguas que después escandalizan únicamente cuando se vuelven públicas?

Y aquí incluso me permito pensar desde la lógica más “puritana” posible —esa moral hipervigilante, obsesionada con la pureza externa—: parecen erigirse como templarios de las braguetas ajenas. ¿Desde cuándo resulta natural que un sacerdote aparezca fotografiado en cucharita, con el torso desnudo, junto a otro voluntario de su misma organización? 

Porque si eso no genera al menos preguntas dentro de espacios que históricamente regularon hasta los vínculos afectivos más mínimos entre hombres y mujeres, entonces quizás el problema nunca fue la moral, sino la administración selectiva de la moral.

Y quizás ahí también se entienda por qué tantos salieron tan rápidamente en defensa del padre Guillermo Varela, incluso después de que se hicieran públicas sanciones vinculadas a conductas afectivas impropias durante años en espacios formativos dentro de FASTA.

Delegación Internacional de Milicianos, 30 de abril de 2017.
Conferencia “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”.
Pbro. Guillermo Varela.

Si la aparición de fotografías —como las del padre Omar Sánchez Portillo, en situaciones que, al menos, deberían despertar preguntas— no genera la más mínima sospecha, entonces resulta menos sorprendente que se minimicen otras conductas.

Pero eso, aun siendo grave, no es lo más inquietante. Lo que casi nadie señala es otra cosa: que Varela tenía conocimiento de abusos sexuales cometidos por el seminarista Guillermo Rosado, quien se encontraba bajo su guía y dirección, y que, aun así, permitió su ordenación primero como diácono y luego como sacerdote.

Por respeto a la gravedad de lo que implica afirmar esto, esta historia requerirá ser contada con el detalle que merece.

Porque cuando el prestigio institucional entra en conflicto con la coherencia moral, muchas veces la estructura elige protegerse a sí misma antes que revisar honestamente sus contradicciones.

Y junto a estos casos aparece una frase repetida casi mecánicamente dentro de ciertos ambientes eclesiales: “que lo reduzcan al estado laical”.

La fórmula pretende sonar a sanción ejemplar, pero en su uso arrastra algo más: la idea, todavía muy extendida a nivel popular, de que el estado clerical ocupa un lugar superior al laical. Como si “volver” a la vida laica fuese, en sí mismo, una forma de degradación.

Y ahí es donde siento que se desnuda uno de los problemas más graves de la Iglesia contemporánea.

¿Reducirlo a qué exactamente?
¿A qué se reduce alguien cuando pasa a ser laico?
¿Desde cuándo ser laico implica caer de categoría?

Hay una violencia simbólica escondida en esa expresión. Una teología silenciosa donde pareciera que el consagrado ocupa un escalón superior y el resto simplemente existe más abajo. Y quizás ahí habite una de las raíces más profundas de tantos abusos eclesiales: en haber confundido vocación con jerarquía moral.

Sí, el sacerdote tiene una función sacramental única dentro de la tradición católica. Pero convertir esa diferencia funcional en una superioridad antropológica ha sido devastador. Porque mientras el sacerdote administra sacramentos, hay padres y madres sosteniendo familias enteras, criando hijos, atravesando enfermedades, trabajando hasta el agotamiento y cargando responsabilidades humanas enormes sin ningún reconocimiento espiritual equivalente.

El problema empieza cuando una Iglesia que predica humildad termina organizándose emocionalmente como una aristocracia.

Cuando el laico pasa a ser “el que no llegó”.
El cristiano de segunda categoría.
El que mira desde abajo.

Y quizás por eso tantos abusos pudieron sostenerse durante años: porque nadie cuestiona fácilmente a quien ha sido colocado demasiado cerca de lo sagrado.

Y entonces aparece la pregunta más incómoda de todas:

¿Qué pasó con el laico?

¿En qué momento la fe se volvió obediencia emocional? ¿En qué momento tantos hombres y mujeres adultos comenzaron a comportarse como empleados espirituales de estructuras a las que jamás se atreven a cuestionar?

Durante mucho tiempo intenté describirlos de manera elegante. Los llamé “laicos domesticados”. Personas entrenadas para agachar la cabeza, moderar el lenguaje y jamás incomodar al poder religioso del que dependen afectivamente.

Pero sinceramente ya no sé si esa definición alcanza.

Porque hay silencios que dejan de ser prudencia y empiezan a parecer cobardía.

Y quizás ahí aparece también la gran contradicción del miliciano contemporáneo.

Hombres que alguna vez se arrodillaron frente a un altar para prometer públicamente fidelidad a un estilo de vida, a una espiritualidad y a una obra, pero que tiemblan ante la posibilidad de ser mencionados cuando esa misma obra atraviesa cuestionamientos morales serios.

Temen “las malas interpretaciones”.

Y uno no puede evitar preguntarse: ¿malas interpretaciones de qué exactamente?

¿De pertenecer?
¿De haber defendido públicamente una estructura?
¿De quedar vinculados al dolor que esa estructura también produjo?

Porque la fidelidad institucional suele ser muy valiente mientras haya prestigio. El problema empieza cuando la lealtad exige costo personal.

Hace unos meses, un miembro oficializado de FASTA Lima —alguien a quien sinceramente le tengo cariño y estima— me pidió casi con angustia que no mencionara ciertos nombres en mis artículos. Que no los asociara con estos temas.

Y recuerdo haber pensado algo devastador: ¿cómo puede avergonzarle a alguien quedar vinculado al sufrimiento que ocurre dentro de una institución a la que prometió pertenecer públicamente?

Porque si uno forma parte de una estructura también forma parte, de algún modo, de sus responsabilidades morales. Incluso —y sobre todo— cuando esa estructura se sostiene sobre heridas que nunca terminan de cicatrizar.

Y quizás una de las cosas más agotadoras de hablar sobre estos temas sea descubrir la rapidez con la que ciertos sectores religiosos psicologizan al denunciante para evitar discutir lo denunciado.

No se debate el contenido.
Se analiza el tono.
No se responde al hecho.
Se diagnostica la herida emocional del que habla.

“Tenés mucho que sanar.”
“Voy a rezar por vos.”
“No seas instrumento de división.”

Y a ese repertorio espiritualizado de frases hechas se le sumó algo todavía más revelador: dentro de un grupo de oficializados apareció una señora diciendo alegremente que lo que yo intento hacer es “difamar”, aunque inmediatamente sintió la necesidad de cubrirse con un tímido “salvando las distancias jaja”.

Y sinceramente, señora, si usted considera que todo lo mencionado acá es falso, mi correo está abierto:
lucas.macarias@gmail.com

Puede escribirme con las pruebas necesarias para esclarecer los hechos que acá se mencionan.

Porque más adelante, en este mismo artículo, se encontrará con la sanción del sacerdote sanjuanino Guillermo Varela, fundador y capellán durante años de Ruca Pampero y director del Seminario de FASTA.

La sanción canónica

A continuación, comparto parte del comunicado firmado en enero de 2023 por Andrés Quiroga, entonces regente de la Fraternidad Sacerdotal de FASTA, respecto al sacerdote Guillermo Varela.

Y entonces quizás el problema ya no sea “la difamación”, sino la incomodidad que produce ver ciertas verdades fuera del control institucional.

Hace un tiempo, el miliciano Pablo Álvarez de Argentina, comentó uno de mis artículos diciendo que las medias verdades son peores que las mentiras y que quizás yo tenía mucho que sanar en mi corazón. Después borró el comentario. Y sinceramente no lo menciono para exponerlo, sino porque su mensaje resume con precisión quirúrgica una reacción demasiado frecuente dentro de ciertos espacios católicos.

La necesidad desesperada de interpretar toda crítica como una herida personal no resuelta.

Como si señalar mecanismos dañinos dentro de una institución automáticamente invalidara la fe de quien habla. Como si el sufrimiento volviera menos verdadera una denuncia.

Y sin embargo, el cristianismo nació exactamente al revés.

Cristo no incomodó porque estuviera emocionalmente roto. Incomodó porque decía verdades que amenazaban estructuras religiosas incapaces de soportar la luz sobre sí mismas.

En mayo, un miembro de la Fraternidad Sacerdotal de FASTA me compartió un comunicado firmado en agosto de 2023 por Andrés Quiroga, entonces regente de la fraternidad, en el que se indicaba que el padre Guillermo Varela se encontraba cumpliendo una sanción desde enero de ese mismo año por conductas impropias de orden afectivo y que, por ese motivo, no podía ejercer públicamente el ministerio.

Sin embargo, en mayo de 2023, en la sala de mi casa, el padre César Garcés me habló de una “misericordia especial” concedida para que el sacerdote pudiera cuidar a su madre, omitiendo —deliberadamente o no— que dicha situación se daba en el marco de una sanción ya vigente.

Y quizás el problema no sea solamente la contradicción entre ambas situaciones. Quizás el problema sea algo todavía más profundo: la naturalidad con la que, dentro de ciertos espacios eclesiales, las explicaciones privadas terminan desplazando —o directamente sustituyendo— la transparencia pública.

Y no, no creo que los abusos existan exclusivamente dentro de los espacios consagrados. Sería intelectualmente deshonesto afirmar algo así. Como dijo Mons. Jordi Bertomeu, si en la Iglesia existen abusos es porque existen en la sociedad. La Iglesia no vive suspendida del mundo: arrastra también sus miserias.

Pero justamente porque el abuso existe en todas partes, resulta todavía más importante preguntarse qué dinámicas particulares dentro de ciertos espacios eclesiales pueden facilitarlo, encubrirlo o volverlo más difícil de confrontar.

Y una posible respuesta —incómoda, pero necesaria— quizás esté en la forma en que muchos aprendieron a mirar al sacerdote.

No como un hombre.
No como alguien vulnerable al error, al ego o al pecado.
Sino como una categoría espiritual superior.

Porque cuando alguien es elevado simbólicamente por encima del resto, cuestionarlo empieza a sentirse casi como un sacrilegio.

Y ahí el abuso encuentra tierra fértil.

No necesariamente porque todos sean abusadores. Sino porque toda estructura que vuelve sagrada la autoridad corre el riesgo de volver intocable al que la ejerce.

Y quizás recién aquí se vuelve posible entender la verdadera gravedad del abuso espiritual y del abuso de conciencia. Porque muchas veces se habla de estos temas como si fueran apenas excesos de autoridad, errores pastorales o vínculos afectivos mal manejados. Pero el problema es infinitamente más profundo.

El abuso espiritual ocurre en el lugar más sagrado que tiene una persona: su conciencia.

O, dicho de otra manera, en el espacio donde el ser humano intenta comprender quién es frente a Dios.

Cuando alguien abre su conciencia frente a un guía espiritual no está entregando simplemente información privada. Está realizando un acto radical de vulnerabilidad. Baja las defensas psicológicas porque supone que está entrando en un territorio santo. Y justamente por eso el daño puede ser devastador.

Porque el creyente no se acerca al sacerdote, al fundador o al director espiritual como se acercaría a cualquier otra autoridad humana. Lo hace creyendo que allí existe una mediación de lo divino. Una autoridad moral investida de trascendencia.

Y cuando esa autoridad se corrompe, no solo se rompe un vínculo humano. Se fractura la capacidad misma de confiar.

Quizás por eso Mons. Jordi Bertomeu describía estos procesos como un “gusano dentro de una manzana sana”: algo que destruye desde adentro mientras por fuera todavía parece intacto.

El abuso de conciencia rara vez comienza con violencia explícita. Es mucho más sofisticado. Mucho más lento. Funciona gota a gota.

Primero aparece la instrumentalización de Dios.

Los deseos del líder empiezan a confundirse con “la voluntad divina”. La obediencia deja de ser diálogo entre adultos y se transforma en sumisión emocional. Cuestionar al superior empieza a sentirse peligrosamente parecido a cuestionar a Dios mismo.

Y entonces ocurre algo devastador: la persona aprende a desconfiar de sí misma.

De sus intuiciones.
De su incomodidad.
De sus dudas.
De su propio criterio moral.

Si siente angustia, le dicen que es soberbia.
Si sospecha algo, le dicen que es tentación.
Si quiere tomar distancia, le hacen creer que está traicionando un llamado divino.

Y así, lentamente, la conciencia queda colonizada.

Por eso me cuesta tanto aceptar la ligereza con la que ciertos laicos minimizan estos temas. Porque no estamos hablando solamente de pecados individuales. Estamos hablando de estructuras afectivas y espirituales capaces de producir personas emocionalmente devastadas incluso décadas después.

Hombres y mujeres incapaces de volver a confiar.
Personas que desarrollan miedo frente a cualquier forma de autoridad.
Víctimas que pasan años intentando reconstruir una identidad que fue moldeada alrededor de la obediencia y la culpa.

Y quizás lo más terrible de todo sea que este tipo de abuso casi nunca deja marcas visibles.

No hay golpes.
No hay sangre.
No hay fotografías.

Solo una conciencia quebrada.

Y tal vez por eso tantos prefieren no verlo. Porque aceptar la existencia del abuso espiritual obliga también a cuestionar toda una cultura eclesial construida alrededor de la obediencia acrítica, el prestigio clerical y el miedo a confrontar el poder religioso.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un blog personal donde comparto ideas, reflexiones y ensayos desde una mirada íntima, crítica y creativa. Escribo para pensar, para cuestionar… y porque escribir, honestamente, se ha vuelto mi nueva crisis de los 30’s.

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