Como ya lo adelanté en el manifiesto de este año, 2026 será —al menos en este pequeño espacio— el año de Joseph Ratzinger. Lo llamo así, por su nombre raso, no por su título. No porque reniegue de su papado, sino porque muchos de los que pasan por aquí no profesan la fe católica y nombrarlo como Benedicto XVI suele generar más anticuerpos que preguntas. Lo entiendo. Lo respeto. Ya encontraremos un apodo.
Ratzinger insiste, una y otra vez, en una idea incómoda: el ser humano avanza cada vez más hacia lo que puede medir, comprobar y demostrar. Pero, paradójicamente, mientras más domina lo técnico, más torpe se vuelve para pensar aquello que de verdad importa, pero no se deja reducir a fórmulas. El amor, por ejemplo. No se mide, no se demuestra científicamente, no se somete a un método experimental; y, sin embargo, organiza la vida de todos.
Enero fue una pausa para el blog, un tiempo de cafés largos y reencuentros que me permitieron volver a ver a viejos amigos publicistas. El mundo publicitario suele romantizarse más de la cuenta: no somos artistas revolucionarios ni salvadores; somos, en términos simples, mercantilistas. Cobramos un sueldo para que el sistema siga funcionando. Por eso existe este espacio: porque escribir aquí no responde a un cliente ni a un KPI. Es un ejercicio de libertad.
Fue justamente en una de esas conversaciones donde apareció la anécdota que hoy quiero poner sobre la mesa.
Me reencontré con un amigo. Pude seguir de cerca una etapa importante de su vida porque, durante años, su pareja fue también una gran amiga mía. Vi la ruptura y el después. Hoy él está en otra relación: según él más serena, más adulta y estable. Lo suficiente como para pensarse en clave de proyecto y no de parche emocional.
Pero, en un concierto de Bad Bunny, se cruza con una vieja amiga de la universidad. Tragos, baile y la confesión de ella: siempre le pareció atractivo. Ella le propone un encuentro casual, sabiendo que él tiene pareja. Aun así, insiste. En el concierto no pasa nada, pero luego llegan los mensajes por Telegram. Él me lo cuenta sin épica, casi como quien relata un trámite cotidiano.
Y ahí aparece la frase que me dejó pensando. No le dijo: “No quiero”. Le dijo: “Me encantaría, pero no puedo. Soy un hombre de principios y tengo pareja”.
Tal vez estoy leyendo de más, pero algo ahí me hizo ruido. No sonó a alguien eligiendo, sino a alguien conteniéndose. No como quien ordena un deseo, sino como quien lo deja intacto, esperando en la puerta. No fue una decisión desde la libertad, sino un freno de mano para no cruzar la raya. Más que una convicción, pareció una justificación bien formulada; más que una elección, una renuncia explicada.
No escribo esto para juzgarlo; bastantes problemas tengo yo con mis propias incoherencias. Pero el ejemplo es útil para pensar algo más grande: la libertad no consiste en hacer lo que quiero, sino en querer lo que elijo.
Aristóteles hablaba de la virtud como un hábito que se vuelve naturaleza. Tomás de Aquino decía que una acción es verdaderamente humana cuando nace del querer. El cristianismo, en su núcleo, no propone una vida reprimida, sino una vida elegida.
Aquí está la clave: el amor en una relación no es una justificación para dejar de ser, sino la oportunidad permanente de elegir quién quiero ser. Cuando mi amigo dice “no puedo”, le está entregando su soberanía a un tercero, a un código externo, a un contrato. Se está justificando ante la tentación. En cambio, cuando uno ama desde la libertad, el “no quiero” no es un sacrificio ni un cumplimiento reglamentario, es la reafirmación de una elección previa que nos hace plenos.
El amor no es una ley que te frena; es el motor que te hace decidir.
Cuando la fidelidad se vive como una cárcel, la estructura está fallando. Cuando el bien solo se formula como prohibición, el alma tarde o temprano se resiente. El problema aparece cuando presentamos la renuncia como si fuera virtud, cuando en realidad es una incapacidad de ver en nuestra pareja la elección que nos define. Lo que queda no es un hombre libre que ama, sino un individuo «bajo fianza» que cumple principios por miedo a romperse.
Escribo esto porque me incomoda. Porque el amor no puede ser una nota al pie de página de nuestros «principios». Tiene que ser el texto principal, escrito con la tinta de nuestra propia voluntad. En tiempos donde todo se quiere medir, vender o justificar, pensar despacio sobre lo que realmente elegimos sigue siendo nuestro pequeño acto de resistencia.







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