Antes de empezar, quiero tomarme unas breves líneas para señalar algo: hoy se cumplen 35 días del gobierno de Keiko Fujimori. Las extorsiones continúan. Los asesinatos también. Y algunos dirigentes que hablaban en nombre de los transportistas suspendieron el paro después de que el Gobierno ofreciera reducir en un 90 % el monto de sus papeletas. Es necesario precisar que Héctor Vargas, presidente de la Coordinadora de Empresas de Transporte Urbano de Lima y Callao, negó que esta rebaja hubiera determinado la suspensión. Sin embargo, la coincidencia resulta difícil de ignorar: no apareció una solución para quienes están muriendo, pero sí una negociación que terminó desactivando la protesta.
Después del fugaz paso por Instagram de la cuenta @MilicianoRaso, han llegado nuevos lectores de nuestra querida FASTA. Para quienes se estén preguntando «¿y este pibe qué onda?», sean bienvenidos a darse una vuelta por Sobre el autor. Les aseguro que por aquí no hay odio: solo besitos de chocolate.
Ahora sí, vayamos con el artículo de hoy, lunes 31 de agosto.
El 25 de noviembre publiqué un artículo titulado Por qué decidí escribir sobre FASTA. No esperaba grandes reacciones. Al final del texto solo dejé una invitación, casi como quien deja una puerta entreabierta:
Si algo de lo que has leído aquí te genera dudas, coincidencias o incluso rechazo, te invito al diálogo. Puedes dejar un comentario o escribirme directamente a lucas.macarias@gmail.com. Este espacio siempre estará abierto para pensar juntos, incluso desde nuestras diferencias.
Ese mismo día recibí un correo electrónico. El asunto decía simplemente: «Gracias».
Quien me escribía no intentaba debatir mis ideas ni corregir mis recuerdos. Quería agradecer. Decía que había llegado al blog por Dooku, que se veía reflejada en mis palabras y que, por primera vez, alguien había puesto por escrito lo que ella todavía no podía decir. Cerraba el mensaje con una frase que quedó dando vueltas en mi cabeza: «Te sigo leyendo…»
Cinco meses después, el 25 de abril, esa promesa silenciosa tomó la forma de una videollamada. Nos presentamos. Ella dio un sorbo a su mate y, casi sin preámbulos, dijo:
—Lo de Rosado fue grave.
No necesitó explicar de quién hablaba. Yo sabía perfectamente a quién se refería.
Después de aquella frase comenzó a contarme su historia.
Ingresó a FASTA Rosario en 1994. Sus primeros años dentro del movimiento coincidieron con la expansión de un concepto que empezaba a impregnar cada vez más la vida institucional: la llamada «Ciudad Miliciana».
Rosario era una jurisdicción importante, con mucha historia, pero no contaba con un capellán viviendo en la ciudad. En aquellos años, la Agrupación Mayor —es decir, los adultos— permanecía bastante alejada de la estructura juvenil. Los jefes de los Rucas, como se conoce a los líderes de la Agrupación Juvenil dentro de FASTA, llevaban adelante gran parte del trabajo con escaso acompañamiento. Por eso, cuando llegó el padre Guillermo Rosado, muchos entendieron su presencia como la respuesta a una necesidad pastoral: acompañar más de cerca la vida de una jurisdicción que había crecido mucho y necesitaba una mayor presencia sacerdotal.
Muchos años después, con el diario del lunes, ella reconstruyó esa llegada de otra manera.
Según el relato que fue armando con el paso del tiempo, Rosado había sido enviado a Rosario a vivir a la casa de sus padres con el argumento de «cuidarlo».
¿Por qué había que cuidar a un sacerdote?
La respuesta obliga a retroceder algunos años.
Antes de ser ordenado sacerdote, Guillermo Rosado había sido denunciado por un seminarista —a quien llamaré Jota— por presuntos abusos sexuales ocurridos durante su etapa de formación. Según ese testimonio, Rosado ingresaba por las noches a su habitación para abusar de él. La denuncia fue conocida en ese momento por el padre Guillermo Varela, entonces director del seminario, quien, según el testimonio, no adoptó ninguna medida para impedir que Rosado continuara su formación. Años después, ese mismo testimonio también llegó al padre Aníbal Fosbery.
Sin embargo, Rosado continuó su formación y fue ordenado sacerdote. Tras su ordenación fue designado capellán del colegio FASTA Catherina, en Buenos Aires. Años después fue destinado a Rosario, donde ejerció durante casi veinte años, y posteriormente enviado a FASTA Lima. Su permanencia allí fue breve: no superó los diez meses antes de ser expulsado del movimiento.
Sobre este episodio profundicé anteriormente en el artículo El mayor pecado del Padre Fundador. Lo menciono aquí porque, sin ese antecedente, resulta imposible comprender el peso que tuvo aquella primera frase pronunciada al otro lado de la pantalla:
—Lo de Rosado fue grave.
Mientras avanzaba en su relato, apareció un detalle que, hasta ese momento, era un dato menor. Cuando Guillermo Rosado fue destinado a FASTA Rosario, se instaló en la casa de sus padres. Durante años, muchos dieron por hecho que esa decisión respondía a una razón práctica: por entonces la jurisdicción todavía no contaba con una casa sacerdotal.
Quizá por eso, cuando comenzaron a conocerse las denuncias en su contra, más de uno se hizo la misma pregunta: ¿cómo podían haber ocurrido esos hechos viviendo bajo el techo de sus propios padres?
Mientras la escuchaba, entendí que esa pregunta partía de un supuesto equivocado. Rosado no vivía propiamente dentro de la casa familiar. Según su recuerdo, ocupaba un pequeño departamento construido en la terraza de la vivienda.
Entonces hizo una pausa.
Y fue en ese silencio cuando apareció una pregunta que me pertenece únicamente a mí: ¿habrán sabido alguna vez los padres de Guillermo por qué, en realidad, lo enviaron a Rosario? No tengo cómo responderla, ni pretendo convertirla en una afirmación. Es apenas una duda personal que surgió mientras intentaba ordenar, muchos años después, las piezas dispersas de esta historia.
Según su testimonio, la propiedad donde vivían sus padres se convirtió con frecuencia en un lugar donde Rosado recibía a los jefes de los Rucas. A veces el motivo era alguna actividad; otras, simplemente iban a pasar la noche.
Cuando años después comenzaron a conocerse públicamente las denuncias contra Rosado, varias personas comenzaron a revisar experiencias que durante décadas habían considerado normales.
Algunos evocaron situaciones que, en su momento, no les habían generado inquietud: abrazos prolongados, encuentros o noches compartidas en aquel departamento. Ninguno de esos recuerdos constituía por sí mismo una denuncia. Sin embargo, el conocimiento posterior de las acusaciones hizo que muchos los resignificaran.
Hubo un momento de la conversación en que dejó de hablar de Rosado y empezó a hablar de las consecuencias.
Me contó que, con los años, hubo algunos casos que la hicieron preguntarse si determinadas experiencias vividas bajo la influencia espiritual de Rosado podían haber dejado huellas más profundas de las que entonces alcanzaban a comprender. Recordaba a algunos jóvenes que parecían tener dificultades para sostener proyectos personales o concluir sus estudios universitarios. No lo planteaba como una regla ni como un patrón. Era, simplemente, una inquietud nacida de haber visto crecer a toda una generación.
Mientras la escuchaba, un recuerdo que llevaba años archivado apareció sin que lo llamara.
Fue en el campamento Ciudadanos, en Mendoza, en 2016. Era nuestro último campamento en menores. Lo habitual era que, a esa edad, muchos ya estuviéramos terminando una carrera universitaria. Durante un momento de orden personal compartía una Coca-Cola con un miliciano de Rosario. Entre risas me contó que había empezado varias carreras, pero que no había terminado ninguna.
No recuerdo qué pensé en ese momento. Probablemente nada.
Tiempo después me enteré de que había ingresado al seminario de FASTA. Recuerdo haber reaccionado con una mezcla de sorpresa y humor negro: «La puta… este huevón sí que empieza varias cosas.»
Hasta ahí llegaba la anécdota.
La conversación que estaba teniendo ahora le añadía una capa que nunca antes había considerado. No puedo afirmar que ese miliciano hubiera sido víctima directa de Rosado. No tengo evidencia para decirlo. Pero, después de escuchar aquel testimonio, me resultó imposible no volver sobre ese recuerdo y preguntarme si detrás de aquella aparente falta de constancia había una historia que yo desconocía.
No obtuve una respuesta. Solo una pregunta más.
La conversación seguía fluyendo cuando mi hija abrió la puerta del cuarto.
Por un instante me puse nervioso. Me miró, levantó el pulgar como diciéndome «tranquilo, entiendo que estás ocupado», caminó hasta donde estaba su Nintendo Switch, lo tomó y salió sonriendo, sin interrumpir la conversación.
Esperé a que cerrara la puerta.
Al volver la mirada a la pantalla, el relato había cambiado de protagonista.
Hasta ese momento habíamos hablado de Guillermo Rosado. Pero, mientras avanzaba la conversación, empecé a entender que para ella la historia no terminaba allí. Había otra figura cuya influencia resultaba imposible dejar de lado: Aníbal Fosbery.
Fundador de FASTA, arquitecto de la Ciudad Miliciana y máxima autoridad del movimiento durante décadas, su palabra tenía un peso difícil de discutir.
Ella me contó que una de las pocas cosas que le daban tranquilidad era saber que nunca se había callado frente a él.
Le había dicho, sin rodeos:
—Muchos de tus hijos sacerdotes son así. Ningunean a la Agrupación Femenina, tratan a las mujeres como personas de segunda categoría. En especial le hablé de Guillermo Rosado y de cómo trataba a los chicos. No me gustaba el modo en que los manipulaba. Todo tenían que consultárselo a él, hasta con quién ponerse de novios.
No fue la única vez. También conversó sobre esas inquietudes con otros dirigentes del movimiento. Después, al volver a su casa, se las contaba a sus padres. Me dijo que nunca había sabido callarse cuando algo no le cerraba. En el fondo, creía que si hablaba con las personas indicadas podían escucharla y corregir aquello que estaba mal. Durante mucho tiempo pensó que todavía era posible mejorar las cosas.
Entonces recordó algo que su madre le repetía una y otra vez.
—Si seguís hablando así, te van a echar.
Me confesó que tardó muchos años en comprender que ella hablaba porque todavía confiaba en la institución; quienes la escuchaban, en cambio, parecían más preocupados por protegerla que por cambiarla.
Antes de terminar la videollamada, compartió una anécdota que, según ella, resume mejor que cualquier teoría la autoridad que Aníbal Fosbery ejercía dentro de FASTA.
Ocurrió durante un Consejo Plenario, uno de esos encuentros donde presidentes jurisdiccionales, delegados y autoridades del movimiento pasan horas —a veces días— evaluando el rumbo de FASTA, debatiendo documentos y redactando conclusiones. Sobre el papel, son espacios de discernimiento comunitario. En la práctica, muchas veces también terminan siendo un ejercicio de reafirmación institucional, donde el autobombo encuentra un escenario privilegiado.
Ella integraba una de las comisiones encargadas de redactar las conclusiones. Eran los primeros años de Google Drive y varias personas editaban el mismo documento mientras discutían cada punto.
Entonces la puerta se abrió.
Entró el padre Aníbal Fosbery. O, mejor dicho, entró «el Cura», como solíamos llamarlo quienes habíamos pasado por FASTA. No hacía falta mencionar su apellido. Cuando alguien hablaba del Cura, todos entendíamos que se refería al fundador, la máxima autoridad de la Ciudad Miliciana.
Traía consigo el documento que, según explicó, contenía las conclusiones finales del Consejo.
—Aquí están las conclusiones.
No se marchó.
Permaneció junto a la comisión mientras todos comenzaban a leer el texto.
Nadie dijo una palabra.
Como Fosbery no utilizaba computadora, ella aprovechó para escribir una sola pregunta en el documento compartido de Google Drive:
—¿Nadie va a decir nada?
La respuesta apareció casi de inmediato.
—¿Y qué vamos a hacer? Es el Cura.
«Mi indignación fue enorme», me dijo. «No solo por la gente que había dejado a su familia, su trabajo y varios días de su vida para discutir esos temas. Lo que realmente me golpeó fue descubrir que todo lo que se decía sobre el Consejo Plenario como órgano superior de conducción de FASTA era mentira. Era una obra de títeres. Y nosotros también éramos cómplices.»
Cuando terminó de contar aquella escena entendí que la historia ya no hablaba de un documento.
Tampoco hablaba solamente de Aníbal Fosbery.
Hablaba de algo mucho más difícil de reconocer: el momento en que una comunidad deja de examinar una decisión porque basta con saber quién la tomó.
Durante mucho tiempo pensé que el mayor riesgo para una institución era equivocarse. Hoy empiezo a sospechar que el peligro aparece mucho antes: cuando deja de crear las condiciones para reconocer sus propios errores.
No porque ya se hayan encontrado todas las respuestas, sino porque llega un momento en que la pregunta deja de tener lugar.
Quizá por eso aquella respuesta sigue resonando tantos años después.
—¿Y qué vamos a hacer? Es el Cura.
Hay instituciones que pueden resumirse en una sola frase.
Esta historia continuará.








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