Recuerdo la primera carta que me escribiste. Iba a decir “la primera”, pero, si la memoria no me falla, creo que también fue la única.
Curiosamente, también fue por un retiro.
Yo todavía estaba en el colegio Cristo Salvador, y aún guardo esa carta en el primer cajón de lo que fue mi cómoda en la casa de Sevilla. No recuerdo cada una de sus palabras, pero sí recuerdo perfectamente cómo comenzaba.
Me preguntabas dónde estaba.
Y recordarlo ahora me causa gracia.
Yo me creía pendejazo porque había salido del colegio a las doce y me había ido a la casa de quien entonces era mi enamorada, convencido de que ni tú ni mi mamá se iban a enterar.
Pero te enteraste.
Esas pequeñas vueltas de la vida que, tantos años después, terminan convirtiéndose en recuerdos que uno mira con una sonrisa.
Sin embargo, hay algo de esa carta que nunca olvidé.
Cómo la firmaste.
“Te amo”.
Quizá nunca te lo conté —o quizá se lo dije alguna vez a mi mamá o a alguna otra persona—, pero durante una parte de mi adolescencia hubo una pregunta que me acompañó:
¿Por qué mi papá no me dice que me quiere?
Lo veía en otras familias. Lo veía con Dhano, con Alonso o cuando iba a casa de Huapaya. Veía abrazos, palabras, determinadas formas de cariño y pensaba, con esa capacidad adolescente de convertir nuestras pequeñas comparaciones en verdades universales: puta, mi papá no es así.
Y durante algún tiempo probablemente creí que el amor tenía que parecerse a aquello.
Hasta que crecí.
Y crecer tiene esa extraña capacidad de obligarnos a reinterpretar nuestra propia historia.
Sobre todo cuando uno forma una familia.
Cuando te conviertes en esposo y en padre empiezas a descubrir que querer a alguien es muchísimo más complejo que decirle que lo quieres. Descubres que existen amores que hablan mucho y otros que casi no hablan. Amores que abrazan y amores que preguntan si llegaste bien. Amores que dicen “te quiero” y otros que trabajan, resuelven, se preocupan, renuncian o se ponen momentáneamente a un lado para que al otro le vaya un poco mejor.
Por eso, si hoy pudiera encontrarme con ese adolescente que alguna vez preguntó por qué su papá no le decía “te amo”, creo que reformularía completamente su pregunta.
Porque sería injusto decir que nunca me lo dijiste.
Me lo dijiste de muchas maneras.
Solo que durante algunos años yo todavía no conocía tu idioma.
Quizá por eso me gusta tanto El Señor de los Anillos.
Porque nadie, mirando la historia desde el comienzo, habría pensado que una pequeña comunidad pudiera cambiar el destino de todo un mundo. No fueron los grandes ejércitos ni los personajes más poderosos quienes cargaron con la tarea definitiva. Fueron unos hobbits: pequeños, aparentemente insignificantes, caminando hacia un lugar al que probablemente nunca imaginaron llegar, cargando un anillo que podía decidir el destino de todos.
Y ni siquiera Frodo pudo cumplir completamente aquello que se había propuesto.
Sin embargo, cada paso, cada decisión, cada gesto de lealtad y hasta las misericordias que parecían insignificantes terminaron formando parte de algo muchísimo más grande que ellos mismos.
Quizá con el amor sucede algo parecido.
Pasamos demasiado tiempo esperando los grandes gestos porque creemos que ahí podremos reconocerlo con claridad. Esperamos el abrazo, la palabra precisa, el “te amo” dicho en voz alta. Y podemos tardar años en descubrir que nuestra historia también fue cambiando gracias a cosas muchísimo más pequeñas: alguien que trabajó por nosotros, que preguntó dónde estábamos, que se preocupó porque llegáramos bien, que renunció a algo para que nosotros pudiéramos tenerlo.
Pequeños gestos que, vistos aisladamente, quizá no parecen extraordinarios.
Pero Tolkien entendió algo profundamente humano: lo pequeño también puede cambiar el curso de una historia.
Y quizá necesité crecer para entender que muchas de esas pequeñas cosas eran tu manera de decirme aquello que durante años esperé escuchar.
Tal vez por eso aquella carta sigue guardada en ese cajón.
Porque durante mucho tiempo pensé que ese “te amo” escrito al final era algo excepcional. Hoy, en cambio, puedo mirar hacia atrás y entender que probablemente era apenas la traducción en palabras de muchas cosas que ya habías dicho antes con tus acciones.
Y hay algo que también quisiera decirte precisamente porque hemos llegado hasta aquí.
Hoy probablemente pensamos distinto en muchas cosas. Y seguramente seguiremos haciéndolo.
Nunca me has llamado resentido. Nunca me has dicho caviar, rojo o vividor del Estado. Sería injusto decir que lo has hecho.
Pero a veces te escucho utilizar esas palabras para referirte a personas que piensan de una manera parecida a la mía, a autores que leo o a ideas con las que encuentro puntos de coincidencia. Y entonces, inevitablemente, pienso: carajo, si eso es lo que piensas de quienes sostienen algunas de las cosas que yo también sostengo, ¿qué pensarás realmente de mí cuando me escuchas defenderlas?
Y quizá por eso, si pudiera pedirte una sola cosa, sería que nunca permitamos que las etiquetas sustituyan a los argumentos.
No porque tengamos que terminar pensando igual. Al contrario. A estas alturas de mi vida, una de las cosas que más valoro es haber aprendido que se puede querer profundamente a alguien y, al mismo tiempo, pensar que está profundamente equivocado.
Yo también he aprendido a levantar la voz, a cuestionar instituciones y estructuras a las que incluso alguna vez pertenecí. Lo hago cuando escribo y seguramente seguiré haciéndolo. Y precisamente uno de los argumentos que más veces encuentro cuando cuestiono algo es el mismo: “está resentido”. Como si atribuirle una herida a quien habla fuera suficiente para no tener que responder aquello que está diciendo.
Por eso quizá me incomoda escucharlo también cerca.
No porque espere que estés de acuerdo conmigo. Ni siquiera quisiera eso. Me gusta que podamos pensar distinto.
Pero sí quisiera que siempre podamos concedernos algo mucho más importante: la posibilidad de que el otro piense lo que piensa porque tiene razones para hacerlo.
Después podremos discutir esas razones. Podremos decirnos que estamos equivocados. Podremos incluso terminar una conversación sin habernos convencido absolutamente de nada.
Y estará bien.
Porque las ideas pueden enfrentarse.
Los argumentos pueden discutirse.
Pero ninguna discusión debería obligarnos a reducir a la persona que tenemos delante a una etiqueta.
Quizá esa sea también una forma adulta del amor que he aprendido contigo: entender que querer profundamente a alguien no significa pensar como él.
Y que incluso un padre y un hijo pueden mirar el mundo desde lugares distintos y seguir reconociéndose al otro lado de la mesa.
Y ahora probablemente estarás leyendo esto en medio de alguna dinámica del retiro, quizá con las luces apagadas, música de fondo y todos llorando alrededor. Ya sabes que estas metodologías nunca han sido demasiado lo mío. Seguramente yo estaría buscando discretamente dónde prender la luz.
Pero eso tampoco importa demasiado.
Porque si estos días sirven para detenerte, mirar tu propia historia, agradecer, reconciliarte con algo, volver a encontrar una certeza o simplemente recordar qué cosas realmente importan cuando desaparece todo el ruido, entonces habrá valido la pena.
Y si en algún momento de este retiro te preguntan dónde puedes encontrar el amor, quizá esta vez no haga falta buscar una respuesta demasiado extraordinaria.
A veces está en un cajón.
En una carta escrita hace más de veinte años.
En un padre preguntándole a su hijo dónde mierda se había metido.
Y en un hijo que necesitó crecer para descubrir que aquella pregunta también quería decir:
te amo.
Lucas







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