Desde que el 2 de febrero de este año el blog volvió —esta vez de una forma más organizada, más pensada— mis mañanas adquirieron una rutina que mezcla lo doméstico con lo inesperado.

Me levanto casi siempre por la misma razón: cambiarle el pañal a mi hijo y alcanzarle su biberón de leche. Es un gesto simple, repetido, que inaugura el día. La casa todavía está en silencio, la luz apenas empieza a insinuarse por la ventana, y uno aprende —a tientas— el oficio de ser padre.

Luego aparece una mala costumbre que, sospecho, ya se ha convertido en un ritual compartido por buena parte de los millennials: tomar el celular apenas abrimos los ojos. Revisar. Deslizar el dedo. Ver qué ocurrió mientras dormíamos.

Y casi siempre encuentro mensajes.

Están mis amigos de Perú, varios de ellos emprendedores que han hecho del madrugar una disciplina. Algunos me cuentan que el primer café del día lo toman leyendo este humilde espacio. A veces me mandan una frase subrayada, otras apenas un saludo breve, como quien deja una señal de que pasó por ahí.

Del otro lado están los amigos de Argentina, que juegan con la diferencia horaria. Muchas veces son ellos los primeros en reaccionar a los artículos.

Los textos suelen quedar programados para publicarse a las ocho de la mañana, pero la difusión —la verdadera puesta en circulación— recién ocurre más tarde. Generalmente cuando llego a la oficina: nueve y cuarto, a veces nueve y media. Recién ahí abro las redes y cumplo con el pequeño ritual de empujar el texto hacia el mundo: el canal de WhatsApp, Facebook, Instagram, la fan page.

Es, digamos, la parte menos romántica del oficio de escribir.

Lo curioso es que más de una vez, cuando estoy a punto de hacer ese trabajo, descubro que el artículo ya está circulando.

Alguien lo compartió antes.

Casi siempre son lectores de Argentina. Gente que se adelanta con una naturalidad que todavía me sorprende.

Entonces ocurre una pequeña paradoja.

Quienes deberían ser únicamente lectores terminan haciendo, sin proponérselo, el trabajo que en teoría me correspondería a mí: difundir, comentar, empujar la conversación.

Tal vez algún día llegue el momento en que pueda dedicarle tiempo exclusivo a este blog. Quién sabe.

Pero, mientras tanto, no pierdo la ilusión.

Ni mucho menos la esperanza.

Y fue precisamente en una de esas mañanas —entre pañales, biberones y notificaciones tempranas— cuando apareció un mensaje que tenía algo de anecdótico y algo de irónico.

Decía:

“Ahí estás tú, sonriente, alegre… como si fueras amigo de las autoridades de FASTA”.

Debajo venía la imagen.

Una fotografía rescatada del pasado.

Conviene aclararlo desde el principio: esa foto es del año 2023.

Una fotografía tomada en otro tiempo. Cuando todavía muchas cosas —incluyendo algunas certezas— parecían distintas.

Esa fotografía circulaba acompañada de un pequeño anuncio: la confirmación de que el presidente de FASTA, el sacerdote César Garcés, y su vicepresidente, Alejandro Campos, visitarían a la comunidad de FASTA Lima con motivo de sus treinta años de fundación.

La imagen, en realidad, venía a confirmar algo más simple: la última vez que los había visto fue justamente en ese año.

Al verla no pude evitar recordar una escena.

Desde que había llegado a Lima, Campos repetía con cierta insistencia que una especie de “musa” le hablaba. Según decía, esa inspiración le sugería que después de aquella visita FASTA Lima tomaría un rumbo distinto.

Lo decía con ese tono solemne que suelen adoptar las autoridades cuando quieren imprimirle destino a una reunión. Casi como quien transmite una intuición. O quizá una promesa.

En ese momento —hay que decirlo con honestidad— le creímos.

Recuerdo especialmente a mi padrino, Diego Mantero. Lo miraba con una mezcla de entusiasmo y curiosidad, como si realmente esperara escuchar algo más. En un momento incluso le preguntó, medio en serio, medio en broma, qué más le decía esa musa que parecía inspirarlo.

Era una escena muy de ese tiempo: gente esperando señales, palabras que parecieran anunciar un cambio, alguna forma de horizonte.

Hoy, visto con la distancia que da el tiempo, no sé bien cómo interpretar aquello.

A veces me pregunto si su formación era realmente tan mediocre como para sostener ese tipo de afirmaciones con tanta ligereza. O si, más bien, nos subestimaba por nuestra nacionalidad, creyendo que bastaban un par de frases altisonantes para convencernos de cualquier cosa.

Quisiera pensar que se trataba de lo segundo.

Porque, como me dicen varios tucumanos que me escriben con frecuencia, Campos no es ningún ingenuo. No es —como dirían ellos— ningún boludo.

Al fin y al cabo, alguien que fue capaz de sacar del tablero a Carlos Rossini —vicepresidente de FASTA durante años— difícilmente pueda ser acusado de ingenuidad.

Pero hoy —o al menos en este artículo— no quiero detenerme demasiado en Alejandro Campos.
La coyuntura es otra.

La próxima visita apostólica a la jurisdicción de Lima me parece una oportunidad más pertinente para dirigir estas líneas a quien hoy preside la institución: el sacerdote César Garcés.

Quisiera aprovechar este momento para escribirle —con la serenidad que da el tiempo— una suerte de carta abierta.

No es un gesto improvisado. Más bien nace de una impresión que fui formando con los años. En distintas ocasiones tuve la sensación de que Garcés asumía —con cierta convicción paternal— el papel de quien debía amortiguar los golpes internos de la institución, como si su tarea consistiera en administrar el dolor para que no alcanzara a los demás.

La lógica parecía sencilla: si los hijos no ven la herida, tal vez no sufran.

Una lógica comprensible, quizá, en el ámbito familiar.

Pero es profundamente problemática cuando se traslada a una institución.

Porque, al menos en mi experiencia, ocultar el dolor no lo elimina. Lo posterga. Y muchas veces lo agrava.

Recuerdo, por ejemplo, lo que ocurrió en 2017, cuando se produjo la repentina salida —o más bien la huida— del sacerdote Guillermo Rosado.

En aquel entonces Garcés, que ejercía como regente, viajó y tuvo una reunión con los oficializados.

Para alguien que nunca ha pasado por el movimiento, el término puede sonar extraño. En términos sencillos, se trata de un laico que asume públicamente un compromiso de vida con la institución. No es un sacerdote ni un religioso en sentido estricto: lleva una vida plenamente secular, trabaja, se casa, forma una familia. Pero realiza una promesa de consagración al movimiento que marca profundamente su pertenencia.

Dentro de las distintas etapas formativas de FASTA, esta es —si no la única— la promesa que se realiza formalmente ante el altar y de rodillas.

El mensaje que Garcés transmitió aquella vez fue, en esencia, tranquilizador: FASTA Lima no debía sentirse culpable por lo sucedido.

Según explicó, Rosado venía atravesando una crisis vocacional desde mucho antes. La decisión de enviarlo a Perú —a un país que ellos percibían como fervoroso, profundamente católico, casi naturalmente clerical— respondía a la esperanza de que ese contexto pudiera ayudarlo a renovar su vocación.

La idea era que el ambiente, la fe popular, el entusiasmo de la comunidad, obraran como una especie de medicina espiritual.

Pero se equivocaron.

Y la estrategia, sencillamente, no funcionó.

Durante mucho tiempo nadie supo realmente qué había pasado.

No hubo una comunicación oficial. Ninguna explicación institucional clara. Lo único que circulaba era aquel argumento breve que ya mencioné: la supuesta “crisis vocacional”.

Pero la verdad —o al menos fragmentos de ella— empezó a conocerse de maneras más informales.

Algunos la escucharon cuando viajaron a la ordenación sacerdotal del padre Daniel Torres Cox. Otros se enteraron cuando Matías Bao pasó por Lima durante unas vacaciones, poco antes de la pandemia.

Así fue ocurriendo: cada quien se fue enterando a su manera.

Y es precisamente por eso, padre César Garcés, que hoy le escribo estas líneas.

Porque lo que en aquel momento se presentó ante nosotros como una simple “crisis vocacional” del sacerdote Guillermo Rosado terminó siendo algo mucho más grave.

Rosado fue finalmente expulsado del sacerdocio y, de manera tácita, también de la institución.
¿La razón? La comisión de más de una decena de abusos, entre ellos algunos de los más escandalosos y dolorosos: abusos sexuales.

Sin embargo, nada de esto fue comunicado a la comunidad que convivió con él, que rezó con él, que confió en él.

La lógica parece ser siempre la misma: si nadie pregunta, no hay por qué decirlo.

Y así, fiel a una práctica demasiado conocida en la historia de la Iglesia Católica, la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino parece moverse como una buena hija de ese clericalismo que tantas veces ha preferido proteger la institución antes que a las personas.

A esto se suma, además, una escena que todavía recuerdo con claridad.

En la sala de mi casa, cuando ya circulaban las primeras especulaciones sobre otro sacerdote —Guillermo Varela— usted me dijo que la institución había tenido la misericordia de permitirle viajar a San Juan para cuidar a su madre.

Hoy sabemos que esa no era la verdad completa.

Y entonces surge una pregunta inevitable:

¿Para eso buscó el poder?
¿Para eso quiso ser presidente de FASTA?

Porque usted no puede negar que lo buscó. En FASTA se nos enseñó —en más de una sesión formativa— que había que “primerear”, ese verbo argentino que justifica la iniciativa, la anticipación, el deseo de ocupar un lugar para hacer el bien.

Pero el poder también tiene una exigencia moral: decir la verdad cuando las cosas se rompen.

Y hasta ahora, padre Garcés, la verdad ha aparecido siempre tarde, siempre incompleta, siempre fragmentada. Y nunca por boca suya. 

No faltará —lo sé— quien pregunte por qué estas preguntas se dirigen a usted y no al padre Andrés Quiroga, actual regente de la Fraternidad Sacerdotal.

La respuesta es simple: cuando estalló el caso de Guillermo Rosado, el regente era usted. Era usted quien tenía la responsabilidad directa sobre los sacerdotes de FASTA.

Y fue también usted quien recorrió distintas comunidades intentando explicar lo ocurrido.

El que habló en Rosario fue usted.
El que habló en Perú fue usted.
Y en ambos lugares, padre Garcés, lo que se transmitió no fue la verdad completa.

Rosado no es el único caso. También están los nombres que empiezan a circular en voz baja: el de Luis Suárez, el de Varela. Historias que aparecen y desaparecen como si fueran rumores, cuando en realidad son hechos que merecerían una explicación clara.

Por eso me permito preguntarle, con respeto pero también con franqueza:

¿Piensa alguna vez decir toda la verdad?

Porque de poco sirven las iniciativas institucionales —oficinas de escucha, protocolos, comisiones— si la verdad sigue administrándose en cuotas.

Se pueden redactar cien protocolos contra el abuso, pero si los hechos continúan ocultándose, el problema no desaparece: simplemente se desplaza.

Y mientras tanto, los perversos siguen caminando con relativa libertad.

Usted tiene hoy una oportunidad distinta: no mirar hacia otro lado.

Asumir lo que corresponde antes de que la realidad vuelva a estallar. Antes de que aparezcan nuevas denuncias contra laicos. Antes de que sigan saliendo a la luz historias de abuso de poder y de conciencia que, durante demasiado tiempo, parecieron haberse naturalizado dentro de la institución. Antes de que volvamos a recordar —una vez más— que la perversidad no discrimina entre hombres y mujeres, ni entre laicos y consagrados. Antes de que sigan apareciendo dentro de la institución figuras para quienes la vocación deja de ser servicio y empieza a convertirse en poder.

Usted sabe bien de lo que hablo.

El hambre de poder que atraviesa a algunos de sus propios sacerdotes no le es ajeno. Lo ha visto, por ejemplo, en el caso de mi querido padre Sebastián Vallejo.

Conoce bien de qué es capaz el padre Vallejo cuando su vocación se confunde con la ambición.

Y si alguien está dispuesto a pasar por encima de sus amigos para llegar más lejos, ¿qué le hace pensar que no hará lo mismo con usted?

A veces las instituciones creen que el problema se resuelve expulsando a una persona. Como si bastara con cortar un órgano enfermo para que el cuerpo vuelva a estar sano.

Pero las enfermedades más graves no funcionan así.

Son más parecidas a un cáncer: cuando aparece, es posible que el daño ya no esté concentrado en un solo punto, sino disperso por todo el organismo.

Y temo que algo de eso esté ocurriendo hoy en nuestra FASTA.

Porque, hasta ahora, muchas expulsiones parecieron producirse solo cuando el escándalo era inevitable, cuando el cerco se volvía insoportable. Y usted lo sabe tan bien como el padre Lisandro Sacrabino, con quien le tocó gestionar en su momento el caso del padre Luis Suárez, un episodio que durante mucho tiempo se intentó mantener fuera de la luz pública hasta que terminó trascendiendo fuera del ámbito de la institución.

No faltará quien se pregunte —o incluso usted mismo— por qué escribe todo esto un peruano que ya no forma parte de la institución.

La respuesta es sencilla.

Durante años ustedes mismos nos enseñaron que debíamos ser cooperadores de la verdad.

Y si mañana más familias vuelven a confiarle a FASTA lo más valioso que tienen —sus hijos—, lo mínimo que merecen es conocer la verdad completa.

Decirla no es un acto de venganza.

Es, simplemente, un acto de justicia. Y también de caridad.

2 respuestas a «Carta abierta al Presidente de FASTA»

  1. Avatar de Manu

    Fui parte de FASTA hace muchos años atrás, incus fui jefe, al salir de ahí comencé a ver con otros ojos la institución, incluso los “amigos” que tenía ya no eran mis amigos porque yo no formaba parte de Fasta, pero lo que leí acá superó todo! Buen trabajo con esta información.

  2. […] Por eso, en la carta abierta que escribí en abril al Padre César Garcés, actual presidente de FASTA, sostuve que hoy él tiene una oportunidad histórica: la de mirar el problema de frente y, finalmente, volver a poner a las personas en el centro. […]

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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