Joven católico, joven miliciano

En el artículo número cien adelantamos que este proceso no se iba a quedar en testimonios aislados. Que tarde o temprano íbamos a tener que ir más al fondo.

Este texto forma parte de ese paso.

Porque más allá de los casos concretos, hay una idea que sostiene todo el sistema y que pocas veces se cuestiona abiertamente: la forma en que se entiende al joven.

Y es ahí donde aparece una pregunta que no es cómoda, pero sí necesaria:
¿cómo se construye la figura del joven dentro de FASTA?

No es una pregunta abstracta. Es, también, una experiencia vivida.

Recuerdo el año 2012, cuando viajé a Argentina para la celebración de los 50 años de FASTA, en Mar del Plata. Entre las actividades, había un stand con libros: algunos vinculados al magisterio y la doctrina de la Iglesia católica, y otros propios del movimiento.

Compré tres. Peregrinos de Esperanza, una especie de revista institucional conmemorativa; Misterio y Esperanza, un intento de narrar el origen y desarrollo de FASTA —donde, irónicamente, aún aparezco mencionado, pese a los esfuerzos actuales por borrar ciertas historias incómodas—; y un tercer libro que marcaría especialmente mi forma de hablar dentro del movimiento: Consignas y reflexiones del padre fundador.

A ese último le tomé particular aprecio. No tanto por su profundidad, sino por su utilidad. Como muchos, yo también buscaba construir una voz, parecer sólido, incluso “intelectual”. Y ese libro funcionaba como un repertorio de citas listas para ser utilizadas en charlas, especialmente cuando trabajaba con los jóvenes de la sección Templarios.

Pero hay algo de ese libro que hoy vuelve con otra luz.

En una de sus charlas, el fundador se detiene en la figura del joven, especialmente del joven universitario. Y lo hace a partir de una premisa clara: el joven es alguien que no tiene nada resuelto.

No tiene aún un lugar en el mundo laboral.
No tiene madurez suficiente.
No tiene claridad en su vida afectiva.
No tiene estabilidad académica.

En resumen, no tiene nada.

Y es precisamente en ese vacío donde FASTA se presenta como respuesta. No como una compañía parcial, sino como una estructura que viene a ordenar, orientar y —en muchos casos— definir la vida del joven. Es ahí donde aparece la figura del “miliciano”, un término que puede resultar confuso para quien observa desde fuera, pero que dentro del movimiento funciona como una identidad totalizante.

Todos son milicianos, sí. Pero no todos lo son del mismo modo. Existen distinciones según la etapa: escuderos, templarios, adalides… categorías que, aunque puedan parecer anecdóticas, configuran una forma de pertenencia progresiva y profundamente estructurada.

Dicho de forma más simple: así como no todos los peruanos son limeños o arequipeños, dentro de FASTA no todos los miembros ocupan el mismo lugar, aunque compartan el mismo nombre.

La pregunta, entonces, ya no es solo qué hace FASTA por los jóvenes. La pregunta es más de fondo: ¿qué tipo de joven necesita construir para que su propuesta tenga sentido?

Si el joven es definido como alguien que no tiene nada resuelto, la consecuencia no es neutra. Esa definición abre la puerta a un tipo muy específico de relación: la dependencia.

Pero no una dependencia evidente o forzada. Más bien, una dependencia que se construye desde algo mucho más profundo: la necesidad de ser visto.

Hace poco me crucé con un video de un joven sacerdote argentino, ajeno a FASTA, que reflexionaba sobre lo que él llamaba una nueva pandemia: la soledad. Según contaba, en espacios de encuentro con jóvenes, llegaban siempre a la misma conclusión: el joven de hoy vive una forma de orfandad, una sensación de desarraigo que no logra nombrar del todo.

Y en eso tiene razón.

El problema aparece en el siguiente paso.

Porque cuando esa soledad no es acompañada en espacios naturales —la familia, la escuela, los vínculos cotidianos— queda disponible para ser interpretada, contenida y, en algunos casos, instrumentalizada por estructuras más organizadas.

Ahí es donde movimientos como FASTA encuentran un terreno fértil.

El mecanismo es sutil, pero efectivo: el joven llega con una inquietud que cree única. Alguien dentro del movimiento la nombra con precisión. Le hace sentir comprendido. Le da un marco. Le ofrece una respuesta.

Y en ese instante ocurre algo decisivo: la experiencia de ser entendido se convierte en vínculo de autoridad.

Lo que el joven no siempre percibe es que aquello que siente como profundamente personal —la confusión, la inseguridad, la búsqueda de identidad— es, en realidad, una experiencia ampliamente compartida. No es una excepción: es la condición misma de la juventud.

Pero cuando esa experiencia universal es presentada como un problema que requiere una guía específica, la relación cambia. Ya no se trata solo de acompañamiento. Se empieza a construir dependencia.

Una dependencia que no solo organiza lo espiritual, sino también la forma de pensar, los vínculos, las decisiones de vida e incluso la manera de interpretar la propia historia.

En ese sentido, la propuesta no solo responde a una necesidad: la ordena, la canaliza y, en cierto modo, la captura.

Y aquí aparece una de las tensiones más incómodas de todo este fenómeno.

En los últimos años, muchos padres de familia han levantado la voz frente a determinados contenidos educativos. Cuestiones vinculadas a la educación sexual o a los debates sobre género son rápidamente identificadas como una amenaza. Se organizan, protestan, levantan consignas. “Con mis hijos no te metas”, dicen.

Y, sin embargo, esa firmeza parece diluirse en otros terrenos.

Porque mientras se resiste con intensidad a ciertas influencias externas, se pasa por alto la forma en que otras estructuras ingresan en la vida de sus hijos con una capacidad de impacto mucho más profunda y sostenida.

No ya desde un contenido puntual, sino desde una propuesta integral de vida.

¿Por qué algunas influencias generan alarma inmediata y otras, incluso más invasivas, son recibidas con confianza?

Parte de la respuesta es incómoda.

Porque estas estructuras no se presentan como una amenaza, sino como una solución. No irrumpen: acogen. No confrontan: contienen. Y, sobre todo, hacen algo que muchas veces el entorno más cercano no está logrando hacer: escuchar.

Cuando un joven encuentra fuera de casa el primer espacio donde siente que alguien lo entiende de verdad, algo se desplaza.

No necesariamente por rechazo a sus padres, sino por una carencia previa que nadie terminó de nombrar.

Y ahí ocurre una forma de delegación silenciosa.

Los padres siguen presentes, sí.
Pero el lugar de interpretación empieza a moverse hacia otro lado.

No es un abandono explícito.
Es un vacío no ocupado.

Y ese vacío —tarde o temprano— alguien lo llena.

Pero entender este mecanismo no es suficiente. Porque cuando esta lógica deja de ser discurso y se convierte en vínculo, las consecuencias son mucho más profundas de lo que parecen.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un blog personal donde comparto ideas, reflexiones y ensayos desde una mirada íntima, crítica y creativa. Escribo para pensar, para cuestionar… y porque escribir, honestamente, se ha vuelto mi nueva crisis de los 30’s.

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