La pregunta aparece siempre en los mismos tonos, casi como un reproche suave.
—¿Pero tú no fuiste feliz en Fasta?
A veces viene desde el entorno familiar; otras, desde personas que me conocieron durante años como líder católico y no terminan de entender cómo conviven esas experiencias con lo que hoy escribo o digo. Incluso algunos amigos, con buena intención, me han dicho algo parecido: que quizá salí golpeado, que tal vez viví cosas de manera distinta a otros, que mi lectura de lo ocurrido está atravesada por una herida personal.
Y la respuesta, aunque a muchos les incomode, es sencilla: sí. Fui feliz. Fui muy feliz.
Ahí encontré amigos que siguen siendo, hasta hoy, de las personas más importantes de mi vida. A algunos les confié el apadrinamiento de mis hijos; otros fueron testigos de mi matrimonio. Con varios de ellos sigo en contacto, conversando, pensando, incluso sosteniendo estos mismos artículos. No escribo desde el rencor ni desde la negación de lo vivido.
Recuerdo una escena en particular. Era el año 2014 y se respiraba un aire de renovación en la milicia juvenil. Se cerraba una etapa: salía la sexta generación y entraba la séptima.
Ese recambio no era casual. Respondía a un esquema bastante definido: el llamado Programa Ciudadanos, un proceso de formación de cinco años que acompañaba, casi en paralelo, la vida universitaria. Tenía como ejes la antropología, la historia y la doctrina católica, y buscaba formar no solo en contenidos, sino en una forma concreta de mirar el mundo y ejercer liderazgo.
Lo habitual era que, hacia el tercer año del programa, una generación asumiera la conducción. Y no solo de su propia agrupación, sino de toda la Casa Juvenil, que articulaba tres espacios: la rama masculina, la femenina y los milicianos.
Eso era precisamente lo que estaba ocurriendo en ese momento. En 2014, quienes conformábamos la séptima generación empezábamos a ocupar los puestos más importantes de conducción en Lima, ya no como participantes, sino como responsables directos de sostener, organizar y replicar el funcionamiento del conjunto.
A eso se sumaban los aires nuevos del pontificado de Francisco, que empezaban a sentirse con fuerza. En la incipiente Región Pacífico también había novedades: el cura de toda la vida en Lima se había ido y llegaban dos nuevos capellanes, jóvenes, entusiastas, cercanos. Como dice el dicho, escoba nueva siempre barre mejor.
Con ellos llegaron métodos distintos. Propusieron —o más bien instauraron— algo impensado hasta entonces en nuestro grupo de amigos: jugar al amigo secreto, hacer una parrillada y cerrar la noche jugando Pictionary, todo en vísperas de Navidad. Así fue como, un poco escépticos, dos amigos y yo nos encontramos a minutos del encuentro… y sin regalo. Al ver que el resto del grupo anunciaba su llegada con obsequio en mano, no nos quedó otra que improvisar. Entramos a un bazar cercano con la secreta esperanza de comprar algo para intercambiar entre nosotros mismos.
Compramos los tres juntos. Yo elegí Tradiciones Peruanas, de Ricardo Palma. Otro amigo se llevó un rompecabezas de una pintura italiana de 200 piezas. El tercero, una alcancía peculiar: Perry el ornitorrinco.
En el intercambio, el plan empezó a funcionar. Yo me quedé con el rompecabezas. El libro terminó en manos del cura cordobés, lo que resultó un acierto: tenía algo simbólico, representativo del Perú, y él lo recibió con una sonrisa genuina.
El momento cumbre llegó cuando al otro sacerdote —que había llevado perfume, libros y chocolates— le tocó la alcancía. La miró, la giró entre las manos y soltó, sin filtro alguno:
—¿Qué poronga es esto?

El cura cordobés estalló de risa. “Qué pendejo”, decía, agarrándose la barriga, doblado de carcajadas. Nosotros también. Todos. El otro sacerdote, el porteño, miraba la alcancía de Perry con resignación y remató la escena: “Siempre me tocan los regalos más pedorros”.
Y así podría seguir contando anécdotas. Como aquella vez que, jugando Pictionary, no sabía qué carajos era un parquímetro y terminé dibujando algo parecido a una plaza con árboles. Otra explosión de risas.
Fui genuinamente feliz en más de un fogón, en la última noche de campamento. Fui genuinamente feliz al término de incontables forjas, cansado, transpirado, pero con la sensación de haber compartido algo verdadero. Y también lo fui en cada rakaraka toka después de cada formación final.
Cada vez que recordamos esas escenas pasa lo mismo: nos reímos de nuevo y, por un instante, volvemos a sentir exactamente lo que sentimos entonces. La complicidad, la liviandad, la alegría compartida. Fui genuinamente feliz. No hay ironía en esa frase ni ganas de relativizarla.
Y es justamente eso lo que vuelve todo más difícil de explicar.
Porque esa felicidad fue real. No fue fingida ni impuesta a la fuerza. Pero con el tiempo entendí algo clave: haber sido feliz no vuelve buena a una institución.
La felicidad personal no alcanza para justificar una estructura.
Esto no es nuevo ni excepcional. La historia está llena de ejemplos incómodos. Personas que fueron felices dentro de sectas destructivas. Soldados que experimentaron orgullo, camaradería y sentido de misión en regímenes totalitarios. Nada de eso fue mentira. La felicidad era real. Pero esa felicidad no convierte en justo al sistema que la produjo.
En ese punto suele aparecer un argumento que, a primera vista, resulta difícil de discutir. Se enumeran colegios, matrimonios, vocaciones, proyectos apostólicos. Se muestran “los frutos”. Y la pregunta cae con fuerza, casi como una sentencia: ¿cómo podría no ser esto una obra de Dios?
En contextos así, Dios deja de ser una búsqueda y se convierte en un argumento. No se lo invoca para discernir, sino para cerrar discusiones. “Es una obra de Dios” deja de ser una afirmación de fe y pasa a funcionar como una barrera: después de eso, ya no hay nada más que decir.
Pero el problema de ese razonamiento es que confunde resultado con legitimidad. Que algo produzca bienes no significa que todo en su interior sea justo. La historia —y también la experiencia religiosa— está llena de obras que generaron cosas valiosas mientras, al mismo tiempo, ocultaban dinámicas profundamente dañinas.
Reducir la discusión a los frutos visibles no solo empobrece el análisis: también funciona como un cierre anticipado del debate.
Fasta, como institución, nació de buenas intenciones. Nadie entra para hacer el mal. Hay ideales, hay mística, hay un deseo genuino de vivir la fe con radicalidad. El problema no está ahí. El problema aparece cuando esas buenas intenciones se sostienen sobre una estructura jerárquica cerrada, con enormes cuotas de poder concentradas en pocas personas, sin controles reales ni contrapesos efectivos.
En ese escenario, si quien ocupa un lugar de autoridad no está bien de la cabeza, el poder se vuelve casi ilimitado —casi al estilo de Palpatine, ese líder que, bajo una apariencia institucional y legítima, concentra poder hasta volverse incuestionable— y el daño deja de ser una posibilidad remota para convertirse en algo previsible.
Así aparecen los abusos: de conciencia, espirituales, de poder y, en algunos casos, sexuales. No porque todos sean perversos, sino porque el sistema lo permite, lo encubre o lo relativiza. Y cuando alguien se anima a señalarlo, la respuesta rara vez es una revisión honesta.
Frente a los abusos cometidos tanto por sacerdotes como por laicos, la actitud de las autoridades de Fasta —al menos según mi experiencia y mi lectura— ha sido mirar para otro lado. Minimizar, desplazar, silenciar. No siempre por maldad explícita, sino muchas veces por miedo: miedo a manchar el aura del fundador, miedo a que la verdad rompa un relato idealizado que durante años funcionó como blindaje moral.
Hay, además, una forma de control mucho más sutil, más difícil de señalar y, por lo mismo, más efectiva. No siempre se trata de negar los hechos. A veces basta con minimizar, relativizar o sugerir que “no es para tanto”.
En otros casos, el mensaje es todavía más directo: que no conviene “levantar polvo”, que hablar hace daño, que insistir en estos temas rompe algo que debería preservarse. Y así, quien intenta decir algo no solo carga con lo que vio o vivió, sino también con la sospecha de estar haciendo un mal mayor.
Ese desplazamiento —donde el problema deja de ser el abuso y pasa a ser quien lo señala— no es neutral. Es, al menos, una forma de manipulación. Porque no busca entender ni corregir, sino desactivar la incomodidad.
La complicidad rara vez se experimenta como complicidad. Se vive como prudencia, como obediencia, como fidelidad.
Y quizá por eso es tan difícil de reconocer: porque no se siente como traición, sino como virtud.
Quizá lo más incómodo no es aceptar que hubo abusos, sino reconocer que, mientras ocurrían, muchos de nosotros —siendo felices— no los vimos, no los quisimos ver o no supimos cómo nombrarlos.
Ahí está el núcleo del problema. Cuando la protección de una figura, de una historia o de una institución pesa más que el cuidado de las personas concretas, algo esencial ya se ha torcido.
Ninguna experiencia subjetiva justifica el abuso ni el silencio frente al daño.
Por eso puedo decir, sin contradicción, que fui feliz y que hoy escribo lo que escribo. Porque la felicidad no es una coartada moral. Porque haber recibido cosas buenas no me obliga a callar las malas.
Porque en contextos así, el silencio no es una pausa ni una prudencia: es una toma de posición.
La pregunta, entonces, ya no es si fui feliz o no.
La pregunta es otra:
¿Cuántas cosas estamos dispuestos a no ver —o a justificar— con tal de no poner en riesgo aquello en lo que creemos?









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