Hace bastante tiempo me vengo preguntando si el Concilio Vaticano II fue una de las mejores cosas que nos pasó como Iglesia.
Años atrás habría respondido sin dudar que sí. Hoy sigo pensándolo, aunque con algunos matices. Después de todo, habría que ser un perfecto idiota para no reconocer algunas de las reformas estructurales que introdujo, más allá de los cambios más conocidos que suelen mencionarse cuando se habla del Concilio: por ejemplo, que la misa dejó de celebrarse exclusivamente en latín y pasó a hacerse en la lengua de cada pueblo.
Pero quizás uno de sus aportes más importantes —y paradójicamente uno de los más olvidados— fue la revalorización del laico.
Hace poco conversaba sobre esto con un buen amigo. En realidad, decir “amigo” se queda corto: es más bien un hermano. Con el tiempo, además, se ha convertido en una especie de coach literario. Intercambiamos textos y documentos con el simple objetivo de mejorar nuestra escritura. Como alguna vez leí en un libro de Andrés Oppenheimer, la gente creativa necesita rodearse de gente creativa.
Fue precisamente en una de esas conversaciones cuando él notó algo curioso. Se dio cuenta de que, en más de una ocasión, yo hablaba de la expulsión de un sacerdote utilizando la expresión “reducción al estado laical”. Entonces me hizo una observación que me dejó pensando.
Me explicó que, después del Concilio Vaticano II, esa forma de hablar resulta, cuando menos, problemática. Porque si algo quiso subrayar el Concilio es que la vocación laical y la vocación sacerdotal son igualmente dignas; ninguna está por encima de la otra.
Y después de escribir estas líneas me hago una pregunta inevitable: ¿qué rol estamos asumiendo como laicos?, ¿qué nos estamos jugando como Iglesia?
Aquí conviene ser honestos. Porque si algo sabemos hacer bien los laicos es señalar, escandalizarnos… y luego callar.
Planteo esto porque sé que más de uno podría decirme: “Tú te haces el justiciero de la Iglesia y ni siquiera puedes comulgar”. Y, en parte, tendrían razón. Yo mismo convivo —y he mantenido relaciones sexuales fuera del matrimonio— con mi esposa civil. Sin embargo, sigo sintiéndome hijo y parte de la Iglesia, incluso cuando a veces mi conciencia me susurra que algunas de sus estructuras pueden comportarse como una mafia milenaria.
Antes de seguir, quiero mencionar algo que me hizo notar un hermano cristiano. Lo pongo sobre la mesa porque me parece un consejo válido: yo no odio a la Iglesia.
La amo.
Y si algún día Dome y Lucca, mis hijos, leen estas líneas, quiero que sepan que todo lo que escribo en este espacio nace del mismo deseo: que ustedes encuentren una Iglesia más purificada, más parecida a la de Cristo. Una Iglesia donde puedan vivir un encuentro personal con Jesús.
Esta tensión no es nueva. Ya pensadores cristianos como San Ambrosio de Milán, quien bautizó a Agustín de Hipona, recordaban que la Iglesia es, al mismo tiempo, santa y pecadora: santa por su origen y la verdad que custodia; pecadora porque está formada por hombres y mujeres profundamente imperfectos.
Esa misma intuición aparece también en Tomás de Aquino, cuando habla de la Iglesia como una comunidad de salvación compuesta por personas frágiles. No es una sociedad de perfectos, sino un pueblo en camino.
Quizás por eso la crítica, cuando nace del amor, no es un acto de traición.
A veces es simplemente una forma de fidelidad.
Por eso hoy quiero proponer un concepto —quizás nuevo, quizás no tanto—: el del laico domesticado.
Me refiero a ese laico que no gobierna ni ocupa una responsabilidad visible dentro de la institución, pero que, frente a los escándalos de la Iglesia, prefiere callar. Con su silencio termina convirtiéndose en una pieza más del rompecabezas que explica la manipulación del poder. Pero no es el único. También están quienes sí gobiernan —ya sea como cabeza o en mandos intermedios— y que, por acción u omisión, sostienen estructuras que hacen posible el abuso. En ambos casos, el problema no es solo el poder, sino la renuncia a la verdad.
Lo vi muchas veces dentro de FASTA, donde durante años nos repetimos que poseíamos una formación doctrinal sólida —herencia dominica, solíamos decir con orgullo—. Y, sin embargo, incluso allí terminamos aprendiendo algo mucho más sutil: el arte de callar cuando el sistema empezaba a incomodar.
Porque la manipulación de conciencias, el abuso de autoridad y el ocultamiento no nacen solo de quienes gobiernan mal, sino también de quienes encubren… y, del otro lado, de quienes obedecen sin cuestionar.
Personas que guardan silencio frente a la manipulación, que no denuncian los abusos de poder ni de conciencia y que, poco a poco, terminan siguiéndoles el juego a quienes gobiernan. A veces por miedo a romper el statu quo. O, simplemente, por temor a quedar como los locos de la historia.
Pero en FASTA —donde siempre nos jactábamos de una doctrina sólida— también terminamos domesticando el Evangelio.
Porque, si uno lo piensa bien, en el Evangelio casi no hay palabra de Jesús que no resulte escandalosa o disruptiva. Y, sin embargo, muchas veces parece que nos hemos preocupado más por suavizar ese mensaje para que no incomode demasiado.
Incluso hemos domesticado la Navidad.
Hoy los pesebres son hermosos. Algunos incluso podrían calificarse como “divinos”, llenos de lucecitas y adornos. Pero si somos honestos, no hay nada romántico en nacer en un establo.
Y, sin embargo, logramos domesticar incluso ese acontecimiento: el evento más revolucionario de la historia de la humanidad.
Y ni hablar de la Pasión de Cristo.
Recuerdo cuando se estrenó la película sobre la crucifixión dirigida por Mel Gibson. La vi con mi abuela Julia —que en paz descanse—. Ella lloraba y se escandalizaba porque decía que había demasiada sangre, que no deberíamos verla.
Yo era apenas un niño en ese momento, y hoy mi abuela ya no está. Pero con el tiempo entendí algo: ¿de qué otra manera podría haber sido una crucifixión precedida por latigazos?
Las imágenes a las que estamos acostumbrados suelen mostrarnos a un Jesús casi perfecto, clavado en la cruz como si acabara de salir de un spa. Pero la crucifixión fue todo menos estética.
Perdón si escandalizo a alguien, pero hay cosas que deben decirse.
Mientras escribo esto me vienen a la memoria unas líneas de Giovanni Papini. Él se burlaba de quienes creen que el espíritu solo puede florecer rodeado de comodidades. Decía que el alma que tiene algo verdadero que decir lo dirá en cualquier parte: aunque tenga que escribir con un tizón sobre una pared o en un simple papel de envolver.
Tal vez ahí esté también nuestro problema con el Evangelio.
No nació en lugares cómodos ni en ambientes estéticos. Nació en un establo, creció entre pescadores y terminó en una cruz.
Por eso incomoda.
Por eso duele.
Por eso interpela.
Tal vez el problema nunca fue el escándalo del Evangelio.
Tal vez el problema es que nosotros aprendimos a domesticarlo.








Deja un comentario