Mirando en retrospectiva, hay algo casi irónico —y, si soy honesto, también incómodo— en reconocer que nunca imaginé este lugar en el que ahora escribo. Un blog. Una voz pública. Y, sobre todo, una insistencia: la de volver una y otra vez sobre la Iglesia, no para defenderla como antes, sino para interrogarla, tensarla, exponer sus fisuras.
Durante mucho tiempo hice exactamente lo contrario. Recuerdo —y no sin cierta vergüenza— la facilidad con la que descalificaba a quienes emprendían este mismo camino. Los leía desde una distancia segura, casi moral, convencido de que había en ellos algo torcido: un gesto de traición, una herida mal curada, una soberbia disfrazada de lucidez. Los llamábamos, sin demasiadas vueltas, renegados de la fe.
Hace poco, navegando entre correos antiguos de Gmail, me encontré con esa versión de mí mismo. Intercambios con quien entonces era capellán de la jurisdicción de Fasta Lima. Conversaciones donde circulaban artículos críticos, miradas externas que intentaban nombrar lo que nosotros habitábamos desde dentro. Recuerdo el tono: entre la burla y la condescendencia. Se hablaba de “ultraconservadores”, de “ultraderecha”, de una Iglesia capturada por categorías políticas que yo rechazaba de plano, como si reconocerlas implicara traicionar algo sagrado.
Pero lo que más me inquietó no fue el contenido de esos correos, sino la seguridad con la que escribía. Esa certeza impermeable que no dejaba espacio a la duda. Como si la fe, para sostenerse, necesitara blindarse contra cualquier forma de cuestionamiento. Como si pensar críticamente fuera, en sí mismo, una amenaza.
Hoy me leo y no me reconozco del todo.
O mejor dicho: me reconozco demasiado.
Porque algo de ese impulso sigue estando. No la certeza, sino la necesidad de tomar posición. Solo que ahora la dirección cambió. Y eso es lo que resulta, en el fondo, más desconcertante: no es que haya dejado de juzgar, es que el juicio se desplazó.
Y en ese movimiento, inevitable, ocurrió algo más sutil —y quizás más incómodo—: me convertí, a los ojos de otros, en aquello que antes señalaba.
Renegado de la fe.
No porque yo me nombre así, ni porque habite ese lugar con convicción propia. Sino porque reconozco en esa palabra el mismo gesto que yo utilicé alguna vez. Así como antes leía a los críticos de la Iglesia bajo esa etiqueta, hoy sé —con una certeza que no necesito comprobar— que hay quienes me leen a mí del mismo modo.
Y hay algo casi simétrico, casi justo, en esa inversión.
Esa frase la escuché muchas veces. La repetí, incluso. Y hoy no sé si la rechazo del todo. Tal vez lo que cambió no es la frase, sino la forma de habitarla. Porque si la Iglesia es también de los hombres —y lo es—, entonces está atravesada por sus miserias, sus cegueras, sus abusos de poder. Y callar frente a eso ya no me parece un acto de fidelidad, sino de omisión.
Esa omisión —que a veces se disfraza de prudencia, de obediencia o incluso de fe— no es inocente. Tiene consecuencias. Moldea culturas, fija límites invisibles, enseña —casi sin palabras— qué se puede decir y qué conviene callar.
Hace poco escribí sobre eso con mayor detenimiento.
Sobre cómo, en muchas instituciones, el orden termina protegiéndose incluso cuando la verdad incomoda.
Sobre cómo, poco a poco, todos aprendemos —de maneras distintas— a mirar hacia otro lado.
Ese texto es “Asalto al Fortín – Parte II”.
Una reflexión sobre el poder, el silencio y el costo de decir lo que muchos prefieren callar.
Hay algo profundamente incómodo en este lugar intermedio. No soy el de antes, pero tampoco encajo del todo en la figura del crítico. No escribo desde afuera, aunque muchos así lo perciban. Tampoco desde una fe intacta. Es, más bien, una escritura desde la grieta: ese punto en el que la pertenencia y la distancia conviven sin resolverse.
Y quizás ahí está la clave. No en definir si soy o no un renegado, sino en aceptar que toda fe que no se deja interpelar corre el riesgo de volverse ideología. Y toda crítica que no reconoce su propia implicación corre el riesgo de volverse soberbia.
Pero si retrocedo todavía más —antes de las discusiones, antes de las etiquetas— aparece otra escena. Más simple. Más limpia.
Hasta el 2005, mis padres trabajaban en la prensa escrita. Para mí era natural verlos llegar a casa con el diario bajo el brazo. Había algo ritual en ese gesto: dejar las cosas, abrir el periódico… y yo, sin esperar, empezar a hojearlo hasta encontrar sus nombres. A veces escribían de política, otras de espectáculos. Alguna vez, incluso, de deportes. Recuerdo especialmente los reportajes de mi mamá: no eran de una página, sino despliegues de tres o cuatro, como si el tema necesitara aire.
Yo no entendía todo, pero entendía lo suficiente: que escribir ahí importaba.
Quizás por eso, a los siete u ocho años, empecé a hacer mis propios intentos. Recortaba cosas —de Dragon Ball, de esas revistas de programación del cable— y las pegaba en hojas como podía. Armaba algo que, sin saberlo, hoy llamaría un fanzine. Mi propio diario. Mi forma de imitar, torpemente, ese mundo que veía en casa.
No sé en qué momento ese impulso quedó en pausa.
O mejor dicho: sí lo sé. Cuando escribir dejó de ser juego y empezó a ser toma de posición.
Y, sin embargo, ahora que lo pienso, este blog también es una forma de volver ahí. No a la inocencia, claro. Pero sí al gesto. A esa necesidad casi infantil de ordenar el mundo en palabras.
Los tiempos cambiaron. El soporte también. Ya no es el papel ni las tijeras, sino una pantalla y una publicación semanal. Y, aun así, hay algo que persiste.
No sé si esto traiciona algo de lo que fui.
Lo que sí sé —y esto no lo pongo en duda— es que hoy soy feliz escribiendo.
Incluso aquí. Incluso así.
Y sí, qué vueltas da la vida.
Pero más que vueltas, tal vez sean desplazamientos.








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