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En el primer capítulo de la serie A.D. The Bible Continues, hay una escena que resume siglos de burocracia espiritual con una estética cruda y magistral: Poncio Pilato conversa con su esposa, Claudia, bajo las sombras del Pretorio. Mientras ella aparece atormentada, con la mirada perdida en la injusticia que se comete contra ese «Hombre», Pilato se mueve con la parsimonia del poder romano. La puesta en escena es fascinante; vemos a un administrador que responde con la frialdad de quien solo rinde cuentas a un sistema, a una maquinaria imperial que no admite grietas. Su prioridad no es administrar la justicia ni dirimir la inocencia del reo, sino mantener el status quo. No importó la persona. Pilato es el administrador perfecto: sacrifica la Verdad con un pragmatismo aterrador para que la ciudad siga girando sin ruidos y el orden no se altere.
Esa escena es el espejo de lo que hoy enfrentamos. A la cabeza de las instituciones no siempre hay mártires; a veces hay Pilatos de escritorio que han hecho de la «prudencia» una palangana para lavarse las manos cada vez que la sangre de una víctima salpica sus alfombras. Las autoridades de FASTA en sus diferentes estratos, e incluso varios milicianos rasos, han preferido custodiar la imagen y un pseudo-prestigio institucional antes que la integridad de sus miembros.
Esta coreografía del ocultamiento se repite en una escala más doméstica, casi vecinal, pero no menos trágica. Es la puesta en escena de la impunidad que todos hemos visto: la mujer que camina al mercado con el ojo morado o que pasea por la plaza con moretones que el maquillaje no logra esconder. El vecindario mira, sabe de los golpes, pero elige la «paz» del silencio. Todos nos indignamos en la intimidad, pero nadie interrumpe la simetría del horror llamando a las autoridades. Solo cuando la tragedia se vuelve irreversible y las sirenas de la ambulancia rompen el silencio de la cuadra, aparece la liturgia del llanto colectivo. Entonces todos nos abrazamos y preguntamos: “¿Cómo fue posible?”. Fue posible porque, como Pilato, elegimos que la ciudad siguiera girando sin ruidos.
Este blog no es un ejercicio de rencor, sino de interrupción. No existiría si las autoridades de FASTA dejaran de administrar el silencio y permitieran que la verdad completa generara una justicia completa. Sin esa catarsis, el pasado es un bucle eterno, como en la serie alemana Dark. Es la historia de Guillermo Rosado y de tantos otros abusadores que han pasado por la vida impunes todavía. No odiamos ni queremos destruir a FASTA ni a la Iglesia. Al contrario, las amamos y nos indigna lo que sucede. Solo buscamos verdad, justicia y reparación, para poder seguir adelante como comunidad cristiana, sin mochilas podridas a cuestas y sin repetir patrones de negación y ocultamiento.
Es necesario marcar una distancia intelectual y ética frente a otros intentos del pasado. Hace unos años, el panorama digital se vio inundado por el fenómeno de «Testimoniosa»: una serie de cuentas de Instagram que publicaban supuestas denuncias, relatos difusos y semiverdades sin respaldo verificable. Aquello fue, en gran medida, un ruido mediático carente de rigor. Quizás la cuenta de Rosario fue la que más se aproximó al mencionar aspectos vinculados al padre Guillermo Rosado, pero incluso en ese caso, el tratamiento fue parcial y carente de profundidad. Esto es testimonio, no rumor. Nosotros hemos sido miembros de la institución; hemos tenido la gracia de ser testigos, pero también la responsabilidad de ser maestros. Donde otros buscaron ensuciar por el simple placer de la demolición, nosotros buscamos limpiar para restaurar. Algunos dicen que «exponer la verdad no ayuda»; nosotros creemos que esconderla ayuda menos.

Recuerdo que, en su momento, decidí no oficializar mi compromiso institucional. Mi conciencia no encontraba el encuadre correcto en ese paso. Un buen amigo me lanzó entonces la vieja sentencia de Boabdil: «No lloremos como mujeres lo que no supimos defender como hombres». Hoy, con este blog como un espacio que lucha por poner la verdad sobre la mesa, entiendo que esa épica es otra máscara que debe caer. En este tiempo de sombras, he visto a más mujeres jugarse el alma por Cristo que a varones protegiendo su cuota de poder.
La frase real, la que nos interpele de verdad, debe ser: no lloremos como cobardes lo que no supimos defender como verdaderos cristianos. Si ellos eligen la palangana de Pilato para lavarse las manos, nosotros elegimos la palabra para dar testimonio. Porque una comunidad que prefiere el status quo por encima de la decencia, la conciencia y la práctica del Evangelio —incluso de la ley civil— ya no es una Ciudad de Dios; es solo otra provincia del olvido. Hoy con dolor me atrevo a escribir que la historia se repite como hace más de dos mil años con Poncio Pilato: se prefiere un orden a costa de la muerte de la verdad.
Hoy, como aquel joven que en 2008 creyó que la vida era una milicia por la Verdad, sigo sosteniendo el mismo plano: con mi vida demostraré lo que amo.








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