Guillermo Rosado: la ficha reina del Padre Fundador

¿Será este el final del Hombre Araña? Sinceramente, no lo sé.

Lo que sí sé es que hablar de estas cosas cansa. Agota. Hay días en que uno siente que ya ha dicho todo lo que tenía para decir y, sin embargo, la realidad insiste en devolverlo al mismo punto de partida. Como si algunos relatos se negaran a terminar mientras todavía quede algo por comprender.

Lo que comenzó como una suerte de almacén digital de recuerdos, reflexiones y hallazgos terminó convirtiéndose en algo que todavía me cuesta definir. Algunos lo llaman un espacio de denuncia. Otros, un lugar de catarsis. Yo no estoy seguro de que sea exactamente una cosa o la otra.

Recuerdo que alguna vez describí a Solo por Webeo como una comunidad apostólica. Con el tiempo he llegado a pensar que esa definición sigue siendo válida. Porque, de algún modo, eso es lo que somos: una comunidad que sigue buscando el Evangelio allí donde la comodidad preferiría no mirar. Y quizá sea precisamente eso lo que incomoda a muchos.

Hace algún tiempo conversaba con una lectora de este espacio. Después de intercambiar mensajes durante meses sobre estos temas, me dijo algo que todavía resuena en mí:

«Hemos hablado tanto en privado que ya no nos queda otra opción que empezar a hablar en público».

Durante mucho tiempo pensé que la parte más difícil de estas historias era descubrir lo que había ocurrido.

Con los años empecé a sospechar que no.

Que lo verdaderamente difícil es comprender cuántas personas sabían algo y eligieron no decir nada.

Tal vez ahí esté el origen de todo esto.

No en el deseo de denunciar.

Sino en la imposibilidad de seguir callando.

Porque para seguir hablando de estos temas —o quizá sería más honesto decir para seguir intentando comprenderlos— necesito volver sobre una idea que he mencionado antes y que suele generar incomodidad.

Por más escandalosos, aberrantes e incomprensibles que resulten los abusos sexuales cometidos por miembros de la Fraternidad Sacerdotal y laical de FASTA, sigo pensando que eso no es lo que más me duele de toda esta historia.

Lo he dicho antes y probablemente lo repetiré muchas veces más.

La fragilidad humana no es una excepción. Es la regla. También lo es el pecado. El Evangelio lo recuerda con una frase que hemos escuchado tantas veces que corremos el riesgo de olvidar su radicalidad: «Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra».

Todos somos capaces de hacer daño. Todos convivimos con zonas oscuras que preferiríamos no reconocer. Y aunque nos cueste admitirlo, nadie está completamente a salvo de convertirse en aquello que hoy condena.

Por eso el abuso no es lo que más me escandaliza.

Lo que me atormenta es otra cosa.

Me atormenta pensar cuántas personas vieron señales que yo no vi. Cuántas escucharon rumores que yo nunca escuché. Cuántas tuvieron acceso a fragmentos de una verdad que para muchos permanecía cuidadosamente fuera de alcance.

Lo que me atormenta es la omisión.

El silencio.

La decisión de no decir nada.

Y fue precisamente intentando comprender ese silencio que terminé regresando a recuerdos que durante años permanecieron archivados en algún rincón de la memoria. Recuerdos que, en apariencia, no tenían ninguna relación con esta historia.

Durante mucho tiempo me consideré un espectador de estos acontecimientos. Alguien que observaba desde afuera. Con los años entendí que esa percepción era engañosa. No porque hubiera sido protagonista de nada extraordinario, sino porque también formaba parte de un ecosistema de relaciones, lealtades y confianzas que hoy resulta imposible ignorar.

Campamento de Predicadores, 2016. Archivo personal.

Por eso necesito volver a 2016.

No porque aquel año explique todo.

Pero sí porque fue entonces cuando escuché ciertas conversaciones que, vistas desde el presente, parecen haber estado esperando durante años para revelar su verdadero significado.

En 2016 yo ya no estaba a cargo de la Casa Santa Rosa de Lima. Habían pasado algunos años desde que asumí aquella responsabilidad y mi lugar dentro de la estructura había cambiado. Sin embargo, seguía vinculado al trabajo con jóvenes universitarios y, de una forma u otra, continuaba habitando los mismos pasillos, las mismas conversaciones y las mismas expectativas que habían marcado buena parte de mi vida adulta.

Hay algo que quienes nunca estuvieron dentro de FASTA quizá no terminen de comprender del todo. Los cargos y las responsabilidades no solo distribuían tareas. También moldeaban cercanías.

Sucede en cualquier organización humana. Compartir proyectos, resolver problemas, perseguir objetivos comunes termina creando vínculos que difícilmente se generan de otro modo. Uno aprende a conocer a las personas en los espacios informales: en los viajes, en las sobremesas, en las conversaciones que ocurren cuando la reunión ya terminó y todos parecen tener prisa por irse, excepto quienes se quedan hablando una hora más.

Fue precisamente esa dinámica la que me permitió entablar amistad con Matías Bao, quien en ese entonces era capellán de FASTA Lima. También con David Bertinetti, con quien la vida me ha llevado a mantener una relación peculiar: una amistad atravesada por coincidencias, desacuerdos y discusiones que, de alguna manera, todavía continúan.

Los orígenes de esas amistades merecerían otro relato. Tal vez incluso un artículo propio..

Lo que importa aquí es otra cosa.

Una noche, en el tercer piso de la Casa San José, nombre que tiene el local institucional de FASTA Lima, mientras cenábamos una lasaña comprada al peso en Wong, Matías me dijo que se iba.

No recuerdo si dejó caer la noticia de golpe o si la conversación fue llegando lentamente hasta ese punto. La memoria tiene la costumbre de conservar las emociones y descuidar los detalles.

Lo que sí recuerdo es la sensación.

Una mezcla extraña de tristeza y desconcierto.

Tristeza porque se iba un amigo.

Desconcierto porque, desde mi mirada de entonces, la decisión parecía difícil de entender.

Quizá la memoria también embellece el pasado. Es posible. Pero en aquellos años yo tenía la impresión de que FASTA Lima atravesaba uno de sus momentos más prometedores. Las distintas estructuras comenzaban a consolidarse. Algunos jóvenes que habían pasado por las Menores empezaban a asumir responsabilidades mayores. Habíamos conseguido espacios propios para desarrollar actividades. Muchos de quienes habíamos crecido dentro del movimiento estábamos terminando nuestras carreras profesionales y seguíamos comprometidos con distintas tareas apostólicas.

Por primera vez en mucho tiempo sentía que varias piezas comenzaban a encajar.

Como cuando uno arma un rompecabezas durante años y, de pronto, la imagen empieza a revelar su forma definitiva.

Por eso me costaba entender el traslado.

Mientras yo insistía en enumerar razones por las  que aquello me pareciera una mala decisión, Matías escuchaba con paciencia. Después sonrió y me respondió algo que todavía recuerdo.

—Hay algo providencial en todo esto.

La palabra me llamó la atención.

Providencial.

En FASTA utilizábamos ese término con frecuencia. A veces para describir acontecimientos extraordinarios. Otras veces para intentar encontrar sentido a situaciones que todavía no comprendíamos.

Matías me explicó entonces que Guillermo Rosado había sido una figura importante en su camino vocacional. Su capellán en el colegio FASTA Catherina y en Ruca Del Plata. Una persona que había influido decisivamente en su decisión de abrazar el sacerdocio.

Y ahora ocurría algo curioso.

Rosado llegaría a Lima, la jurisdicción donde Matías había desarrollado sus primeros años de su ministerio, mientras él partiría hacia una jurisdicción profundamente marcada por la presencia de Rosado.

Lo contaba no sé si con entusiasmo, pero sí con confianza.

Como quien descubre una especie de simetría secreta en los acontecimientos.

Después comenzó a hablar de los intercambios que podrían surgir entre ambas comunidades. Las experiencias compartidas. Los proyectos. Los nuevos vínculos.

Y en algún momento, entre bromas, agregó:

—Además, quién sabe… por ahí hasta te consigues una minita en Rosario.

Nos reímos.

Era una conversación completamente ordinaria.

Tan ordinaria que durante años permaneció archivada en mi memoria junto a cientos de escenas similares.

Solo mucho tiempo después comprendí que los recuerdos no permanecen inmóviles.

Cambian.

No porque los hechos cambien, sino porque cambia la información desde la cual los observamos.

Y cuando eso ocurre, una simple cena entre amigos puede transformarse en el prólogo involuntario de una historia completamente distinta.

Visita del padre Fundador a la Parroquia Santa María Madre de la Paz, 2013.

Hay otro recuerdo que vuelve con frecuencia cuando pienso en aquellos años.

Para entonces, la noticia del traslado de Matías ya circulaba entre varias personas. Los cambios que se avecinaban empezaban a convertirse en tema de conversación habitual y cada uno intentaba interpretar su significado a partir de las pocas piezas de información que tenía a disposición.

Fue en ese contexto que terminé una noche en la casa de Javi, en Barranco.

Si la memoria no me traiciona, la reunión tenía alguna relación con la posible reorganización del convivio Cristo Rey. No era una reunión formal ni una actividad particularmente importante. De hecho, siendo completamente honesto, hoy ni siquiera recuerdo con claridad por qué estaba allí.

La memoria es extraña.

Hay acontecimientos decisivos que desaparecen por completo y, en cambio, conversaciones aparentemente insignificantes permanecen intactas durante años.

No recuerdo el motivo de la reunión.

Pero sí recuerdo algunas de las personas que estaban presentes.

Y, sobre todo, recuerdo una frase.

Entre los asistentes se encontraba Daniel Torres, que en aquel momento era seminarista. En algún punto de la noche la conversación derivó hacia los cambios que se aproximaban para la jurisdicción. Hablamos del traslado de Matías. De la llegada de un nuevo capellán. De los proyectos que podían venir en los años siguientes.

Era una conversación como tantas otras.

Hasta que Daniel hizo un comentario que capturó la atención de todos.

No puedo asegurar que las palabras hayan sido exactamente estas. Han pasado demasiados años para atribuirle una cita textual. Pero el sentido era inequívoco.

—Que Guillermo Rosado venga a Lima significa que el padre Fosbery ha movido su ficha reina.

Santa Misa durante la visita del padre César Garcés y Guillermo Rosado a la comunidad de FASTA Lima, octubre de 2016. Archivo personal.

Recuerdo que varios levantamos la vista.

La expresión tenía algo teatral. Algo que invitaba inmediatamente a pedir una explicación.

La ficha reina.

Daniel insistió en la idea.

Según él, no estábamos frente a un cambio administrativo más ni frente a una decisión rutinaria. Estábamos ante un movimiento estratégico. Una apuesta importante. Una señal de que algo relevante se proyectaba para Lima.

El padre Fosbery —sostenía— esperaba algo de esta jurisdicción.

Algo grande.

Algo que justificaba enviar a una de las personas de su mayor confianza.

Con los años he intentado recordar qué sentí exactamente al escuchar aquellas palabras.

Y la respuesta más honesta es que no sentí nada extraordinario.

No me sorprendieron.

No me parecieron exageradas.

Por el contrario, encajaban perfectamente con la imagen que muchos teníamos de Guillermo Rosado.

Dentro de FASTA su nombre circulaba asociado a proyectos exitosos, a iniciativas que crecían y a experiencias apostólicas que parecían florecer allí donde él intervenía. Se hablaba de las rucas de Rosario casi como quien habla de una obra ejemplar. Los nombres aparecían una y otra vez en reuniones, testimonios y conversaciones informales: Hueney, Paraná, Antú, Iviray.

Por eso la frase de Daniel encontró tan poca resistencia.

Porque confirmaba algo que ya estábamos dispuestos a creer.

Que la llegada de Guillermo Rosado era una señal de confianza.

Una apuesta de futuro.

Nadie en aquella sala —al menos nadie de los que escuchábamos aquella conversación— parecía imaginar que detrás de aquella reputación existían otras historias.

Historias que todavía permanecían fuera de nuestro campo visual.

Historias que algunos ya conocían.

Y que otros tardaríamos muchos años en descubrir.

Pues todo eso era lo que se cocinaba en Lima, Perú. Sin embargo, a cuatro mil kilómetros de distancia, en Argentina, el tablero se movía por razones mucho menos místicas. Las verdadera motivación detrás del «cambio de misión de Guillermo Rosado» no era una genialidad pastoral, sino el síntoma de un mal endémico en la cúpula: el miedo disfrazado de prudencia.

La mecha la encendió el sacerdote Miguel Rayón durante su fugaz paso por Rosario. Al detectar que Rosado ejercía un control extraño, desmedido y sectario —no solo sobre cuestiones administrativas, sino sobre las conciencias de las personas—, Rayón mandó una alerta roja a las dos cabezas de la organización. El informe aterrizó en los escritorios del Padre Aníbal Fosbery, el Fundador y máxima autoridad mística, y del Padre César Gárces, el Regente a cargo de conducir a los sacerdotes. 

Caudillos de una nueva milicia, apóstoles de un orden de hierro que se pretendía inquebrantable… pero que, al final del día, cargaban con el mismo Pedro cobarde que todos llevamos dentro.

Hoy con la distancia que dan los años, creo que reaccionaron como hombres asustados. Gárces, fiel a su naturaleza irresoluta, prefirió la tibieza de una solución a medias antes que enfrentar el problema de raíz y sancionar a un sacerdote que ya llevaba veinte años enquistado en su feudo. Y Fosbery, un hombre noble en esencia, pero cegado por el error trágico de proteger la reputación de la obra por encima de la verdad, consintió el cambalache.

A la fecha, no he podido determinar a quién de los dos se le ocurrió la «brillante» idea —si fue el enésimo titubeo de Gárces o el desesperado intento de Fosbery por tapar el sol con un dedo—, pero pensaron que barriendo la basura bajo la alfombra se solucionaba todo. Si lo mandaban a Perú, Rosado quedaría aislado, lejos de su red de lealtades en Rosario, y el problema se disolvería por pura distancia. Prefirieron desterrar el peligro antes que extirparlo, olvidando que el poder, cuando se exporta, solo cambia de dirección.

Esta aparente solución fue, en realidad, el inicio del declive visible para toda una generación de FASTA. Como escribí en El mayor pecado del Padre Fundador: «Al elegir ese supuesto prestigio de la obra por sobre la verdad del herido, Aníbal Fosbery no salvó su obra; la condenó a una fragilidad permanente. Porque una institución que necesita el silencio de sus víctimas para sostenerse, ya no es un templo, sino un mausoleo».

El mito de la milicia inmaculada se agrietaba desde adentro, y las respuestas no estaban en los despachos de Buenos Aires, sino en el rumor de la calle. En el próximo artículo nos mudaremos a una ruidosa despedida de soltero de egresados del colegio FASTA Catherina; un escenario donde, entre vasos de fernet con coca, humareda de cigarrillos y asado, la complicidad se rompió con una frase seca: «A este hijo de puta lo cambian a Perú… Seguro lo volvió a hacer en Rosario».

Esta historia continuará.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un blog personal donde comparto ideas, reflexiones y ensayos desde una mirada íntima, crítica y creativa. Escribo para pensar, para cuestionar… y porque escribir, honestamente, se ha vuelto mi nueva crisis de los 30’s.

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