A inicios de este mes, tuve la oportunidad de conversar largo y tendido con una lectora de este pequeño espacio. En el intercambio, ella me ayudó a ponerle nombre a algo que yo sentía, pero que no lograba articular: el abuso camuflado de la «gran deuda».

Muchos de los que transitamos por FASTA recibimos formación, herramientas o experiencias que hoy nos permiten desarrollarnos como ciudadanos. Nadie niega eso. El problema aparece cuando esa gratitud se transforma en una obligación permanente de silencio. Cuando el crecimiento personal parece tener un precio eterno.

Todavía resuena en mi memoria el comentario de un miliciano de FASTA Lima que, con tono sentencioso, me soltó: «Eres lo que eres por la institución; salir ahora a señalar errores solo demuestra que eres un malagradecido».

Es una trampa psicológica eficaz: convertir la gratitud en un bozal.

Pero la gratitud verdadera no nace de la coacción ni exige silencio frente al daño. Por eso este artículo —el número cien de este blog— debe comenzar como debí comenzar muchas cosas en mi vida: reconociendo a quienes realmente me formaron.

Mis padres, Marie Pajuelo y Marco Medina.

Ellos me enseñaron que la lealtad es un valor del carácter, no de la obediencia. Como en las viejas crónicas de la Tierra Media, la autoridad no está en el trono, sino en la verdad; y hoy toca defenderla desde fuera de los muros.

Frente a la denuncia, el sistema eclesial parece no reflexionar, pues en los hechos se repliega. Clausura el discurso, proclama anatemas y se amuralla en un silencio que no es paz, sino complicidad. Este mecanismo de defensa, primitivo y precario imposibilita la conversión.

Sin embargo, esta resistencia institucional a la verdad no es un invento local ni una novedad de nuestra época. Lo que hoy vivimos en estructuras como FASTA o en las diferentes Diócesis es el eco de una mecánica antigua. Sucedió tras la Reforma Protestante y sucede hoy: ante el reclamo por los abusos del clero, la jerarquía no hace introspección; monta una maquinaria espectacular para seducir a los “extraviados”. Es el viejo truco del pan y circo para ocultar la podredumbre. 

Las reformas reales siempre vinieron de aquellos que quebraron el status quo con mucho sufrimiento; de esos perseguidos por el mismo sistema que, siglos después, los canoniza y culpa por la incompresión a sus predecesores para continuar persiguiendo a sus contemporáneos.

Es el ciclo de la rancia política trasladado al altar. Así sobrevive el sistema clerical: niega, persigue, evade y calla. Y si el tiempo los acorrala,terminan asumiendo como propio lo que sus críticos afirmaban, repartiendo capelos cardenalicios en reconocimiento a los aportes que antes condenaron. Hipocresía pura. Mafia milenaria.

Esta mecánica de negación y “control de daños” que con frecuencia ha caracterizado la respuesta de la Iglesia Católica ante los escándalos no es ajena a FASTA ni a la diócesis de Lima; más bien, parece formar parte de su propio ADN institucional. No hay gran diferencia entre el refugio dorado de un expulsado como Guillermo Rosado, la “pausa” de cinco años concedida a un abusador confeso como Guillermo Varela, y el silencio sepulcral del Cardenal Carlos Castillo ante las pruebas contra Marco Agüero Vidal que, desde diciembre, reposaban en su escritorio.

El caso de la Parroquia de San Borja es la prueba de que el sistema no ha aprendido nada, porque su prioridad no es la verdad, sino la vigencia del capelo. Mientras el Arzobispado finge sorpresa, las actas policiales gritan lo que la jerarquía intentó callar.

Durante años, nos jactábamos de una autoridad moral que hoy se deshace entre las manos. Inflábamos el pecho creyéndonos diferentes, convencidos de que los abusos eran tragedias que solo ocurrían en ‘otros’ lugares, nunca en la FASTA. Esa soberbia fue nuestro primer punto ciego. Hoy entiendo que el abuso no es una anomalía de un movimiento, sino un mal transversal que carcome a la institución entera.

La administración del silencio

Con el tiempo he entendido que el silencio no es simplemente la ausencia de palabras. El silencio también puede ser una estrategia. A veces funciona como un muro: deja a las víctimas hablando solas mientras del otro lado todo permanece intacto. Otras veces opera como un manto discreto que cubre lo que nadie quiere mirar demasiado de cerca.

En ciertos espacios eclesiales el uso de la palabra y del silencio parece responder a una lógica curiosamente selectiva. Se habla cuando conviene preservar la imagen; se calla cuando la verdad amenaza con incomodar demasiado. Aparecen los eufemismos, los comunicados prudentes, las frases que dicen sin decir. Mientras tanto, quienes cargan con el daño quedan suspendidos en un limbo donde la institución protege su liturgia con celo casi artístico, pero tarda demasiado en hacerse cargo de las vidas heridas.

La autoridad no se sostiene en el cargo sino en la confianza. Y la confianza es un material frágil: una vez que se quiebra, no vuelve a su forma original. Durante años creí en ciertas figuras que parecían firmes al hablar de valentía, pero los vi esconderse justo cuando más falta hacían esas palabras. Los vi dudar, llorar en privado cuando en público correspondía dar la cara.

Hay una forma particularmente triste de traición que no grita: la cobardía. Esa decisión silenciosa de apartarse cuando el conflicto exige presencia. En escenarios así no existe la neutralidad. No actuar también es una forma de tomar partido.

«La imparcialidad es un nombre pomposo para la indiferencia, que es un nombre elegante para la ignorancia.» — G. K. Chesterton

Este artículo 100 es mi renuncia definitiva a la indiferencia. Si el sistema clerical elige el cinismo como respuesta, nosotros elegiremos la memoria como valuarte. Hoy exponemos el caso San Borja; pero en mayo, Soloporwebeo.com iniciará un proceso de transparencia necesario: abriremos otro expediente que anda bajo siete llaves en los pasillos de la Fraternidad.

La cuenta regresiva para la impunidad ha comenzado. Vuelvo a casa, pero con la pluma afilada.

Tanta mística, tanto diseño heroico… ¿para terminar en qué? Nos enseñaron que solo merece vivir quien por un noble ideal esté dispuesto a morir. Pero aquí hay una incoherencia estructural: si el ideal es tan alto, entonces la verdad debería ser lo primero en custodiarse. Cuando la imagen pesa más que la conciencia, el heroísmo se convierte en teatro y la mística en un instrumento de opresión.

Hay muchos que me escriben diciendo que denunciar aquí «solo hace daño», que debería acudir a las autoridades. Hoy, la experiencia me muestra que las autoridades no harán nada; son asesinos de la ilusión que parecen querer olvidar y terminan revictimizado a quienes debieron proteger. Como escribí a inicios de año, esto no es una trinchera. Escribimos con la firme convicción de ser una minoría creativa capaz de llevar un pequeño rayo de luz donde sea necesario, aunque esa luz moleste a quienes prefieren la comodidad de las penumbras.

Deja un comentario

Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

Descubre más desde Solo por Webeo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo