Terminé de leer Los genios, novela de Jaime Bayly, en enero de este 2026. Sin embargo, intentando darles un orden coherente a los contenidos de este blog, sentí que era hoy cuando este análisis debía ver la luz. Es una lectura inteligente, ágil y, como todo lo que sale de su pluma, extraordinariamente bien escrita. Pero más allá de la crónica del famoso puñetazo de Mario a Gabo, el libro deja en el aire una atmósfera que me resulta familiar y, a la vez, profundamente cuestionable.

Al leer a Bayly, parece que los desbordes afectivos, las infidelidades crónicas y esa incapacidad casi patológica de «quedarse» fueran destinos inevitables. Como si la genialidad literaria trajera consigo, por defecto, una licencia para la deserción emocional.

La narrativa de la novela sugiere una premisa peligrosa: que eran genios porque no podían amar de forma ordenada, o que su talento los eximía del peso del compromiso cotidiano. Como si comprometerse fuera una jaula que solo los mediocres pueden habitar.

Pero yo prefiero otra escuela.

Giovanni Papini pensaba exactamente lo contrario. Jorge Luis Borges también. Para ellos, el genio no es aquel que huye de la forma, ni el que se desparrama en el caos de sus impulsos para «sentirse vivo». Al contrario: el genio es quien asume el peso de lo humano con todas sus consecuencias. El genio no huye de la forma; el genio la crea.

La verdadera genialidad no está en el desborde, sino en la capacidad de darle sentido al caos. Y no hay caos más grande, ni materia más difícil de esculpir, que la propia vida y los afectos. Si aceptamos la tesis de que el talento justifica la inmadurez, estamos degradando la grandeza. El genio no necesita la traición para crear; entiende que el compromiso es, en realidad, la forma más alta de la disciplina creativa.

Entonces la pregunta vuelve: ¿Por qué seguimos creyendo que el genio no puede comprometerse?

Quizá porque es más fácil justificar nuestras propias incapacidades llamándolas «genialidad» que aceptar el desafío de ser grandes en lo sencillo.

Pero esta reflexión sobre la genialidad literaria es apenas el preámbulo. Bayly disecciona a los genios de la pluma; sin embargo, hay otros «genios» que exigen una mirada más urgente. Aquellos que, amparados en su supuesta superioridad o en una interpretación torcida de su misión «divina», se sintieron con el derecho de pasar por encima de la libertad de los demás.

Estamos trabajando para dar un paso más. Porque antes del silencio, hay una última verdad que poner sobre la mesa.

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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