En el artículo anterior dejamos planteada una idea que no es menor: la figura del joven dentro de FASTA no es accidental, sino construida. Se lo define como alguien incompleto, en búsqueda, necesitado de orientación.
Y desde ahí se abre la puerta a algo más profundo: una forma de vínculo que no solo acompaña, sino que puede generar dependencia.
Pero entender el diseño no es suficiente.
Porque cuando esa lógica deja de ser discurso y se convierte en experiencia concreta —en relaciones, en dinámicas cotidianas, en formas de pertenencia—, sus efectos empiezan a ser visibles de otra manera.
Es ahí donde la pregunta cambia.
Ya no se trata solo de cómo se construye al joven,
sino de qué ocurre cuando ese joven empieza a reorganizar su vida desde ese lugar.
Hay una escena que vuelve cada cierto tiempo a mi mente, y que hoy, con más distancia, adquiere otro significado.
En 2025 me animé, por primera vez, a nombrar directamente algunos casos vinculados a FASTA. Hasta entonces había recurrido a seudónimos. Hoy, con una comunidad que lee, comenta y dialoga, vale la pena volver sobre ello.
Recuerdo particularmente una intervención del entonces miliciano seminarista Esteban Poccioni, alrededor del año 2011. En una entrevista, planteaba una pregunta que muchos habíamos escuchado en casa: “¿Cuántas veces nuestros padres nos reclaman por no pasar tiempo con ellos?”
La respuesta no tardaba en llegar.
“Lo que no entienden es que yo ya estoy en mi casa.”
No se refería a su hogar familiar.
Se refería al espacio del movimiento.
“Estoy con mis hermanos, con quienes se preocupan por mí. Los jóvenes a mi cargo son como mis hermanos menores.”
Lo que ahí ocurre no es solo una metáfora afectiva.
Es un desplazamiento.
La familia deja de ser el centro de pertenencia para convertirse en un punto de origen superado. El nuevo núcleo —emocional, simbólico, incluso identitario— pasa a ser el grupo.
Y ese movimiento se refuerza con discursos que instalan distancia:
“ellos no lo van a entender”,
“no han vivido esto”,
“es normal que se opongan”.
Incluso se introduce una lógica de superioridad:
“tú estás llamado a algo más”.
No se rompe necesariamente el vínculo familiar.
Pero se reordena.
La autoridad deja de estar en casa.
La validación se busca en otro lado.
La comprensión ya no se espera de los padres, sino del grupo.
Y entonces, la dependencia alcanza su forma más compleja:
ya no es solo afectiva ni espiritual.
Es identitaria.
Hay otra escena, más íntima, que termina de cerrar el círculo.
Cada vez que comparto algún artículo en el grupo familiar, mi madre reacciona. Defiende. Marca una línea: “pertenecer a un movimiento eclesiástico no es malo”.
Y tiene razón.
Pero esa afirmación se queda corta.
Porque cuando se habla de abuso, solemos pensar en lo visible. Pero hay otras formas mucho más sutiles, que no operan sobre el cuerpo, sino sobre la forma de pensar, de sentir, de interpretarse a uno mismo.
Durante los primeros años en FASTA, mi madre estuvo presente. Acompañaba, observaba. Y pudo constatar algo importante: no había abuso físico ni sexual.
Y en ese sentido, se quedó tranquila.
Pero lo que no era visible era otra cosa.
Que, poco a poco, no estábamos entregando el cuerpo…
estábamos entregando la mente.
Aquí conviene nombrar algo que muchas veces pasa inadvertido: la manipulación de conciencia. No consiste en obligar por la fuerza, sino en influir de manera progresiva sobre la capacidad de una persona para juzgar por sí misma. Ocurre cuando alguien aprende a desconfiar de su propio criterio y empieza a interpretar sus decisiones, emociones o dudas únicamente a través de la voz de una autoridad externa. Ya no se pregunta qué piensa realmente, sino qué debería pensar según el sistema al que pertenece.
Cuando esa dinámica se instala en espacios religiosos, aparece una consecuencia todavía más delicada: el abuso espiritual. Esto sucede cuando la fe, la autoridad moral, la idea de vocación o incluso la imagen de Dios son utilizadas para controlar, culpabilizar o someter interiormente a una persona. Este tipo de abuso no depende necesariamente del estado clerical, pues puede ser ejercido tanto por laicos como por consagrados cuando una posición de autoridad es utilizada para someter la conciencia ajena. No siempre deja marcas visibles, pero puede dejar heridas profundas: culpa crónica, miedo a disentir, dependencia emocional y dificultad para reconstruir una relación libre con la propia conciencia y con lo sagrado.
Entonces no, el problema no es que un joven participe en un movimiento eclesiástico.
El problema es cuando ese espacio deja de ser un acompañamiento y se convierte en un reemplazo. Cuando ya no complementa a la familia, sino que la desplaza. Cuando ya no orienta, sino que define.
Porque ahí ya no estamos hablando de formación.
Estamos hablando de captura.
Y esto es lo incómodo:
Mientras algunos padres libran batallas públicas contra ciertas ideas, hay otras dinámicas —más silenciosas y profundas— ocurriendo delante de sus ojos.
Dinámicas que no vienen a discutir con sus hijos, sino a interpretarlos mejor que ellos.
Y entonces la pregunta es simple, pero brutal:
¿Quién está formando realmente a tu hijo?
Porque no basta con estar.
No basta con acompañar.
No basta con confiar.
Si el espacio donde tu hijo se siente más comprendido no eres tú,
si el lugar donde encuentra sentido no es su casa,
si las decisiones importantes empiezan a filtrarse por una estructura que no entiendes…
entonces ya llegaste tarde.
Y no se trata de culpas.
Se trata de responsabilidad.
Porque el vacío no existe.
Siempre alguien lo ocupa.
Y cuando quieres darte cuenta,
ese “alguien” ya no solo acompaña a tu hijo…
ya lo ha empezado a definir.
Con este artículo cerramos abril.
Y como adelantamos en nuestro artículo número cien, en mayo iniciaremos un proceso de transparencia que ya no puede seguir postergándose: abriremos otro expediente que, hasta ahora, ha permanecido bajo siete llaves en los pasillos de la Fraternidad Sacerdotal de FASTA.
Estos dos últimos artículos nos han permitido ver el diseño:
cómo se construye al joven, cómo se lo atrae, cómo se genera el vínculo.
Pero lo que viene es aún más incómodo.
Porque en mayo no solo hablaremos del sistema,
sino de cómo estos mismos mecanismos pueden ser utilizados por perfiles con rasgos de psicopatía —personas que no necesariamente crean el sistema, pero que saben habitarlo, manipularlo y aprovecharlo con precisión.
Y que, tarde o temprano, terminan saliendo a la luz.
El problema es que, cuando eso ocurre,
ya no hablamos de ideas, ni de formación, ni de pertenencia.
Hablamos de jóvenes que quedaron atrapados en el camino.








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