Tengo que confesar que, cuando publicamos la carta al padre César Garcés, aún guardábamos la esperanza de una respuesta. Una esperanza que hoy, simplemente, se ha diluido.
Supimos —de buena fuente— que, al inicio, le imprimían nuestros textos para que pudiera leerlos. Hasta que, después de leer los primeros, pidió que no se los hicieran llegar más: “le hacía mal leerlos”.
Pero, padre, ¿no le hacen mal otras cosas?
¿No le hace mal el silencio de quienes tuvimos que irnos cargando el rótulo de “resentidos”?
Hubo un tiempo en que verlo llegar generaba respeto sincero. No una obediencia automática, sino algo más difícil de conseguir: estima.
Recuerdo aquellas lectios divinas donde varios salíamos conmovidos. Pero en mi caso el peso es todavía mayor por una razón íntima: en distintas conversaciones con mi padre, y también en retiros, usted logró acercarlo nuevamente a la fe. Mi viejo, que solía decir entre risas que de FASTA “no entendía ni un carajo”, hacía siempre una excepción con usted: “ese Padre César es un trome”.
Y no era solo por cómo predicaba. También sorprendía su memoria. Nos conocimos en 2011 y, desde entonces, nunca olvidó ni mi nombre ni el de mi padre. Lo confirmó cada vez que volvimos a cruzarnos: en 2012, en 2015, en 2023.
Por eso todo esto pesa más.
Porque cuando alguien ha sido capaz de generar cercanía real, escucha genuina y hasta mover a otros hacia la fe, su silencio posterior no se vuelve menor: se vuelve más grave.
Uno tolera la indiferencia del burócrata. Lo que cuesta entender es la omisión de quien sí sabía mirar a los ojos.
Y entonces la pregunta inevitable aparece sola: si su memoria fue tan buena para recordar nombres, ¿no le hace mal cargar en ella tantos silencios?
Porque hay olvidos involuntarios. Pero también existen silencios elegidos.
Y esos son los que más condenan a una conciencia.
Hoy en el primer aniversario de este espacio, la ironía se vuelve inevitable: Solo por Webeo carga en su ADN la marca de la institución que hoy cuestiona. No es un elemento ajeno; usando su propio lenguaje, este espacio es una Comunidad Apostólica surgida precisamente de lo que ustedes formaron y luego abandonaron. Heredamos sus mañas, sí, pero también la urgencia de reconstruir sobre la verdad.
Y entre esas herencias está una especialmente peligrosa: la tendencia al circuito cerrado, donde los reconocimientos se reparten entre los mismos de siempre mientras todo lo incómodo queda afuera.
Lo vimos cuando multiplicaron publicaciones por el aniversario de la partida del Papa Francisco. Lo citaron, lo compartieron, lo reivindicaron. Pero todo gesto público corre el riesgo de vaciarse cuando se vuelve solo imagen. Porque recordar sus frases resulta sencillo; más difícil parece asumir sus advertencias contra las organizaciones encerradas en sí mismas, contra la autorreferencialidad, contra esa Iglesia prolija hacia afuera y estéril hacia adentro. Para decir que Francisco era amigo del Cura, allí sí aparecen todos. Para escuchar de verdad lo que dijo, ya no tantos.
Por eso hemos intentado no caer en eso. Pero hay una diferencia difícil de ignorar. Porque cuando recordamos el recorrido de este pequeño espacio, sí podemos sonreír.
Y no por éxito ni por revancha, sino por algo mucho más simple: por no tener que sostener una versión de la realidad que ya no resiste.
Porque, seamos honestos, padre: ¿cómo se sostiene ese gesto público cuando hay silencios que siguen pesando?
¿Cómo se recorren comunidades sabiendo que, en más de una ocasión, la verdad no fue dicha completa?
¿Acaso piensa usted que el fin justifica los medios?
Imagino la celebración por la fundación de FASTA Lima. No estuve presente, pero he pasado el tiempo suficiente dentro de la institución como para reconocer ese tipo de escenas: celebraciones donde el entusiasmo desplaza cualquier pregunta incómoda, entre aplausos, arengas y lágrimas fáciles.
Lo digo también por contraste con otros momentos que sí viví. Recuerdo, por ejemplo, los festejos por los 50 años de FASTA en Mar del Plata. Allí se lo veía activo, involucrado, incluso gestual: con los brazos en alto, marcando el ritmo, animando a cantar, como quien encarna una pertenencia sin fisuras.
Por eso la distancia con el presente no es solo evidente: es difícil de comprender.
Porque hoy esa energía parece haber sido reemplazada por una forma de silencio que no solo deja preguntas abiertas, sino que sinceramente duele.
En ese contexto —por lo que se ha contado y por lo que se ha podido reconstruir con cierta claridad— resulta difícil asimilar que una jurisdicción haya recibido a un abusador como si fuese un referente.
Lo que sí puede decirse con claridad es esto: a nosotros se nos pidió recibir y confiar en una persona que luego se supo había cometido abusos.
Se nos lo presentó como un referente, como alguien digno de guía.
Y cuando todo estalló, la explicación que se nos dio fue la de una supuesta “crisis vocacional”.
No solo fue insuficiente, padre César Garcés. Terminó siendo, con el tiempo, una forma de ocultamiento.
Porque nunca hubo una comunicación completa. Nunca un reconocimiento explícito de la gravedad de los hechos.
Solo silencio.
Y ese silencio también dijo algo.
Hasta hoy no hay una explicación clara. Y, sin embargo, todavía hay quienes cargan con una culpa que no les corresponde: la de “no haber sabido acompañar”.
Esa inversión del peso —que la responsabilidad caiga sobre quienes confiaron— no es menor.
Es, en sí misma, una forma de injusticia.
Y también una forma de abuso.
Porque hay víctimas que siguen esperando algo tan básico como la verdad.
Y por eso vamos a seguir escribiendo.
No por obstinación. No por revancha. No porque, como dicen algunos, “necesitemos sanar”.
Sino porque este espacio, con todas sus limitaciones, se ha convertido en algo que no existía:
la voz de quienes, durante demasiado tiempo, no fueron escuchados.
Y que ya no están dispuestos a callar.








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