El pasado 6 de julio, en este mismo espacio, conté que Sebastián Vallejo Agostini se encontraba en Jujuy cuidando de su padre.

Tres meses después, el portal digital católico Hasta Dios, que declara formar parte del Movimiento FASTA y tener como propósito conectar y fortalecer a la «Ciudad Miliciana», informó que el sacerdote asistirá a la comunidad de Flores, en Buenos Aires.

El anuncio supone, en cualquier caso, una novedad en su recorrido pastoral.

Y me hizo recordar algo.

En el hiphop existe una expresión bastante conocida: A.K.A., abreviatura de also known as, que significa «también conocido como». Sirve para presentar a alguien por su nombre artístico o por un alias que, con el tiempo, puede terminar siendo tan reconocible como su nombre.

En la Iglesia católica también existen nombres religiosos. Y en FASTA, por ejemplo, se nos contaba que su fundador, Aníbal Ernesto Fosbery, era conocido como Fray Bernardo.

Las diferencias entre ambas tradiciones son evidentes. Pero voy a permitirme una pequeña licencia literaria.

Sobre todo porque nuestro protagonista creó una página de Facebook llamada «Reflexiones Fasta P. Sebastián Vallejo», cuya actividad parece haberse quedado en el pasado.

Las publicaciones podrán escasear. Las reflexiones podrán haberse tomado un descanso indefinido. Pero el título permanece.

Con ustedes, Sebastián Vallejo Agostini.

A.K.A. «Reflexiones FASTA».

Su trayectoria pastoral tiene una particularidad: uno empieza hablando de una comunidad, pasa a otra, cruza fronteras, cambia de obispo y, cuando cree haber encontrado una historia diferente, termina tropezándose con el mismo personaje.

Lima y Arequipa. Después, solamente Lima. Quito. Texas. Otra vez Quito. Catamarca. Lobos y Quito. Finalmente, solo Lobos.

Y ahora Flores.

Una gira internacional que cualquier artista podría envidiar.

Aunque aquí hay una diferencia importante: en el hiphop, cuando dos personas no están de acuerdo, pueden responderse con barras. En la vida eclesiástica, los desacuerdos suelen resolverse mediante reuniones, cartas, decisiones pastorales y, de vez en cuando, cambios de destino.

Lo interesante no es cuántos lugares aparecen en el itinerario de un sacerdote.

Lo interesante es qué ocurrió en cada uno. Y qué hizo FASTA con lo que ocurrió.

El sacerdote que iba a otro ritmo

Conocí a Vallejo cuando era capellán de FASTA Lima.

Durante aquellos años, su manera de entender la actividad pastoral tenía un argumento recurrente: él iba a otro ritmo.

Los obispos, en cambio, parecían ir demasiado despacio.

Según lo que le escuché decir, algunas autoridades eclesiásticas se conformaban con llenar las parroquias los domingos. Él creía que la Iglesia tenía que hacer mucho más.

¿Y después qué?

La pregunta, debo reconocerlo, era buena.

La Iglesia no puede reducir su misión a contabilizar asistentes a misa. Evangelizar exige iniciativa, creatividad y disposición para salir de los espacios conocidos.

Hasta ahí, ninguna objeción.

El problema aparece cuando uno empieza a confundir la iniciativa con una especie de permiso universal para hacer las cosas a su manera.

Porque tener buenas ideas no significa que todas las decisiones ajenas sean equivocadas.

Y querer avanzar no convierte automáticamente en cobardes a quienes piden coordinación.

En Lima hubo un episodio que, años después, me permitió comprender mejor aquella diferencia.

Entre 2010 y 2011, de acuerdo con testimonios que recogí posteriormente, Vallejo impulsó, por iniciativa propia y sin que nadie se lo hubiera encomendado, la construcción de una capilla en un establecimiento penitenciario de Lima. Para ello consiguió financiamiento, aunque el proyecto no había sido coordinado con el capellán responsable del lugar.

Las obras llegaron a iniciarse.

Sin embargo, la reconstrucción de aquel episodio deja cuestiones pendientes sobre el financiamiento, las autorizaciones y la administración del proyecto, aspectos sobre los cuales no he podido acceder a documentación que permita establecer cómo se gestionaron.

Al enterarse de la situación, el capellán responsable del lugar presentó una queja ante el entonces arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani.

La situación escaló hasta requerir la intervención de las autoridades eclesiásticas y del propio fundador de FASTA.

Cipriani, según ese relato, quiso hablar con el superior de Vallejo. El sacerdote, sin embargo, convocó al presidente jurisdiccional del movimiento.

Y aquí conviene detenerse.

Porque dentro de FASTA un presidente jurisdiccional ejercía responsabilidades sobre la organización del movimiento, pero eso no lo convertía necesariamente en el superior sacerdotal que el arzobispo pretendía convocar.

Una diferencia bastante importante.

También bastante conveniente, dependiendo de quién tuviera que dar explicaciones.

Un sacerdote que decía ir a otro ritmo.

Y una autoridad que, al parecer, quería saber por dónde pensaba ir la semana siguiente.

Vallejo quería marcar el tempo.

Pero el arzobispo, al parecer, decidió pedirle la partitura.

Mucho se habla de Vallejo como párroco. Bastante menos de las circunstancias que precedieron a su nombramiento.

Entre 2005 y 2011, Vallejo fue el único sacerdote de FASTA destinado a Lima.

De acuerdo con los testimonios recogidos, el episodio de la capilla penitenciaria habría llevado a Cipriani a establecer una condición para que Vallejo pudiera continuar ejerciendo su ministerio en la arquidiócesis: quedar vinculado a una parroquia, bajo una supervisión más directa de la autoridad eclesiástica.

Entre 2011 y 2012, Vallejo estuvo vinculado a la parroquia Divina Misericordia.

Pero en 2012 llegó otro sacerdote de FASTA a Lima y el escenario cambió.

Con dos sacerdotes disponibles, el movimiento pudo asumir nuevas responsabilidades pastorales. Así, en 2013, FASTA recibió la parroquia Santa María Madre de la Paz, donde Vallejo fue nombrado párroco y el otro sacerdote, vicario parroquial.

La reconquista que nunca ocurrió

Entre 2012 e inicios de 2013, varios jóvenes de FASTA Lima habíamos empezado a pensar un proyecto al que llamábamos «Reconquistar el Patiño».

La intención era recuperar la participación de los estudiantes del colegio Horacio Patiño en las actividades de la Casa Santa Rosa de Lima.

Queríamos que volvieran a asistir masivamente. Discutíamos estrategias, imaginábamos actividades y pensábamos cómo fortalecer aquel vínculo.

Pero en febrero de 2013, durante un directorio ampliado, Vallejo anunció que las actividades juveniles se trasladarían a la parroquia Santa María Madre de la Paz.

La decisión nos tomó por sorpresa.

Había, además, una cuestión de competencias: decidir dónde funcionaban las actividades de la Casa Santa Rosa de Lima correspondía al presidente jurisdiccional, no al capellán.

Desconozco si hubo conversaciones previas entre Vallejo y el presidente jurisdiccional. Lo que recuerdo es que quienes participábamos de aquella reunión no tuvimos oportunidad de discutir la decisión.

La situación tenía una particularidad: meses antes, según los testimonios ya mencionados, Vallejo había presentado ante el arzobispo de Lima al presidente jurisdiccional como su superior.

Una autoridad a la que, según aquella presentación, debía obediencia.

Para quienes estábamos allí, una decisión importante sobre nuestra comunidad se presentó como un hecho consumado.

Varios nos molestamos.

Ninguno hizo demasiado.

Para entonces ya estábamos acostumbrados a que algunas decisiones importantes se comunicaran cuando habían dejado de ser discutibles.

Y así terminó nuestra pequeña campaña de reconquista.

Antes de reconquistar el Patiño, nos habíamos ido.

Durante años aprendimos a reconocer la autoridad sacerdotal como algo que debía respetarse incluso cuando no comprendíamos sus decisiones. A veces ese respeto terminaba pareciéndose demasiado al silencio.

Y el silencio, como descubrí después, puede convertirse en una costumbre bastante cómoda para quienes nunca tienen que explicar sus reacciones.

Pero para comprender la trayectoria de Vallejo hay que retroceder algunos años.

Arequipa: sacudirse el polvo de las sandalias

Entre 2006 y 2007, mientras ejercía como capellán de FASTA Lima, Vallejo también impulsó un proyecto del movimiento en Arequipa. Aquella iniciativa, que comenzó posiblemente con un campamento, terminó vinculada a la administración del Colegio Claretiano, asumida por FASTA en enero de 2008.

La experiencia estuvo lejos de desarrollarse sin conflictos.

Personas que conocieron aquella etapa me han descrito un clima de enfrentamiento entre sectores del personal docente y administrativo y la gestión de FASTA: protestas dentro del colegio, pintas nocturnas en su fachada y panfletos contra Vallejo y Sergio Tapia, entonces una de las máximas autoridades de FASTA en Perú. Son relatos que todavía requieren contrastarse con registros de la época y con otras personas que participaron de aquellos acontecimientos.

Durante 2009, el blog Indignación Claretiana publicó diversas denuncias contra la gestión de FASTA, algunas dirigidas expresamente contra Vallejo.

Una entrada del 8 de julio de 2009 le atribuyó haber interrumpido una ceremonia organizada por los estudiantes para homenajear a sus profesores y haber ordenado que varios docentes abandonaran el recinto.

Otras publicaciones cuestionaron el trato dispensado al profesorado y denunciaron la elaboración de un informe descalificador que, según el mismo blog, fue presentado a Vallejo, entonces identificado como presidente del directorio de FASTA.

Estas publicaciones documentan que existieron cuestionamientos públicos a la administración del colegio y a la actuación que se atribuía al sacerdote. No permiten, por sí solas, establecer que todos los hechos denunciados ocurrieran como fueron relatados.

Un exmiembro de FASTA, a quien identificaré bajo el seudónimo de «La Caverna de Platón» para preservar su identidad, me relató una conversación que mantuvo con Carlos Rossini, quien ejerció durante años la vicepresidencia del movimiento.

Según su testimonio, Rossini le contó que había contratado a un hacker profesional para rastrear las direcciones IP desde las que se enviaban correos electrónicos con información sobre la gestión del Colegio Claretiano.

Rossini también le aseguró que había logrado identificar al responsable, pero que nunca revelaría su nombre. Solo le dijo que se trataba de otro miembro de FASTA.

En septiembre de 2009, el colegio pasó a una nueva administración.

Pero los cuestionamientos no se habrían limitado a la gestión educativa.

Según la información que me han transmitido personas familiarizadas con aquella etapa, el entonces arzobispo de Arequipa, Javier del Río Alba, manifestó que no quería que Vallejo continuara ejerciendo su ministerio en la arquidiócesis.

La historia tiene una ironía particular.

Años después, Vallejo terminaría como párroco de Santa María Madre de la Paz, en Lima, tras los desacuerdos con Juan Luis Cipriani y las condiciones que, según los testimonios recogidos, el arzobispo había establecido para su continuidad pastoral en la arquidiócesis.

Javier del Río Alba, que pertenecía al Camino Neocatecumenal, conocía a una de las comunidades de aquella parroquia y acostumbraba visitarla cuando pasaba por Lima. Fue precisamente en una de esas visitas cuando volvió a encontrarse con Vallejo, esta vez como párroco del lugar.

Pero volvamos a 2009. Tras su experiencia en Arequipa, Vallejo volvió a dedicarse exclusivamente a la jurisdicción de FASTA Lima.

Recuerdo una conversación de 2010. Regresábamos de una actividad en el automóvil de Gabriel Romero, que conducía, mientras Vallejo ocupaba el asiento del copiloto. Hablábamos de las dificultades que encontraba con las autoridades eclesiásticas cuando soltó una frase que todavía recuerdo:

—¡Que se jodan, macho! Como hicimos en Arequipa. Uno va y, si no lo quieren recibir, se sacude el polvo de las sandalias y se va.

Le pregunté qué había ocurrido en Arequipa.

—Nada, un obispo boludo que le hizo caso a una madre que se quejó porque a un niño no le gustó el campamento.

Añadió que, lamentablemente, todo había dependido de la voluntad del presidente jurisdiccional.

Aquella era la explicación de Vallejo. Su relación con las denuncias que circularon en 2009 sobre la administración del Colegio Claretiano sigue siendo una cuestión abierta.

Lo que sí recuerdo es la naturalidad con la que Vallejo explicaba sus desacuerdos con las autoridades eclesiásticas.

Él iba a otro ritmo.

Los demás no parecían comprender la urgencia de sus iniciativas.

En una conversación reciente con antiguos compañeros, mientras intentábamos reconstruir algunas anécdotas de Vallejo, surgió una explicación todavía más llamativa: según recordaban, el sacerdote sostenía que los obispos le tenían envidia.

Aquella explicación coincidía con algo que yo mismo había escuchado de Vallejo.

En ambas versiones, el problema parecía estar siempre del otro lado.

Uno puede entender que un sacerdote tenga desacuerdos con sus obispos.

La historia de la Iglesia está llena de tensiones entre quienes impulsan iniciativas y quienes tienen la responsabilidad de gobernar una diócesis.

Tampoco sería justo suponer que un obispo siempre tiene razón.

Pero hay algo llamativo en una narración donde el protagonista aparece sistemáticamente como el hombre de las ideas y las autoridades como quienes no consiguen seguirle el paso.

Cambian las ciudades.

Cambian las comunidades.

Cambian los obispos.

Y, en la versión que Vallejo ofrecía de sus desencuentros, él seguía siendo el que quería hacer más.

No puede ser que el problema siempre esté en las autoridades y nunca en él.

Los destinos y sus despedidas

Después de Lima, Vallejo pasó una temporada en Quito mientras esperaba completar un trámite migratorio que le permitiera trasladarse a Estados Unidos.

Una vez obtenida la documentación necesaria, se trasladó a San Antonio, Texas, para acompañar pastoralmente a la fundación de FASTA en aquella ciudad. Según la reconstrucción que he recibido, permaneció allí alrededor de dos años.

Personas que conocieron su actividad pastoral en San Antonio me han relatado desacuerdos con integrantes del clero local. Según esos testimonios, Vallejo cuestionaba que otros sacerdotes permanecieran demasiado tiempo en sus despachos, no confesaran fuera de determinados horarios o no visitaran los hogares de los fieles. En ocasiones, aquellas críticas habrían incluido expresiones ofensivas y alusiones despectivas a la orientación sexual de otros sacerdotes. Esas expresiones, atribuidas a Vallejo, no constituyen información sobre la vida privada de las personas a quienes iban dirigidas.

Las mismas versiones describen desacuerdos con el arzobispo de San Antonio, Gustavo García-Siller, y sostienen que Vallejo no atendía algunas indicaciones que recibía de la autoridad diocesana. Las indicaciones concretas y las circunstancias de esos desacuerdos todavía requieren precisarse.

Sobre aquella etapa, algunos miembros de la Fraternidad Sacerdotal me han transmitido un episodio que considero importante investigar: según sus relatos, Aníbal Fosbery tuvo que viajar a Texas para reunirse con el arzobispo local y, tras ese encuentro, se habría decidido que Vallejo dejara aquella misión. Otras versiones atribuyen a García-Siller una solicitud expresa de salida.

Si la decisión partió del arzobispo, de FASTA o de un acuerdo entre ambos es una cuestión que corresponde aclarar a las autoridades involucradas.

Posteriormente, Vallejo regresó a Quito para asumir nuevamente el acompañamiento pastoral de la comunidad de FASTA en esa ciudad.

Según los testimonios recogidos, durante aquella etapa también mantuvo desencuentros con integrantes del clero local.

Tras esa nueva etapa pasó a Catamarca.

Allí, según la información que he recibido, algunos milicianos oficializados solicitaron su traslado.

Un integrante de aquella jurisdicción me ofreció una explicación para este artículo. Según su testimonio, Vallejo acostumbraba expresarse despectivamente sobre miembros del clero local. Entre ellos incluía a su propio compañero de misión, un sacerdote oriundo de Catamarca al que varios milicianos conocían desde sus tiempos de templario.

Aquellos comentarios no habrían sido bien recibidos por algunos integrantes de FASTA Catamarca y, según esta reconstrucción, contribuyeron a generar desacuerdos entre Vallejo y miembros de la jurisdicción.

La misma fuente sostiene que los desacuerdos llegaron a conocimiento del obispo de Catamarca, quien posteriormente habría solicitado que Vallejo abandonara la diócesis. Otras personas familiarizadas con esa etapa atribuyen el deterioro de la relación no solo a sus comentarios sobre el clero, sino también a su manera de conducir las actividades pastorales y a los conflictos que se generaban a su alrededor. Esas valoraciones deben leerse como testimonios, no como una determinación de las causas de su traslado.

Conviene comprender, además, que las relaciones entre FASTA y las autoridades eclesiásticas no siempre se desarrollaban mediante procedimientos formales. Por lo que conocí del funcionamiento del movimiento, muchas diferencias podían resolverse mediante conversaciones entre el obispo y el regente de la Fraternidad Sacerdotal o el propio Aníbal Fosbery. No necesariamente hacía falta una sanción canónica: a veces bastaba un acuerdo entre quienes ejercían la autoridad.

El peso del colegio de FASTA en Catamarca añadía otra dimensión a esas tensiones. Según los relatos que he recibido, desacuerdos con personal de la institución educativa llegaban a conocimiento de autoridades eclesiásticas locales, en parte por las relaciones familiares y laborales entre personas vinculadas al colegio y al obispado. El alcance y las consecuencias de esas comunicaciones siguen pendientes de precisar.

Recuerdo, además, una conversación con el padre César Garcés durante una visita a casa de mis padres. En aquella ocasión comentó que el inmueble donde funcionaba el colegio de FASTA en Catamarca pertenecía a la autoridad eclesiástica local y que, al parecer, existían dudas sobre la continuidad de la institución educativa bajo la administración del movimiento.

No hay, por ahora, una relación establecida entre aquella situación y los desacuerdos atribuidos a Vallejo. El episodio merece una investigación propia, a la que espero dedicar próximamente otro artículo.

Lo que sí merece atención es que los desacuerdos descritos no involucraban únicamente a autoridades diocesanas. Según este testimonio, también afectaban a integrantes de la comunidad y a otro sacerdote de FASTA.

Años después de nuestra etapa compartida en Lima, tuve una conversación con Vallejo que me recordó esos relatos.

Nos reencontramos en Quito, después de un Seminario de Milicianos Regional. Durante la conversación, Vallejo empezó a hablar de los sacerdotes que habían llegado a FASTA Lima después de su partida.

Recuerdo que sostuvo que nadie los tomaba demasiado en serio porque eran jóvenes y recién ordenados. Según su explicación, al no tener una personalidad como la suya, les costaba el doble conseguir que los escucharan.

Esa fue, en cualquier caso, la manera en que Vallejo habló de ellos delante de mí.

No estaba hablando de un obispo que hubiera frenado alguno de sus proyectos.

Estaba hablando de sacerdotes de FASTA que habían asumido responsabilidades pastorales en una comunidad donde él había trabajado durante años.

Una vez más, su personalidad aparecía como el punto de comparación.

Y los demás parecían quedar en desventaja.

Después llegó otra etapa.

Lobos y Quito.

Dos comunidades bajo su acompañamiento pastoral.

Pero los desacuerdos en Quito habían alcanzado una dimensión mucho mayor. La relación entre el Directorio de FASTA Quito y su capellán terminó deteriorándose hasta el punto de que algunas de sus autoridades renunciaron a sus cargos.

Según los testimonios recogidos, integrantes de la comunidad solicitaron que Vallejo dejara de acompañarlos pastoralmente.

Finalmente, quedó únicamente como capellán de Lobos.

Aunque los testimonios no establecen que aquella solicitud determinara su salida ni explican cada renuncia, describen un conflicto que habría alcanzado al propio gobierno de la comunidad.

Es una historia que merece una investigación propia y a la que dedicaré una próxima entrega.

Porque las biografías institucionales suelen ser muy generosas al enumerar destinos.

Bastante menos cuando se trata de explicar algunas despedidas.

Las reflexiones que faltan

Mientras intentaba ordenar estas historias, volví a encontrarme con la página de Facebook que administra el sacerdote.

«Reflexiones Fasta P. Sebastián Vallejo».

Un nombre que siempre me ha parecido fascinante.

¿Son reflexiones de Sebastián Vallejo o reflexiones de FASTA?

No afirmo que se trate de una cuenta oficial del movimiento. Precisamente por eso me interesa la ambigüedad de una denominación que incorpora su nombre.

Pero hay algo que me interesa más que el título de aquella página.

En «Los hechizos de Vallejo» conté una reunión de mandos celebrada en Lima en 2012, cuando propusimos incorporar espacios de adoración eucarística a nuestras actividades.

La respuesta que recuerdo de Vallejo fue despectiva.

Y nosotros continuamos como si aquello fuera normal.

En «Reflexiones FASTA: El testimonio de MJ» publiqué el relato de una joven que contó cómo, siendo adolescente, acudió a Vallejo con inquietudes sobre los abusos dentro de la Iglesia.

Según su testimonio, la respuesta que recibió la hizo sentirse rechazada y terminó afectando su relación con la fe.

No presencié aquella conversación. Es su testimonio y debe leerse como tal.

Pero escucharla me obligó a volver sobre mis propios recuerdos.

Y a preguntarme cuántas veces una institución construye la trayectoria de sus sacerdotes únicamente a partir de los cargos que les confió, sin detenerse demasiado en las experiencias de quienes estuvieron bajo su acompañamiento.

Quizá algún día podamos reunir esas otras voces.

Las que no aparecen en las semblanzas.

Las que no forman parte de los comunicados.

Las que no siempre tienen una página de Facebook desde la cual compartir sus reflexiones.

Porque, después de recorrer Lima, Arequipa, Quito, Texas, Catamarca y Lobos, empiezo a pensar que a esta historia le faltan menos destinos y más explicaciones.

Y el protagonista sigue siendo el mismo.

Sebastián Vallejo.

A.K.A. «Reflexiones FASTA».

Flores: una nueva misión, las mismas preguntas

Ahora asistirá a la comunidad de Flores, en Buenos Aires.

Y la noticia me devuelve a una pregunta.

¿Será que quieren tenerlo más cerca?

Quizá las autoridades consideren que su experiencia será valiosa para esa comunidad. Quizá se trate de una necesidad pastoral ordinaria. O quizá existan otras razones.

No hay elementos suficientes para presentar esta designación como un premio, una sanción o una medida de vigilancia.

Pero después de reconstruir esta trayectoria, hay algo que merece una explicación: ¿qué evaluación hace FASTA de los antecedentes de sus sacerdotes antes de confiarles una nueva misión?

En el caso de Vallejo, las preguntas son concretas.

¿Qué hicieron las autoridades del movimiento frente a los desacuerdos con obispos y sacerdotes de distintas diócesis? ¿Cómo respondieron a las solicitudes de integrantes de las comunidades de Catamarca y Quito para que dejara de acompañarlas? ¿Escucharon a quienes cuestionaron su manera de ejercer la autoridad?

Y, sobre todo, ¿qué aprendieron de aquellos episodios?

Para buscar esas respuestas, encontré un detalle interesante.

Al pie de la noticia publicada por Hasta Dios aparece una línea:

«Fuente: Prensa FASTA».

Resulta que FASTA tiene una oficina de prensa, con comunicados institucionales y un canal de contacto para periodistas.

Una oficina a la que corresponde dirigir estas preguntas y ofrecer la oportunidad de responderlas.

Porque el nombramiento de un sacerdote no es solamente una decisión sobre su futuro. También supone una responsabilidad frente a las personas que quedarán bajo su acompañamiento.

Y después de tantos destinos, conflictos y despedidas, hay una pregunta que FASTA todavía debe responder:

¿Qué sabía de todo aquello y qué hizo al respecto?

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Soy Lucas

Lucas Medina

Solo por Webeo es un espacio de ensayos, crónicas e investigaciones sobre fe, poder, paternidad y cultura. Escribo para contar historias que nos ayuden a pensar el mundo sin delegar la conciencia.

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